El encuentro VI |
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25-06-2008 17:50
Por: manheor
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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/992853/ |
Sexta y penúltima entrega de esta novela corta.
Despertó lentamente, con el sonido de su voz rebotando en las cavernas de sus pensamientos -no lo hagas- y el sabor de sus labios impregnando su saliva. Se pasó la lengua por sus dientes y trató de reconocer su entorno. Sus ojos se encontraron con un espacio vacío que terminaba, a lo lejos, en una pared dorada que le devolvía su reflejo distorsionado. Volvía a estar calvo y desnudo y su piel irradiaba aquella leve aura azulada. Echando un rápido vistazo hacia arriba y hacia los lados se dio cuenta de que se encontraba en el centro de la sala en la que había despertado tras el “vuelo” desde el coche, flotando en posición fetal en la quietud del alargado cubículo. La sustancia pegajosa y orgánica que cubría de las paredes había desaparecido.
Desperezándose, estiró los brazos y las piernas, sintiendo de nuevo aquellos hilos invisibles que parecían sostenerlo en el aire. Llevándose las manos al cuello y relajando los músculos, comenzó a girar suavemente sobre sí mismo, sin moverse del sitio, observando cómo las paredes subían curvándose hacia dentro hasta alcanzar la bóveda que remataba la estancia, sin que el ojo pudiera adivinar una sola juntura entre el recubrimiento de aquel metal dorado tan similar al oro. Un pensamiento se definía, nítido, en el cerebro de Dean, como si, tras el despertar, su computadora orgánica hubiera arrancado un programa predefinido. “Tengo que salir de aquí.”
Un sonido nítido y melodioso, similar al de un dedo húmedo siguiendo el contorno de una copa, emergió de su pecho y reverberó contra las paredes de la estancia, deshaciéndose en una melodía de sonidos primarios que el oído inexperto de Dean supuso notas musicales. El aura que envolvía su cuerpo comenzó a brillar con más fuerza y a expandirse. Sorprendido por este cambio, pues a su alrededor parecía hincharse, lentamente, un balón de playa tejido con luz azul, Dean volvió sus ojos a las paredes que estaban respondiendo a su vez con un nuevo cambio.
Símbolos y relieves de un naranja brillante emergían por todo el contorno de la superficie dorada, refulgiendo como pequeños soles de formas extravagantes y aún así hermosas. Sólo había una pequeña zona que permanecía intacta de la súbita erupción de símbolos que, como una viruela resplandeciente, se extendía por la superficie metálica a una velocidad mareante. Sin que su mente articulara pensamiento alguno, la enorme esfera que envolvía a Dean se precipitó a toda velocidad hacia la zona aún libre de la pared. Dean sólo tuvo tiempo de mover ligeramente las manos antes de que el espacio visible a través de esa placenta luminosa se volviera completamente dorado.
La esfera osciló y descendió bruscamente, esquivando por milímetros la arcada de un gigantesco puente que unía las dos vertientes del conducto. Dean suspiró y se volvió para observar la bella estructura arqueada que fue disminuyendo hasta parecer un párpado dorado. Su escroto estaba tenso como los brazos de un boxeador antes de golpear y sus testículos se habían encogido hacia el interior de su cuerpo, como dos ratones amedrentados por los maullidos de un gato. “Menos mal que este trasto sabe lo que hace” pensó, “porque no me gustaría haber acabado como un mosquito en el parabrisas”.
Enjugándose el sudor de la frente, aunque sabía que el traje se encargaría de mantenerlo fresco, Dean repasó todas las veces en que aquella sensación de peligro le había erizado hasta el último vello del cuerpo. Tras cavilar unos instantes, mientras sus ojos se perdían, incapaces de aburrirse, en los cientos de terrazas, arcadas, balcones y molduras -todos ellos forjados con aquel metal dorado y ribeteados de símbolos naranjas resplandecientes- que salpicaban, inclinándose en cualquier dirección, las paredes del enorme túnel por el que se desplazaba, llegó a la conclusión de que el esfuerzo no merecía la pena. Eran incontables.
Lo que sí recordaba con claridad era la primera vez. El pequeño rectángulo dorado precipitándose sobre la esfera, los símbolos rúnicos derramando su luz anaranjada por la estancia y sus propias manos intentando proteger su cuerpo en un gesto inútil. Pero, justo un instante antes del impacto, una fisura se abrió como un esfínter sobre la superficie lustrosa del metal. La esfera pasó limpiamente al otro lado por una obertura de su tamaño exacto. Dean pudo descansar sus músculos y mirar hacia atrás. La fisura se había sellado.
Siempre hacia delante. Aunque su extraordinario vehículo no había dejado de ascender y descender, de girar en complicadas trayectorias y de ejecutar los malabarismos y tirabuzones más fantásticos, para evitar los puentes, terrazas y palacios flotantes que tupían, nivel a nivel, el interior de la nave nodriza, su avance había seguido siempre una misma dirección. Y, esencialmente, se desplazaba por un conducto recto, sin ninguna voluta que doblara su trayectoria, una inmensa tubería habitada por una ciudad de ensueño.
Dean miró hacia arriba, abriendo mucho los ojos y sonriendo, mientras su rostro reflejaba un arco iris de matices derramados por una forma incorpórea y resplandeciente que se desplazaba, suavemente, sobre su esfera. Un rostro levemente humano de rasgos nebulosos emergió entre la bruma multicolor. Dos labios evanescentes, semejantes a cerros gemelos y ligeramente curvados, esbozaron una sonrisa. Dean la devolvió y agitó la mano, observando cómo la criatura se perdía a su derecha, descendiendo sobre el pavimento cristalino de una terraza arqueada. Su luz se difractó sobre la superficie en un estallido de colores vivos y primarios. Sacudiendo la cabeza, Dean dirigió su mirada a las esferas que parecían seguir su mismo camino.
Habían aparecido poco después de que Dean pudiera cerrar la boca ante el inagotable espectáculo arquitectónico que se desplegaba ante sus ojos, como un banquete de bodas para el espíritu que no tuviera final en sus exquisitos y cada vez más fantásticos platos. Emergían desde las superficies aparentemente sólidas de los más variopintos edificios, atravesando su resplandeciente hechura mediante a aquellas oberturas tan semejantes a esfínteres o membranas que habían salvado a Dean del aplastamiento. Eran indénticas a la suya, de un color azul desvaído que tendía al transparente y derramaban un fulgor que dejaba tras de sí una estela de textura y aspecto similares a la que un avión dibuja en un cielo límpido y sin fuertes vientos, estiletes luminosos que engalanaban la delicada belleza reinante del corazón de la nave alienígena. Dean no podía saber qué había en su interior, pues la envoltura se mostraba completamente opaca, pero lo adivinaba. Como diría Melanie, Sherlock seguía estando allí.
Los racimos de arcadas, los espigados minaretes y los gruesos torreones, las terrazas de balaustres espiralados y demás alambicadas y hermosas creaciones que jalonaban el inmenso espacio fueron remitiendo en su número. El pasillo se fue despejando y Dean pudo vislumbrar a lo lejos una fina línea dorada flotando en medio de un inmenso espacio vacío. Parecía una alfombra mágica suspendida por hilos invisibles. Un leve estremecimiento ondulante dobló la envoltura de su transporte, como si una piedra hubiera quebrado la quietud cristalina de un estanque. La esfera estaba decelerando su velocidad suavemente.
Doblando el cuello hacia atrás, Dean observó cómo el mismo fenómeno se repetía por encima de él a distintos niveles, en aquellas bolas de luz que parecían pompas de jabón infantiles pintadas de azul cielo. Giró sobre sí mismo, con aquella gracilidad de movimientos que otorgaba la ausencia de gravedad, y se quedó mirando a los orbes que también seguían, bajo él, su mismo camino. No le sorprendió ver que se encontraban en la misma posición que antes, es decir, que habían bajado también su velocidad, adecuándola automáticamente a la de la propia esfera de Dean. Curioso por saber qué pasaría luego, volvió a contemplar la lámina dorada, que cada vez se hacía más y más grande, acercándose.
La meseta de oro bruñido le devolvía el reflejo de su esfera luminosa, un borrón distorsionado que iba agrandándose mientras descendía a su superficie. Dean recorrió la mirada por el espacio rectangular, contemplando a los cientos, tal vez miles de borrones gemelos que se iban dibujando sobre la superficie, guardando entre sí una simetría total en la ocupación del espacio. Dean pensó, aún maravillado, en la escena de la que acababa de ser testigo.
Dean y sus acompañantes se habían detenido, formando seis hileras que se extendían a lo largo de un lado de la plataforma y muy por encima de ella; desde donde Dean se encontraba, en el extremo izquierdo de la primera hilera, apenas aparentaba mayor tamaño que una tableta de chocolate envuelta en papel brillante. Entonces, sincronizadamente con su ordenada detención, un número similar -”El mismo”, sospechaba Dean- de esferas resplandecientes irrumpió de los corredores oeste, norte y este para confluir alrededor de aquella planicie áurea adoptando una disposición gemela al grupo de Dean. Las esferas se quedaron en suspenso por un instante, congeladas en su belleza geométrica.
Rebulléndose en el interior de su habitáculo, Dean frunció el entrecejo, incómodo ante aquel silencio expectante. Buscando algo que hacer, volvió la vista hacia arriba, hacia el inmenso espacio piramidal de paredes planas y opacas que parecía confluir en un único punto, tan lejano que sintió una sensación de vacío en el estómago. Se sentía tan pequeño como un recién nacido en los brazos de su madre. A su alrededor todo era extraño y luminoso, entrevisto por primera vez. Todo era ajeno, etéreo, insustancial, el eco de una voz infantil en una iglesia abandonada. Y, sin embargo, había un poso de familiaridad apenas entendida, un lazo invisible que parecía conectar con lo más íntimo y desconocido de lo propio...
Un sonido musical y vítreo, de campanillas de cristal, lo sacó de su fascinación como la caricia suave de una madre desvanece los miedos de un sueño agitado. Estaban bajando.
Ahora ya se encontraba a un roce de la plataforma. La esfera se detuvo antes de tocarla, permaneciendo suspendida. Dean comprobó con dos rápidos vistazos que todas las demás también se habían detenido, miméticas, como si estuvieran reflejándose infinitamente en una galería de espejos. Abriendo los brazos para desperezarse y consciente, de algún modo, de que el desenlace se acercaba, Dean extendió una mano hacia aquella placenta luminosa, envuelto en el aura de su traje, dispuesto a que la luz se encontrara con la luz. La placenta cedió.
Sorprendido y aterrado, Dean observó cómo cinco surcos alargados se abrían en la envoltura, partiendo la suave luz azul, que se enroscaba a su muñeca en zarcillos casi invisibles. Su mano estaba absorbiéndolos, irradiando su energía en un fulgor más y más brillante... Incapaz de reprimir el impulso, aunque asustado por las consecuencias, Dean segó la corteza con un tajo oblicuo de su mano.
La envoltura comenzó a desvanecerse, desgajándose en dos mitades que partían del sesgo que Dean había abierto con el canto de su mano. Pronto, sólo restó a su alrededor una neblina azulada que, en un instante, se desvaneció. Dean se quedó de pie, desnudo, con la barbilla hundida y los brazos a la espalda, sintiéndose más desprotegido que nunca. Un murmullo bajo y profundo, como de oleaje, y una cacofonía de golpeteos discordantes, lo obligó a levantar el mentón y mirar a su alrededor. Se quedó sin aliento.
Cientos de cuerpos desnudos de todo tamaño y condición -viejos y arrugados, con las carnes flácidas colgando de pliegues pálidos, jóvenes y contorneados, con las voluptuosas curvas de las féminas mostradas en toda la belleza de su desnudez, maduros y recios, de vientres prominentes y gruesos brazos de grandes manos, o puramente infantiles, con su sexo aún sin definir en sus vientres planos y sin relieves- se balanceaban, murmuraban y reconocían, visiblemente desconcertados por el dónde y el por qué se encontraban allí. Todos irradiaban el mismo fulgor azulado y todos estaban completamente lampiños, sin un solo cabello en las cabezas, bajo las axilas, en las cejas y pestañas o, siquiera, en los genitales. Dean parpadeó lánguidamente, con los labios colgando, observando cómo le devolvía el gesto una joven de unos dieciséis años, de rostro aniñado, que lo miraba con asombro clavándole unos iris color turquesa. Lentamente, los labios colgantes fueron ascendiendo y se sonrieron.
Dean comenzó a caminar entre la gente, saludando con una sonrisa cuando sus ojos se cruzaban con los de otro y sintiendo en todo momento el hilo de pensamiento que salía de su cerebro para unirse a una amalgama de recuerdos compartidos. Billy Fortigan, leucemia terminal, 67 años, Sussie Paxton, tres años en coma por un accidente de coche, 24 años, Melanie Forbex, cáncer cerebral, 38 años... todos los rostros y vivencias se mezclaban en un mosaico emocional, en un mapa de sentimientos tejido con la memoria, en el que cada uno dejaba constancia de sus dolorosas conquistas. Pero a Dean le interesaba uno en concreto, y se apretujó entre los cuerpos de un hombre grueso y una mujer de envergadura que se encontraban bloqueando el camino hacia su objetivo, ya a sólo unos pasos.
Estaba de espaldas a Dean, con el cráneo pelado reflejando la luz azulada que surgía de los cientos de cuerpos arracimados sobre la plataforma y su mano derecha abrazando el hombro izquierdo mientras su otro brazo colgaba con laxitud. Parecía una niña que había perdido su muñeca al bajarse del autobús y que, ingenuamente, pretendiera invocarlo con la mirada, mientras se perdía al final de la manzana, doblando en el cruce para desaparecer de su vista.
Dean se acercó en silencio, situándose a sólo unos centímetros de su cuerpo, sobre el que se marcaba el espinazo como una oruga obesa sobre la piel tirante. Dean extendió su mano, buscando el contacto con aquel peso muerto en forma de dedos y carne que reposaba con languidez a la altura de sus escuálidas caderas. Espirales de luz azul surgieron de sus dedos y se mezclaron con el aura que emanaba de los delicados dedos femeninos. Un fogonazo blanquecino surgió del punto de contacto, como el flash de una cámara en la penumbra de un pasillo. Lentamente, su cabello alborotado fue resbalando sobre su nuca mientras ella dejaba entrever el perfil de su rostro. Un surco brillante y húmedo recorría su mejilla. Dean acarició suavemente el pómulo aguzado y la huella húmeda de sus lágrimas resplandeció por un instante. Por fin, la mujer espectro de la 267, el alma errabunda de los pasillos de la U.V.I., el rostro extraviado de ojos de pescado muerto, se volvió y lo miró a los ojos, con una mueca infantil en los labios.
-¿Dean? -preguntó, mientras miraba casi sin ver al apuesto joven que la había acompañado en largas noches de espera antes de que Alice dejara de respirar por sí misma-. ¿Dean, crees que mi pequeña estará bien? ¿Crees que no mienten?
-Sí, Susan -contestó Dean, estrechando aquel cuerpo consumido, sintiendo el duro canto de sus costillas rozando contra su abdomen-. Sí, la pequeña Alice estará bien.
-¡Me va a echar mucho de menos! -y su voz se quebró en un sollozo, mientras se apretaba con más fuerza al cuerpo de Dean, un náufrago aferrándose al mástil de su maltrecho esquife. Su voz se hizo casi inaudible cuando consiguió hablar de nuevo-. Mel también te echará de menos, ¿sabes?, te echará de menos. Nos recordarán. Nos recordarán...
“Nos recordarán”, siguió susurrando Susan, aquel saco de huesos consumido por la enfermedad que corroía a su hija por dentro como una rata venenosa, royendo sus huesos y contaminando su sangre de las sobras de sus banquetes. “Nos recordarán”. Dean la acarició ausentemente, como un padre acaricia a un niño tras una pesadilla, recordando, mientras intenta ofrecer su consuelo, los días en que él solía sentarse en el regazo y aferrarse al abrazo cálido y protector. “No hay monstruos aquí, pequeño Dean, sólo ropa sucia y desordenada que un niño travieso tendrá que ordenar por la mañana”. Sin poder reprimir las lágrimas, Dean lloró en silencio, vertiendo, lentamente, su amargura y su alegría, despidiéndose de su amor con los recuerdos estallando como suaves burbujas de delicado cristal que contuvieran los instantes por lo es que una vida es y vale la pena.
Un grito rompió la intranquila quietud de la muchedumbre. Varias manos apuntaron hacia arriba con los índices extendidos como lanzas luminosas. Sin dejar de abrazar a Susan, Dean la separó ligeramente de su cuerpo, estrechándola por el hombro. Ambos miraron hacia arriba. Una explosión de luz les hizo entornar los ojos, cegados por una albura tan brillante que les impedía precisar las formas que flotaban entre la albura luminosa. Usando las manos como visera, Dean y Susan se esforzaron en no parpadear, procurando distinguir las numerosas figuras que se acercaban. Poco a poco, las figuras se definieron y la blancura se difractó en una pléyade de matices y colores. Se quedaron sin aliento.
Una enorme cohorte de ángeles luminosos -”Un doctor por cliente” pensó Dean instantáneamente, incapaz de contener su instintiva ironía- descendían, planeando, sobre sus cabezas. Las alas inmateriales derramaban un arco iris de brillantes explosiones de color que moteaban los cuerpos desnudos en un mosaico fantástico de parches luminosos. Boquiabierto, contemplando el avance del nutrido grupo de evanescentes figuras voladoras, Dean percibió de nuevo la olvidada sensación de que alguien injertaba un enchufe en la masa esponjosa de su cerebro, enviándole un torrente de pensamientos. Esta vez el torrente fue sólo una imagen. El grueso rostro del Dr. Forrester, sonriéndole con una afabilidad burlona con sus gafas torcidas inclinándose sobre el puente de la nariz. Invadido por una balsámica comprensión de su destino y del destino de quien amaba, Dean susurró unas palabras de ánimo al oído de Susan, sin dejar de sonreír a la criatura, que, perdida entre aquellos seres, esperaba con las maletas a la puerta de su ático. Enviándole un cálido saludo a través de ese enchufe incrustado en sus neuronas, Dean se dejó llevar por el arrullo de la luz cálida y cerró los ojos. En sus pensamientos sólo existía una imagen: los labios color cereza y la peca amarilla.
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