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Lance debe ir a la mina maldita de los enanos para recuperar un hacha mágica, que podrá destruir la barrera de hielo que le impide el paso hacia el Bosque Gris.
Capítulo 13: La mina maldita
-Bien -dijo Lance, levantándose-. Será mejor que me vaya ya.
El joven guerrero se dispuso a abandonar la cámara, pero Elmer lo alcanzó a una velocidad asombrosa y lo detuvo, poniéndole una mano sobre el hombro.
-No hay tanta prisa -dijo sonriendo-. Se os ve cansados y hambrientos. Mirad. Ya debe de estar anocheciendo. Puedes esperar hasta mañana y dormir un poco.
-Gracias -dijo Lance-. ¿Dónde dormiremos?
-Ya os lo diré -dijo Elmer-. Primero vamos a cenar algo. Parsh, ¿nos acompañas?
-Desde luego -replicó Parsh-. Encantado de comer con usted.
Así pues, Elmer salió de la cámara, seguido de Parsh, Lance, Lung, Kara, Lot, Lobo y, cerrando la marcha, Leonel. Cuando pasaron junto a la gruta que descendía a la mina, Lance se estremeció. ¡Y pensar que después tendría que descender por ella! El grupo salió en seguida de la cueva y Elmer los guió hacia otra caverna. No caminaron mucho en su interior hasta que llegaron a una amplia cámara donde observaron una gran mesa bellamente tallada sobre la piedra. Junto a la mesa había algunas sillas, también esculpidas directamente en la roca. Elmer y Parsh entraron en la cámara e invitaron a los seis compañeros a que pasasen ellos también. Vieron que al fondo de la estancia había una pequeña puerta. Elmer se sentó en el canto de la mesa e hizo sonar una campanilla que reposaba sobre su superficie. Inmediatamente, la pequeña puerta se abrió y entró un anciano de barba blanca, vestido como un cocinero. Elmer le dijo con palabras amables que les preparase la cena, y después le dio una amistosa palmada en la espalda. El cocinero hizo una profunda reverencia y se fue por donde había venido. El veterano guerrero miró a sus invitados y les dijo:
-Ése era el jefe de cocinas de Turán -hizo una pausa-, mi padre.
En seguida entraron en la estancia hombres y mujeres que traían manteles, servilletas, platos y cubiertos. Les pusieron la mesa y no tuvieron que esperar mucho a que entraran camareros portando fuentes y soperas con multitud de comida. Elmer mandó traer el mejor vino de la casa y empezaron a cenar. Durante la cena, Lance le puso al día sobre la situación. Le contó cosas sobre su entrenamiento en el Templo de Seth, sobre el enfrentamiento con Sombra y sobre el ataque de Zork. Le dijo también quién era en realidad Leonel, y Elmer se sintió complacido.
Parsh hablaba más bien poco, y todas sus preguntas a Lance giraban alrededor de la profecía. Eso sí, comer comía, y mucho. Tanto que Lance no estaba dispuesto a que le dejara sin comida, y así mantuvieron una especie de competición para ver quién de los dos comía más. Mientras esto ocurría, Lot les miraba con desagrado, pero no Lobo, quien, debido a su herencia lobuna, devoraba con vehemencia. Kara se limitaba a sonreír con educación, al igual que su padre adoptivo, el Maestro Lung. Elmer también sonreía, pero no comía mucho.
Una vez acabada la cena, el veterano guerrero se levantó y le ordenó a Parsh que llevara a la compañía a los dormitorios de invitados. El robusto guerrero asintió y obedeció la orden de su superior, guiando a sus invitados por la caverna. Pronto llegaron a una amplia estancia donde había numerosas camas. Parsh les dio las buenas noches y en seguida abandonó el lugar.
-Bien -dijo entonces Lung, acercándose a Lance-, acuéstate pronto. Mañana debes estar fresco. Me temo que no será fácil recuperar esa hacha.
-Antes de nada -replicó el joven guerrero-, me gustaría saber más sobre esa barrera de hielo.
-Yo no sé nada de eso.
-Sí -dijo Lance-, eso ya lo dijiste antes. Pero, ¿cómo es que no lo sabe nadie? Los que van a Tauton...
-Hace más de mil años que nadie va a Tauton, Lance -le interrumpió Lung-, desde que el Templo de La Gran Bestia cayó en manos de Satán.
-Comprendo -respondió Lance-. Bueno, buenas noches.
El joven guerrero se acostó en una cama próxima a Kara y se quedó dormido inmediatamente. La noche pasó sin nuevos incidentes y, a primera hora de la mañana, Parsh fue a despertarlos. Junto a él estaba el anciano padre de Elmer, que guiaba a unos hombres que portaban bandejas con tostadas, leche, mantequilla y zumo. Era el desayuno. Parsh les instó a que se apresurasen y que le acompañasen al túnel que descendía a la mina. Así lo hicieron y abandonaron la caverna.
A la entrada del descendente corredor les esperaba Elmer, sentado sobre una roca. Al instante, y viendo que sus invitados se acercaban, se levantó y avanzó hacia Lance.
-Bien -dijo-, ha llegado el momento. Antes de partir, quiero desearte buena suerte. ¡Ah! Gracias por decirnos dónde se ocultaban los trolls. Ya hemos acabado con ellos. Esta zona está libre, por el momento.
-Me alegra haberte conocido -respondió Lance, estrechando la mano de Elmer-. Mi padre sabía escoger muy bien a sus amigos -y, volviéndose a sus amigos, dijo-. Vosotros quedaos aquí. Voy a ir yo sólo.
-¿Qué? -exclamó Kara, alarmada-. ¡No puedes ir tú sólo! ¡Yo voy contigo!
Lance miró rápidamente a la chica. No quería que su amada corriera ningún riesgo. No estaba dispuesto a permitirlo.
-¡Por Seth, Kara! -replicó-. ¡No sabemos lo que nos vamos a encontrar ahí abajo!
-Por eso mismo -dijo Kara-. Yo soy una sacerdotisa. Y, como sabrás, las sacerdotisas dan más fuerza a aquéllos a quienes acompañan.
-Pero no puedo dejar que vengas -insistió Lance, exasperado-. ¿Yo?, no quiero que te vuelvas a ir.
-No me iré -dijo Kara, sonriendo con dulzura-. Ya verás cómo lo conseguimos.
-Está bien -respondió Lance, muy a su pesar-. Vendrás conmigo.
Una vez decidido esto, los dos se despidieron con la mano de sus compañeros y empezaron a descender.
El estrecho pasillo era cada vez más empinado, y tanto Lance como Kara se esforzaban en no acabar rodando por el pedregoso camino, lo que les llevaría a una muerte segura. A pesar de que llevaban dos antorchas, la luz apenas era capaz de iluminarles la vía y no sabían lo que se encontrarían cuando llegasen allá abajo. Después de una eternidad de bajada, la cuesta terminó abruptamente y el suelo era más liso y nivelado. Notaban algo crujiente en el suelo, bajo sus pies. Cuando bajaron los ojos, vieron aterrados que estaban pisando los huesos de millares de enanos. Algunos brazos esqueléticos todavía agarraban imponentes hachas de combate. Parecía que allá abajo había estallado una terrible batalla, donde los enanos no resultaron muy bien parados. Lance se adelantó un poco e iluminó un camino con su antorcha. No sabía por qué, pero algo le decía que lo que buscaban estaba en esa dirección. El joven guerrero le indicó a Kara con un movimiento de la mano que se acercara, y ambos se internaron en el pasillo.
En esa zona vieron aún más cadáveres. Entre los esqueletos de enanos había también orcos, demonios y algún que otro troll. La tierra que pisaban era muy blanda, y extrañas criaturas viscosas habían tomado la mina como hogar y refugio. Un hedor espantoso les venía del final del túnel y la atmósfera del lugar era cargante en exceso. Ni Lance ni Kara hablaban, y este silencio le resultaba opresivo al joven guerrero.
Siguieron caminando durante un tiempo que a Lance le parecía interminable. Los minutos se sucedían uno tras otro, pero al hijo del gran Lux le parecían horas. Lance miró hacia atrás. A pesar de que aquel pasillo iba en línea recta, sin ninguna curva, no era capaz de vislumbrar la entrada del túnel.
Después de quién sabe cuánto tiempo, Lance y Kara pudieron distinguir un destello al final del pasaje. Por fin habían llegado al fin de la ruta. Los dos compañeros entraron en una amplia estancia iluminada por antorchas, pero donde no había nada más que unas escaleras de caracol que descendían aún más en las sombras. El guerrero y la sacerdotisa, resignados, tomaron esa dirección y empezaron a bajar.
Abajo se encontraron con una nueva galería alumbrada por un extraño y siniestro resplandor verduzco. La misteriosa y escasa luminosidad les daba el aspecto de un par de espectros perdidos. Lance y Kara jadeaban exhaustos debido al poco aire que llegaba a sus pulmones. Pero esto no inquietaba al joven guerrero tanto como las paredes. Las paredes del estrecho túnel eran muy lisas y extremadamente pulcras. Eso significaba que alguien, o algo, las había estado cuidando durante los mil años que la mina había estado a cargo de los demonios.
Entonces Lance se detuvo para escuchar. Kara también había oído algo. Era una especie de gruñido, seguido de una siniestra risa, que procedía de algún lugar a sus espadas. Los dos amigos se volvieron e intentaron escudriñar en la oscuridad, pero no consiguieron ver nada. De repente, el sonido cesó y pudieron escuchar de nuevo el sonido de sus respiraciones.
Agilizaron el paso hacia el final del pasaje, que ya era visible desde donde se encontraban. A medida que se acercaban a la entrada de la nueva sala, la bruma iba en aumento. Sus pisadas no producían sonido alguno en el suelo de roca. A veces, sus calzados desaparecían en la espesa niebla que se iba formando a sus pies, lenta pero inexorablemente. Y, por fin, salieron del corredor y se internaron en la nueva habitación.
Lance y Kara se encontraban en una amplia estancia sumida en las brumas, pero de entre la espesa niebla se erguía una imponente y enorme cripta de piedra. Lance respiró profundamente. Seguramente, el hacha de los enanos estaría dentro del mausoleo. Él y Kara agilizaron la marcha, con el joven guerrero abriendo la marcha. Los muros de piedra definieron sus formas, perdiendo la impresión irreal con la que la cubría la bruma. Cuando se acercaron lo suficiente, se dieron cuenta de que las dimensiones de la cripta eran mayores de lo que les había parecido al principio. Doblaron en un recodo de la altísima pared, buscando una puerta, pero encontraron otra cosa: una placa de oro en la que había una inscripción. Lance se acercó a la cripta e intentó leer la inscripción, pero estaba escrita en una lengua totalmente desconocida para él. Kara se acercó también, y observó la placa.
-¡Por Zorbom! -exclamó-. Esto está escrito en la lengua de los enanos. Como sacerdotisa, debo saber ese lenguaje. Dice: “Aquí yace Thirin, el forjador de la Gran Hacha”.
-Y seguramente, la Gran Hacha estará aquí dentro -dijo Lance.
Lance miró a un lado y vio que un poco más allá una enorme puerta estaba entreabierta. Junto con Kara, empujó el pesado portón, que se abrió hacia dentro. Ambos miraron al interior y vieron un estrecho pasadizo que se internaba en la oscuridad. Lance miró a la chica y dijo:
-Tú esperarás aquí. Entraré yo sólo. No digas nada -susurró ante la expresión de protesta de Kara-. Siento que tengo que hacer esto yo sólo. Entiéndelo, es un presentimiento. Quédate aquí y vigila.
-De acuerdo -consiguió decir Kara con gran esfuerzo-. Entra a buscar el Hacha, yo te espero aquí. Pero date prisa en salir. No me agrada la idea de quedarme aquí sola.
Lance asintió y esbozó una triunfal sonrisa antes de cruzar el umbral de la puerta, perdiéndose en las sombras. Avanzó agachado, debido al bajo techo. Las antorchas apenas llegaban a iluminar una parte del camino. Cuando el corredor terminó, se encontró en un cuarto donde alcanzó a ver un ataúd de oro y plata, el ataúd de Thirin. Detrás había un bloque cuadrado de mármol, de unos cincuenta centímetros de alto. Flotando sobre el bloque, estaba el hacha mágica. A Lance se le cortó la respiración y parpadeó para asegurarse de que no era una alucinación. El joven guerrero se acercó al bloque, ignorando el ataúd, y alargó el brazo hacia la empuñadura del hacha.
En ese momento, oyó una respiración a sus espaldas. Lance se volvió y vio una corpulenta criatura que le estudiaba con los ojos burlonamente. Tenía dos cuernos de carnero en la cabeza, la piel roja como el fuego y una cola puntiaguda. Sin duda, la criatura se trataba de un demonio. El monstruo sonrió maliciosamente y dijo:
-Llevaba esperando este momento durante mucho tiempo. Sabía que vendrías a por ese chisme. Se me ha encargado la misión de impedirlo, y eso haré.
-No te va a ser nada fácil -dijo Lance mientras desenvainaba su espada.
El demonio sonrió y blandió el tridente que portaba contra su adversario. Los metales no tardaron en chocar y los dos rivales se enzarzaron en una terrible contienda que alertó a Kara, que seguía vigilando fuera de la cripta. Sin embargo no entró, confiando plenamente en las habilidades de su compañero.
Pero ese demonio resultaba ser más poderoso de lo que Lance había supuesto y ya lo había arrojado al suelo en numerosas ocasiones. Entonces, el monstruo decidió darle el golpe de gracia y acabar con él. Fue en ese momento cuando Lance recordó las palabras de Elmer. El poderoso guerrero había dicho que los demonios no podían tocar el hacha. Lance envainó su espada, ante la sorpresa del demonio, y echó a correr hacia el bloque de mármol. Antes de que el engendro pudiera reaccionar, el hijo de Lux había agarrado la empuñadura del hacha. Entonces se volvió de nuevo hacia su enemigo.
-Tuya -dijo mientras pasaba el arma al demonio.
El monstruo no pudo evitar el movimiento involuntario y asió el hacha con ambas manos. En ese momento, el demonio empezó a rugir de sufrimiento mientras su cuerpo se deshacía en luz. Lance contempló la desintegración del malvado ser y recogió el hacha del suelo. Entonces recorrió de nuevo el estrecho pasadizo y salió de la cripta, donde Kara le esperaba. La chica miró el hacha y sonrió. Lo había conseguido. Lance la cogió de la mano y juntos dejaron la estancia y fueron otra vez al brumoso pasillo.
De repente, oyeron nuevamente el gruñido y la risa siniestra, ahora mucho más cerca. Lance y Kara se detuvieron, y el joven guerrero apoyó la mano sobre la empuñadura de su espada. Con la otra mano sostenía el hacha. El gruñido aumentó en intensidad, adquiriendo mayor precisión. Los ojos de Lance buscaban con ansiedad en la oscuridad. Algo se acercaba a ellos, y no era un amigo.
Entonces, surgieron de las tinieblas cientos de robustas y malvadas criaturas. Sus facciones eran de sobra conocidas por Lance. Eran orcos. Lance desenvainó su espada y paró la acometida de uno de los monstruos. Pero eran demasiados, no podría derrotarlos. En ese momento, Kara se adelantó al joven guerrero y alzó las manos. Una gran luz iluminó el oscuro pasadizo. Numerosos orcos cayeron al suelo carbonizados y el resto huyó despavorido.
Kara y Lance siguieron el pasadizo, esta vez corriendo. Aún no había acabado el peligro. Justo cuando llegaron a las escaleras, recibieron una nueva acometida por parte de los orcos, pero en aquella ocasión Lance se lanzó con fiereza a por ellos, y su espada, siseando en el aire, acabó con dos, tres y muchos más. Kara luchaba sin descanso junto a él, usando su magia, y juntos consiguieron abrirse paso, poco a poco.
La retirada fue angustiosamente lenta. Los dos compañeros se estaban cansando, y parecía que los orcos nunca se acabarían. Llegaron de nuevo a la primera estancia y empezaron a recorrer el interminable pasillo de antes, bajo la incesante persecución de los orcos. Uno de ellos alcanzó a Lance y le atacó con su cimitarra, pero el joven guerrero repelió el ataque del monstruo y le cercenó la cabeza.
De repente, un terrible pensamiento cruzó el cerebro de Lance. ¿Los orcos no les seguirían hasta la base de Elmer? La respuesta llegó en seguida, con gran alivio para él. Cuando salieron del túnel y llegaron a la entrada de la mina, los orcos se pararon en seco y no salieron del corredor. Uno de ellos tuvo la mala suerte de no poder detenerse a tiempo y cruzó la galería. Al momento, los huesos de los enanos cobraron vida, agarraron al orco y lo despedazaron. Seguramente, los enanos habrían maldecido a los orcos, condenándoles a vagar por las zonas oscuras de la mina por los siglos de los siglos. Más animados, Lance tomó a Kara entre sus brazos y no pudo reprimir el impulso de besarla en los labios. La chica se sintió sorprendida, pero complacida. Le sonrió y ambos subieron de nuevo el empinado túnel.
Arriba les esperaban el resto de sus compañeros, que se alegraron de ver a sus amigos en perfecto estado. Elmer se acercó a los dos compañeros y les felicitó por su excelente trabajo. Lance sonrió débilmente y todos a acompañaron al joven guerrero y a Kara hacia la habitación de invitados, donde descansarían.
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