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Esta es la historia de un amor frustrado, de un odio ardiente, y de un joven caballero. Es un relato muy breve, ya que no he querido extenderme por que he supuesto que os cansaríais de tanto leer. Espero que os agrade.
Más allá del cielo imparcial, donde los sueños son guardados en brillantes estrellas fugaces, tuvo lugar un amor prohibido.
Las cortes celestiales reinaban el firmamento, sus salas eran un reflejo del grandioso imperio divino, y allí, rodeados del omnisciente cielo azul, existían las más increíbles criaturas: serafines, tronos, querubines, virtudes, potestades, dominaciones, ángeles, y los más poderosos de todos. Los arcángeles.
Pues bien, hubo en un tiempo ya lejano, y borrado para siempre de la memoria de las estrellas, un ángel llamado Kaniás, este ángel tenia alma masculina; cabe aclarar, que los ángeles y demás seres celestiales no poseían sexo, si no que su alma, estaba ligada al sexo masculino o al femenino. Pues bien, Kaniás era un ángel con alma masculina, y formaba parte del 3 escuadrón de las salas occidentales, su unidad de batalla fue enviada a las guerras ancestrales que siempre existieron entre el cielo y el infierno. En una de estas luchas, Kaniás se vio al borde de la muerte, y aquí, en este momento decisivo, es cuando comienza nuestra historia.
La guerra de los opuestos había existido desde tiempos inmemoriales. El bien y el mal. Enfrentados por los siglos de los siglos, no puede existir el bien sin el mal, y viceversa. Pero aun así, la guerra era imparable. Habían transcurrido eones desde que comenzó esta cruenta lucha, y ahora un nuevo grupo de ángeles – el tercer escuadrón de las salas occidentales- surcaba los cielos, 500 ángeles, tal vez más, todos en perfecta formación en v. Sus alas resplandecían al son del viento, su perfume impregnaba las nubes, y su visión era en verdad esperanzadora. Se dirigían a las desgastadas tierras del fuego, escenario de la más cruenta de las batallas.
- ¡Señor, objetivo a 1 kilómetro!
Una simple afirmación con la cabeza bastó como respuesta por parte del capitán. Ahora los ángeles descendieron de entre las nubes, siempre en perfecto orden. Y la visión no pudo ser más desesperante: lagos de fuego, ríos de llamas, colinas de cadáveres, el sol apenas se atrevía a iluminar aquella zona maldita, en la que ahora mismo un grupo de Dominiones luchaba imperiosamente contra los demonios superiores de las hordas del inframundo.
“Que el único nos proteja” Fue lo único que le pasó por la cabeza al capitán del escuadrón angelical.
- ¡Alto! Y a la orden, más de medio centenar de ángeles se detuvieron sin dudar. Ahí abajo se nos necesita, sabed pues, que lucharemos por la bondad, por la justicia, por el bien. El único nos mira ahora, nada malo debe acontecernos en esta tarde. Que él os bendiga a todos.
Al término del discurso, los ángeles estiraron sus alas y descendieron en picado, desafiando plenamente al viento. Sus espadas brillaban, su corazón ardía, y su fe, único escudo que poseían, les guiaba a través del campo de batalla.
- ¿Alguna novedad?
- No llegan nuevas desde las tierras del fuego.
- ¿Dónde esta Axiel?
- Nadie le ha visto.
La batalla ya había dado comienzo, los ángeles surcaban el cielo, algunos de ellos heridos, otros, moribundos yacían en el duro suelo. Las demoníacas hordas infernales eran muy superiores, y los ángeles estaban pasándolo mal en el campo de batalla.
- ¡Ángeles imperiales, no dejéis que os avasallen!
- ¡Son muy superiores en numero, señor!
- ¡Aun así tenemos superioridad sobre ellos, poseemos alas!
Las voces ensangrentadas se arrastraban por encima de los agónicos gritos de guerra de las criaturas enemigas. Las agonizantes nubes negras, que hacían de techo para la desmesurada cruzada, comenzaban a demostrar todo su poderío, pequeños relámpagos comenzaban a surgir de sus adentros, ahora el la zona era aun mas hostil para los ángeles.
- ¡La parte noreste ha caído señor!
- ¿Supervivientes?
- No sabemos de ellos.
El capitán angelical cada vez tenia menos esperanza, su rostro estaba marcado de sangre, y una de sus alas se desangraba por momentos. Su larga experiencia ahora era inútil, sus soldados caían por segundos, y del grupo de Dominiones nada se sabía.
Brotes de sangre manaban de su brazo, el rostro aun resplandecía una pequeña parte de su belleza, pero el ángel Kaniás era fuerte, y el arma mas poderosa que poseía era su esperanza, que resurgía como una estrella naciente, a cada golpe que recibía. Se hallaba ahora enfrente de un inmenso Tolerg. Sus más de 2 metros impresionaban, pero sin duda, en lo que se fijó Kaniás, fue en sus garras, poderosas cuchillas afiladas que serian capaces de destrozar a cualquier enemigo. Por fortuna, el Tolerg era una criatura torpe y lenta, y el ángel no tenía problemas para esquivar sus ataques. Pero, cuando parecía que podía asestar el golpe mortal, la gran zarpa le rasgo por completo el ala izquierda. Kaniás cayó pesadamente al suelo, y de sus labios un leve gemido de dolor atravesó el cielo cargado de muerte.
La criatura ahora rugió triunfante, pero el ángel aun no había renunciado a la vida, consiguió alcanzar su espada y desde los mantos del sufrimiento consiguió cortarle una de las grandes garras a su enemigo, esta cayó al suelo, y aún después, seguía moviéndose.
Pero ya estaba demasiado debilitado, y de su ala malherida, había brotado mucha sangre, ahora el Tolerg se irguió, y con un rugido triunfal se lanzo sobre Kaniás. Este ya no podía más, y se entregó de lleno a su enemigo, pero de las tinieblas de la muerte, resurgió un ángel tan hermoso como ningún otro, y de su espada afilada, resplandeció la esperanza, y con un golpe rápido y seco, separo la cabeza del cuerpo del inminente asesino. Esta rodó varios metros, pero el cuerpo fue a dar con Kaniás, que ahora estaba sepultado. Apenas abrió los ojos, se quedo pasmado, mudo de sensaciones. Tenía ante si, a la más bella criatura que jamás hubiera visto. Le ayudo a quitarse de encima el cuerpo sin vida, y después a levantarse.
Estaban frente a frente. Kaniás tenía un aspecto terrible, toda su hermosura había quedado esparcida por el campo de batalla, y su ala marchita, estaba teñida de sangre. Pero por un momento, olvidó todo ese tremendo dolor, y vio en los ojos de aquella princesa de los ángeles, todo el firmamento reflejado. Ninguno conseguía articular palabra alguna, y largo rato pasó sin que los dos se movieran siquiera. La batalla se había detenido para ellos. Ahora Lidan se acercó, la cogió de las manos y se arrodilló ante ella.
- Te debo la vida, ahora estoy en deuda contigo. Permíteme conocer tu nombre, para que pueda rezar por tu alma.
- Soy el ángel Azariel.
Pero ninguno de los dos podía seguir hablando. A decir verdad, las palabras sobraban ahora, ambos podían leerse los ojos, y supieron que en aquel terreno olvidado, en donde la muerte nacía en cada palmo de tierra, acababa de surgir un amor imposible.
Pero esta escena se vio cortada, pues algo hizo que el suelo retumbase. En el horizonte abrasador, inmensos golems de fuego se habrían paso entre las sorprendidas tropas divinas.
- ¡Señor, los golems de fuego nos están tomando todo el terreno!
- ¡Toque de retirada! Y el capitán mismo quitó del cinto de su subordinado una pequeña corneta plateada con un símbolo celestial grabado en oro.
La corneta resonó en todo el valle demacrado, y a su sonido, le siguieron cientos de ángeles heridos, elevándose en el cielo, escapando de una muerte abrasadora.
- Volvamos a las cortes celestiales, esta batalla esta perdida.
Ninguno de los allí presentes osó contradecirles, pues bien sabían lo cierto que era. Mientras volaban regreso a casa, en sus rostros se podía leer cada uno de los momentos de la dura batalla. Sus caras reflejaban la impotencia, el cansancio, la frustración, la amargura, la pena...
Kaniás volaba junto con Azariel, ambos surcaban el cielo, mudos, se quedaron más rezagados de la cuenta, debido a el estado físico del herido ángel. Tal era su dolor, que cuando una brisa de aire un poco más fuerte de lo normal, lo azotó, este no pudo reaccionar, y cayo en picado, como piedra que cae al agua. Azariel se lanzó a su rescate, y tuvo que esforzarse, pues caía rápidamente, pero finalmente pudo agarrarlo y salvarle de una muerte segura.
Ambos estaban respirando entrecortadamente, mirándose como si fuera la primera vez. El grupo se había perdido de vista, ahora la única testigo muda era la luna, que les revelaba una oportunidad para amarse. Sus labios se acercaron lentamente, al principio con temor, pero pronto la pasión surgió entre ellos, y pecaron.
- ¿Crees que nos estarán viendo?
- No, están demasiado ocupados.
- Ahora somos ángeles pecadores. Y Azariel desvió su mirada, parecía avergonzada.
- Si es así, yo soy el pecador más feliz de la esfera. Y acogiéndola por la cintura la besó, con una ternura misma, que incluso unas leves gotas de agua fueron participes del momento.
Después de esto, ambos siguieron su camino de regreso a casa.
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