El destino del viajero


Otros Relatos

16-07-2008 18:42
Por: AlahurSessa

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/992652/

Un viejo viajero reflexiona sobre parte de su vida.


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No sé si fueron más de veinte años, más de veinticinco o treinta años. Sí, en ese momento no recordaba con claridad cuándo habíamos perdido contacto, tú en tu residencia de Pediatría y yo, en la de Medicina Interna, al otro lado del país. Todavía recuerdo cuando te graduaste. Era el día más feliz de tu vida, y estabas de igual manera triste porque ya no verías a tus compañeros… sí, creo que esa fue la última vez que nos vimos.

Esperaba mi vuelo. Tenía que acudir a un Congreso en Cancún y en el Aeropuerto de la Ciudad de México, sentado y esperando impaciente, te vi desde lejos, primero tu figura, luego tu silueta, tu cabello negro y largo, ahora lo llevabas mucho más corto, casi a los hombros. Noté tu traje, vestida con un saco negro y una falda negra. Lucías esbelta. Lucías madura. Lucías hermosa.

Recuerdo que no supe cómo saludarte, no sabía si era apropiado darte un abrazo y luego un beso o primero un saludo de manos y luego un abrazo, omitiendo el beso. O bien darte la mano y luego darte un beso, pero no, ese saludo era para gente normal que veía a diario en el Hospital y en la calle. Pero tú, esta ocasión, erais especiales.

Sin embargo, yo había cambiado mucho desde la Universidad, ya no era el mismo chico que apreciaba leer un buen libro, o pasar una tarde escuchando Led Zeppelin y Pink Floyd. No, suerte tenía si sacaba tiempo para organizar mis pensamientos. Me había vuelto viejo, pero tú, tú seguías igual de bella.

Recuerdo que finalmente decidí saludarte de lejos, alcé la mano y te saludé, te hice la seña de amor y paz y de que te acercaras. Fue lo primero que se me ocurrió. Me miraste extrañada. Tus grandes ojos negros me miraron con furia. Creíste que era un viejo cochino. Entonces yo me acerqué, tú te alejaste unos pasos mientras en plan de ataque presta estabas para sacar algo de tu bolsa y te dije: “Soy yo, Pablo, ¿no me reconoces?…” y sonreí.

La pregunta era tonta, era obvio que no me reconocías. Pero es lo que siempre se pregunta cuando te encuentras a alguien del pasado. Tú me dijiste: “¿Pablo? ¿Pablín? ¿Pablito?” Tus grandes ojos se abrieron como platos, así como siempre hacías cuando algo te parecía sorprendente.

Pareciste reconocerme entonces; y, cómo no, la calvicie de mi abuelo se había hecho coronilla y las entradas de mi padre ahora las tenía yo. Años sin hacer ejercicio, y múltiples fiestas de solteros me habían dado la barriga de mi padre y, de los años, heredé las arrugas. Te miré con más atención; ahora, mucho más cerca, pude ver que sí habías cambiado. Ya no tenías los rasgos de musa perdida en un poema de Neruda. Ahora ya eras una diosa, una diosa etrusca. Me avergoncé; yo dejé de ser un soñador para convertirme en lo que nunca quise ser: un viejo amargado, y gruñón.

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En el vestíbulo de aquel aeropuerto te invité a tomar un café. Me dijiste que no tenías tiempo, que en cualquier momento llegaba tu esposo. “¡Qué bien! Estás casada, me alegro mucho por ti”. Me preguntaste si yo lo estaba, y yo te dije que cierto tiempo sí lo estuve… pero muy en el fondo sabía que no iba a durar, y rematé diciendo: “Más del 60% de los matrimonios se divorcian al año, por infidelidad”, con un nudo en la garganta dejé de hablar... Me miraste comprensiva, sabías que no debías preguntar más.

Hubo un silencio incómodo, duró pocos segundos. El suficiente para darnos cuenta de que no se nos ocurría nada de qué hablar. Entonces sacaste tu cartera del bolso, y me enseñaste las fotos de tu hija. “Esta es mi hija”, me dijiste, “tiene cinco años”. Entonces yo sí te miré extrañado, no me hacía la idea de que la chica que había conocido en la Universidad ahora tenía una niña… Pero es natural, pensé luego. “Es una nenita muy linda, se parece mucho a ti”; y me dijiste: “Gracias, pero yo creo que se parece a su padre”. Te pregunté: “¿Es Elenita?” y tú me dijiste que sí.

Miré detenidamente tus fotos, y cuando te las devolvía tú hiciste lo mismo, te detuviste un momento para mirarla, tu rostro se llenó de paz y de una luz. Era tu amor puro. Reflexioné un momento, pensé que los padres hacían eso no para mostrarle a los demás su prole, sino por ese pequeño instante en el que ellos (los padres) miran las fotos antes de sacarlas y meterlas dentro de su cartera. Ese pequeño instante en el que se olvidan de sus pequeños problemas y se llenan de ese amor puro.

El anuncio de mi vuelo perturbó estos pensamientos. Tomé mi maleta y te dije: “Me apena mucho, pero debo irme. Han anunciado mi vuelo.” Me miraste triste, sabías que no nos volveríamos a ver nunca más, yo también lo sabía. Tomé tu mano entonces, fue un impulso y te dije: “…Y acuérdate, te quiero mucho”.

Por ese instante me miraste no como el viejo desconocido que era entonces para ti, sino como el amigo, ese joven flaco que te acompañó tantas noches en largas conversaciones y desvaríos varios y al que soportaste tanto. Te di un beso en la mejilla y me fui. Te miré y estabas un poco triste.

Mientras me iba en las escaleras eléctricas, volteé a saludarte por última vez. Tu rostro había cambiado y pude observar cómo la niña de la foto bajaba a recibirte y tú la alzabas en tus brazos mientras un hombre alto os miraba a ambas con ternura. "Qué bueno", pensé en voz alta.

Alguien me empujó y me dijo: “Ruquín, ¿se va a quedar parado? ¡Muévase!” Lo volteé a ver: era un joven, casi un niño, llevaba el pelo un poco largo, moreno y flaco. Llevaba de esos audífonos inalámbricos e iba vestido de una manera muy extraña, con tatuajes y piercings. Me pregunté cómo era posible que lo hubieran dejado entrar. “Tranquilo, joven, vamos al mismo lugar y no hay ninguna prisa”, le dije.

 

El mundo sumergido
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