El encuentro: Epílogo


Relatos de Ciencia Ficción

08-07-2008 13:42
Por: manheor

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/993122/

Cierre de esta novela corta de ciencia ficción


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6: 45 de la madrugada, a media hora del amanecer...

Se despertó gritando.

—¡¡¡NO LO HAGAS!!!

Melanie se incorporó de un salto, desparramando el cobertor a su alrededor y mirando con ojos desorbitados las siluetas perfiladas en la penumbra de la estancia. Un suave resplandor verdoso teñía de un aura sobrenatural sus propias manos, la sábana de lino blanco que la cubría y un parte del linóleo del suelo, una isla verdosa perdida en un mar tenebroso. Se dejó caer sobre el colchón, llevándose las manos a las sienes, sintiendo que mil abejas habían confundido su cerebro con un panal. “¡¡NO LO HAGAS!!” el grito seguía resonando en sus pensamientos, como un eco atrapado en una caverna sin salida, pero no comprendía por qué esas tres palabras eran importantes ni qué significaban.

El olor agrio de su sudor la hizo torcer la nariz con disgusto. “Me siento como una sardina en aceite” pensó y sacudió la cabeza, refunfuñando aunque medio divertida. Volvió a concentrarse en el resplandor verdoso que quebraba, tenuemente, la oscuridad reinante. La luz venía de su izquierda. Se recostó sobre ese lado y se quedó embobada unos instantes, con dos puntitos luminosos resplandeciendo en sus retinas.

Una pantalla alargada y oscura mostraba unos gráficos oscilantes y diversos números en un verde luminoso. La mente de Melanie comenzó a aterrizar y a acomodarse en la realidad. Giró sus brazos y sí, allí estaban, los dos tubos de plástico enterrados en sus venas, como vampiros agusanados. También estaba allí la fina bata de interna, pegada incómodamente como una segunda piel, -”además, está tan húmeda que vas enseñando carne a cualquier buen doctor que se pase” pensó, mejorando aún más su buen humor y levantando una ceja en aquel gesto travieso que tanto adoraba su marido- y si se llevaba las manos a la cabeza se encontraría con su amiga la bola de bill...

Se quedó inmóvil por un instante, con los ojos intentando abandonar sus órbitas para ver la masa filamentosa en la que se enredaban sus dedos. “No puede ser”, pensó, sin dejar de palpar con los dedos aquel milagro imposible. “No puede...”

—¡Au! ¡Joder!

Y su voz sonó más fuerte que en muchos meses, como si su amiga la quimio -aquella vieja institutriz inflexible que le decía a sus células, no, os habéis portado mal, sentaos de rodillas cara a la pared con las obras completas de Tolstoi en cada mano- no la hubiera vapuleado hasta dejarla como un cascajo inútil. Se acercó la mano con la prueba del crimen. Sujeto entre sus dedos, levemente perfilados por la luz constante de la maquinaria que controlaba sus constantes vitales, pendía un largo cabello arrancado de raíz. “¡Y tan de raíz!” pensó, rascándose la coronilla en un gesto adquirido desde su calvicie y que ahora la hizo detenerse y estallar en una carcajada. “Ya no tienes a tu amigo Kojak en la azotea, señorita.” Sintiéndose contenta, agitó la cabeza hacia los lados, como si asistiera a un concierto punk. Su cabello se movió como una criatura viva, azotándole las mejillas como un látigo cariñoso.

Intentó reamueblar el piso y comprender, sin marearse, qué había sucedido, sorprendiéndose de aceptar como ciertas las verdades que descubrían sus sentidos. Tenía pelo, estaba despierta, se sentía llena de vitalidad y un vistazo a sus pechos, desvelándolos, por un instante, de su envoltura de lino turquesa, le confirmó que algo en su cuerpo había cambiado. Y muy deprisa. Sin quererlo, una sombra enturbió su felicidad como una nube enturbia la luz de un día de verano. Sí, su cuerpo había cambiado y eran las... 6:53 de la mañana. Apoyó el reloj digital sobre la mesilla al pie de la cama. ¿Pero de qué día? ¿De qué día? Lo último que recordaba era una conversación con Dean sobre un sueño muy raro, pero no recordaba ni los detalles de la conversación ni nada concreto sobre el sueño. Era como estar viendo una película con las gafas empañadas, no se podía seguir el...

Mami...

Dio un respingo y casi se cayó de la cama. Un pinchazo doloroso recorrió sus antebrazos cuando los tubos de la sonda se tensaron con brusquedad. Fastidiada, acariciándose la piel que empezaba a enrojecer, escuchó en silencio si el susurro que la había sobresaltado no había sido parte de su imaginación. Nada, no se escuchaba nada. Sólo el tilt-tilt-tilt de Mr. Cardíaco que confirmaba que: ¡Oh, sí, la lechuga seguía fresca! Pero nada de voces llamando a su.

¡Mamiiii...!

Esta vez el timbre de la voz fue más desesperado y la i se alargó en un chirrido similar al de las cigarras en plena noche. La pequeña Melanie, la Melanie desubicada en el ambiente campestre de los veranos, cuando tocaba visitar a los abuelos, siempre se agarraba las rodillas, apretando la espalda contra el cabezal de la cama, como un animal acorralado a punto de huir. La Melanie adulta repetía el gesto de forma mecánica. “Los viejos instintos de la jungla siguen ahí, Jane. Sólo esperaban al tigre.”

¡¡¡¡Mamiiii...!!!

Otra vez.

¡¡¡Mamiiii!!!

Y otra vez. Tras la puerta. Del exterior.

¡¡¡Mamiiiiiiiiii!!!

Y una más. Luego sobrevino el silencio. Melanie se quedó expectante, todavía con las rodillas encogidas y las piernas apretadas contra sus senos turgentes y tersos. Nada, ahora sí se había callado. O eso parecía.

Tomando una decisión, volteó su brazo derecho, clavando sus ojos en el tubo que se enterraba en su carne, como un cruce espantoso entre lombriz transparente y sanguijuela insaciable. Lo arrancó de un tirón, sin pensar en lo que hacía. Primero el derecho y luego el izquierdo, ¡Como las campeonas!, sin gritar. Una sangre roja y brillante salpicó la blancura del cobertor como manchas de tomate de un niño con sus primeros espaguetis, pero Melanie no se preocupó por ella. Toda su atención se desviaba a los sendos agujeros que su violenta acción habían dejado en sus brazos. Estaban empequeñeciendo.

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Sin que pudiera creerlo, aquellos pequeños ojos rojos y rezumantes de su savia se cerraron, como pequeños volcanes que hubieran decidido volver a su antiguo lecho en la cálida tierra. Melanie desenfundó la almohada de su cobertor y restañó la sangre que empapaba sus antebrazos, buscando las señales que justificaran tanto despilfarro de ketchup. Nada, no había nada. El labio le colgaba en una mueca cómica, como si hubiera vuelto a la escuela primaria y su profesor favorito, el alto y atractivo Edwin, con su rizada barbita de chivo y su incipiente calvicie llevada con inusual elegancia, le hubiera hecho una pregunta de historia o biología particularmente difícil. “Señorita Melanie, ¿me puede usted confirmar o desmentir si el cuerpo humano puede regenerar sus tejidos como si fuera el organismo de un reptil?” Melanie negó con la cabeza, sacudiéndola fuertemente y desparramando su espesa melena en todas direcciones. “Entonces” susurró la suave voz de su atractivo mentor, sin dejar traslucir en su tono el menor deje de ironía. “¿Qué le ha pasado a sus brazos?” Melanie frunció el ceño, volviendo a repasar el milagro. “Buena pregunta. Pero me temo, profesor, que no sé la respuesta.” En su imaginación, Edwin sonrió.

¡¡Mami...!!

Como si ese último grito infantil la hubiera despejado como un jarro de agua helada vertido en su espalda, Melanie se levantó, esquivó el pie metálico del soporte que sujetaba la bolsita de suero, y, de puntillas pero deprisa, se plantó frente a la puerta lacada de su habitación, firmemente cerrada. Apoyó la oreja contra la hoja. Silencio total; ni pasos resonantes perdiéndose por el pasillo, ni el runrún apresurado de las camillas, ni las toses, murmullos y quejas infantiles de la sala de espera, ni siquiera el zumbido de un insecto molesto, buscando una rendija entre los muros blancos que lo llevara a la felicidad de un cuerpo cálido al que incordiar. Nada de nada, tampoco una voz infantil llamando a su madre. Arriesgándose y aún sorprendiéndose de que su cerebro no empezara a hervir en su cabeza -a fin de cuentas “sólo” había despertado completamente recuperada en lo físico y en lo mental (y algo le decía que también en ese asunto de la gran C) y con una gran mata de pelo rojizo a la que había aprendido a olvidar- Melanie giró el picaporte y separó levemente la hoja de la jamba, dejando entrever una rendija de lo que aguardaba afuera.

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Si el silencio era la cantinela que le llegaba al oído, salvo por el taconeo inconsciente de su talón desnudo, -”cuando a Indiana le aprietan las tuercas, siempre se toca el sombrero”-, el vacío total era lo que registraba su ojo. Un abandonado pasillo de urgencias entrevisto en una franja angosta. Nada de enfermeras bostezando empujando el aparador rodante con el rancho para los madrugadores, nada de médicos con sus batas blancas salpicadas de manchas rojizas, nada de chiquillos fugitivos de la atención materna correteando por el pasillo con los brazos desplegados como las alas de un avión. Intrigada, Melanie giró un poco más la puerta. A mitad del pasillo y a su derecha, Melanie contempló uno de los bancos adosados a la pared que Dean conocía tan bien. Desde allí, el ángulo de la pared no le dejaba apreciar toda la abertura, pero en ese banco en concreto, no había nadie y no se apreciaban sombras moteando el islote de baldosas blancas del pavimento.

Melanie frunció el entrecejo y se vio a sí misma bajando las escaleras del hospital, que se insinuaban al fondo del pasillo, para descubrir que no había un alma acompañándola. La última mujer de la tierra, Melanie Neville, en bata y sin crucifijo. Pero con mala leche. Sacudiéndose las últimas hebras de humor barato con una sonrisa en los labios, su coraje -”imprudencia, Mel” oyó decir a la versión de Dean guardada en el disco duro- instintivo la impregnó como un buen baño de agua caliente. De un tirón, la puerta quedó abierta.

Estaba de rodillas sobre el suelo, maldiciendo la frialdad de la cerámica esmaltada y su propia y estúpida cobardía a rematar la faena. Pero no podía moverse. Seguía allí, aterrorizada sin saber por qué y sentada en cuclillas de frente a la puerta entreabierta -la ÚNICA entreabierta del pasillo- de la 267, la habitación de Alice, la niñita con leucemia de Susan, Susie, su amable “vecina” que no dejaba de consolarla y pasarse por su cuarto mientras Dean estaba en el trabajo. O al menos, eso había hecho hasta que Alice cayó en un coma profundo. “¿De eso, hacía un mes, un año, seis días?” No lo sabía, el tiempo se había vuelto una masa amorfa e indefinida, un tapón de algodón visto muy de cerca.

Suspiró fastidiada y maldijo por lo bajo. A su izquierda y al fondo, a través de los amplios ventanales sobre el zócalo pintado de verde desvaído, el cielo lucía de un color lavanda claro. Estaba amaneciendo y no le quedaba mucho tiempo. Tenía que hacer algo. ¡Pero es que la situación era absurda! Al abrir la puerta se había encontrado con lo imposible, el ala Oeste del hospital, ¡¡la maldita U.V.I.!! completamente desierta, tanto a su derecha, de la 213 a la 268, la suya, como a su izquierda, de la 269 hasta el mostrador en ángulo de las enfermeras, misteriosamente vacío de cualquier presencia animada tras su mostrador acristalado.

Melanie se levantó, temiendo escuchar el crujido de sus articulaciones al desdoblar las piernas y recobrar la verticalidad. Pero nada ocurrió, estaba en plena forma. Un suave pinchazo en los muslos, apenas molesto, era el único vestigio de su posición forzada ¡¡Y llevaba meses y meses encamada sin apenas caminar!! Por no hablar de que sus piernas eran poco más que palos secos de escoba. Se habían acabado los pellizcos en las pantorrillas y las miraditas de sus alumnos en la facultad. Pero sobre todo los pellizcos de aquellos dedos finos e incongruentemente torpes de su marido.

Restregándose furiosamente los ojos, como si frotándose el escozor pudiera acallar a aquellas lágrimas cobardicas, Melanie asumió la situación y volvió a decidir. Otra puerta Alicia, otra madriguera. “Pues bien”, pensó “esté la Reina o no esperándome con su cohorte de picas, rombos, tréboles y corazones, no me hace falta un flamenco para ganarle al cróquet.” Con un ímpetu excesivo, Melanie giró la manija redonda y penetró en el cuarto a grandes pasos.

El amanecer derramaba doblones dorados sobre el pálido linóleo de la estancia. Melanie se había frenado en seco, a dos pasos del umbral, viendo lo imposible. Alice, la hija de Susan, estaba allí, con el pelo revuelto en una mata ensortijada, los ojos enrojecidos de tanto llorar y los puñitos tensos, blancos, aferrando el cobertor de la cama. Parecía una muñeca de porcelana perdida en un lecho dos tallas equivocado. Melanie seguía plantada, con los ojos muy abiertos y los labios temblequeantes, sin saber qué decir. De pronto, Alice le ayudó a tomar la iniciativa.

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-¡¡¡MAMIIII!!! -gritó, desgañitándose. Melanie corrió hacia la cama- ¡¡¡Mami!!!

La tomó en brazos de un tirón, cruzándole sus pequeños bracitos alrededor de su cuello, mientras su mano se perdía entre aquel algodonoso y fragrante cabello infantil, soportando el golpeteo de sus puñitos incongruentemente dolorosos sobre la espalda.

-¡¡Suéltame, bruja sucia!! Quiero ver a mi mamiiii -Melanie se quedó sin aire por un instante. La pequeña anguila revoltosa le había hundido la rodilla en el vientre, aplastándolo como el fuelle de un acordeón-. ¡¡¡Quiero ver a mi mamiiii!!!

Pero Melanie no resistió, sabiendo que todo buen general sabe ceder una derrota siempre que gane la guerra. Al ritmo de su “shhh, shhh, ya pasó, shhh” los golpes y pataleos se fueron haciendo más intermitentes, como los coletazos de una sardina atrapada en la red. Los gritos remitieron y los músculos perdieron al compás del canturreo con el que Melanie acompañaba el suave balanceo de la niña, acunándola como si fuera un bebé que se hubiera desvelado en mitad de la noche. Al fin, la lucha cesó. La barbilla que reposaba en su hombro dejó de hacer presión y Mel se encontró frente a frente con dos enrojecidos ojos avellana de pecas negras y un cabello trigueño que parecía tironeado y retorcido en mil direcciones por duendes invisibles. Melanie se lo acarició de nuevo, ondulándolo con suavidad.

-Las niñas buenas no gritan, Alice.

-Yo ya no soy tan niña -le dijo, hinchando los mofletes y arrugando la nariz-. Las nanas para las abuelitas y los bebés.

Se observaron, avellana contra esmeralda, como si se tratara del último asalto de un combate de boxeo y ninguna de las dos quisiera franquear su defensa antes de que sonara el último gong. Alice tenía los pómulos enrojecidos de tanto hincharlos y Melanie le clavaba sus puñales color jade mientras sus labios se apretaban en una línea casi invisible. De pronto, al unísono, las sonrisas afloraron a los labios de los púgiles, como invocadas por ensalmo. Estallaron en carcajadas.

Melanie se acercó a la ventana que daba al aparcamiento del hospital, orientado hacia el oeste. A través de sus cristales esmerilados el resplandor de la aurora parecía fundir las ventanas en una pasta de oro líquido, desdibujando las formas que aguardaban afuera en siluetas imprecisas. Melanie apretó el seguro de la hoja y la deslizó por el carril. El suave aroma de los pinos y abetos que crecían más allá del rectángulo de hormigón protegido por el dosel metálico, en aquel horizonte ondulante de colinas boscosas surcadas por vetas de gris e incansables hormigas de ojos rubí y diamante -“las rojas se van, las blancas se vuelven” pensaron a la vez Melanie y Alice-, penetró en su nariz como el saludo fresco y sincero de un viejo amigo. Alice, sentada en su regazo y con los ojos fuertemente cerrados, abría mucho los brazos y los balanceaba al ritmo de una melodía invisible, tal vez oculta en aquel perfume. Ambas compartieron ese instante con sus corazones latiendo sincronizados y sus pensamientos fundidos en una sola consciencia.

Sin despegar los labios, Melanie y Alice se comunicaban y no se sorprendían por hacerlo. Algo las había invadido por dentro y las había cambiado. Pero esta vez para bien. Oh, sí, para bien. Pasando una pierna por encima del antepecho y aferrando a Alice con fuerza contra su cuerpo, Melanie se impulsó hasta quedar sentada en el alféizar. Apoyando su espalda contra el paramento izquierdo del ventanal, contempló la línea del horizonte, con Alice acomodada sobre su pelvis. El sol despuntaba como una moneda lustrosa, tiñendo las nubes bajas y algodonosas de mil matices oro y salmón. Alice se removió ligeramente, apretando más su abrazo al cuello de Melanie mientras ambas esperaban, expectantes. Esperaban a...

Un fulgurante resplandor incendió el cielo de dorado. El azul acuoso del firmamento había desaparecido. La bóveda celeste ardía como oro luminoso. Usando la mano como visera, Melanie entornó los ojos e intentó divisar alguna forma en aquel fulgor imposible. Allí, sobre el Sol, una silueta grácil y oscura se recortaba como una sombra chinesca de un ave exótica y mitológica. El resplandor se apagó tenuemente, pero la silueta ya había desaparecido. Melanie y Alice, con el dobladillo de sus batas flameando en la brisa matinal, sonrieron.

Se habían despedido...

 

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