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Las Cuatro Historias: Una Búsqueda (XVIII)


Relatos de Fantasía

14-08-2003 09:01
Por: Valente

Nota antes de empezar con la historia: Decidí, con vuestra ayuda, cambiar las últimas palabras de Ana, que no parecían encajar con la lógica. Espero que el nuevo rumbo os parezca más apropiado. ;)

Después de esta ligera modificación, viene la nueva parte de la historia. Espero que os guste.


techNota antes de empezar con la historia: Decidí, vuestra ayuda, cambiar las últimas palabras Ana,
Nota antes de empezar con la historia: Decidí, con vuestra ayuda, cambiar las últimas palabras de Ana, que no parecían encajar con la lógica. Espero que el nuevo rumbo os parezca más apropiado. ;)

Después de esta ligera modificación, viene la nueva parte de la historia. Espero que os guste.

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Ana se detuvo mientras asimilaba toda la información. Aquel mundo presentaba una compleja organización y las relaciones entre los diversos pueblos, razas y culturas parecían perfectamente estructuradas. Nada diferentes al lugar de donde ella provenía. Nada salvo que llovía ceniza del cielo, por supuesto. Los motivos por lo que sus amigos estaban allí, además de cumplir aquella extravagante misión que les habían encomendado para poder regresar a su mundo, seguían siendo un misterio. La mujer pensaba que habían caído en una elaborada trampa, de la que sólo podrían tener una posibilidad de escapar si averiguaban las motivaciones que habían tras ella.

Miró a Pedro, que parecía haber regresado a su estado de trance y decidió que la mejor manera de conseguir su propósito de entender lo que estaba ocurriendo era encontrar a sus amigos. Tras meditar unos minutos la mejor manera de conseguirlo, llegó a la conclusión de que lo más seguro es que ellos también la estuvieran buscando. Desde un punto alto podría tratar de encontrarlos y hacer más visible su posición, aunque ello tenía el inconveniente de exponerla demasiado a sus posibles enemigos. Estuvo unos minutos reflexionando la mejor manera de evitar este peligro y decidió que podría dejar algunas marcas para sus amigos, indicándoles de cualquier forma que se dirigía a algún lugar concreto, donde les esperaría. Las señales tendrían que ser suficientemente claras para ellos, pero difícilmente descifrables para sus perseguidores. La mujer decidió que pensaría en cada momento la manera de dejar las pistas, según las circunstancias en las que se encontrara.

Se levantó con media sonrisa. Estaba preocupada y bastante asustada, pero también un excitante hormigueo recorría su nuca. Descubrió, con sorpresa y satisfacción, un ligero sentimiento de euforia ante la aventura que tendría que afrontar. Se limpió descuidadamente la ligera capa de ceniza que recubría su ropa raída y se puso en pie.
-Pedro –dijo, poniendo la mano sobre el hombro de su abstraído amigo- ¡En pie! Nos vamos a buscar a mis amigos –sus palabras surtieron efecto, pues el pétreo se puso en pie, sin siquiera protestar ni decir nada y ambos comenzaron a andar, antes de que amaneciera. La mujer acababa de decir que descansarían de día, tratando de buscar algún cobijo entre la irregular y abrupta geografía de lo que Pedro había llamado Gran Valle.

XXIV

El brillo, a la luz de la tea, de la espada competía con el de su propia piel cristalina. El ser de sílice observaba con atención el arma que Ana había perdido cuando la apresaron. La mantenía con una de sus manos a la altura de sus iluminados, pero aún así fríos, ojos. A su lado, rodeándolo en un semicírculo, el Consejo de los pétreos permanecía en un expectante e impaciente silencio.
-Así que nuestra amiga consiguió una de nuestras espadas… -dijo en voz baja con su voz aguda y afilada el sílice- nos servirá para encontrarla. ¿Cómo puede haberla encontrado? –preguntó, sin mirar en ningún momento a los ancianos.
-Lo desconocemos –contestó unos segundos después el pétreo que parecía ocupar el puesto más alto de la jerarquía, con un tono que evidenciaba una ligera molestia por el comportamiento del invitado.
-Disculpad –se dio la vuelta con presteza al darse cuenta la cristalina criatura de aquel matiz en la voz de sus anfitriones- Estoy siendo sumamente descortés con mi comportamiento. Sin duda este pequeño incidente me ha encrespado. Espero que sepáis comprender mi descuido –A pesar de sus palabras, la manera en que las había pronunciado dejaba entrever que realmente su arrepentimiento era fingido e, incluso, llegaba a rozar la ironía.

Aquello hizo que la mayoría de los presentes en el gran anfiteatro aceptara a regañadientes la disculpa, mientras aumentaban su animosidad contra él. Consciente de aquella circunstancia, que jamás había intentado evitar, el ser de cuarzo enarcó una delgada sonrisa entre su angulado y brillante rostro mirando a todos y cada uno de los Doce Miembros del Consejo antes de volver a hablar.
-Espero salir tras ellos cuanto antes y no tardar mucho en encontrarlos y apresarlos. Mis fuentes me han informado que el resto de los aparecidos está ya bajo el poder de mis compañeros y que se dirigen sin pausa hacia el Nexo.
-¿Necesitas algún tipo de ayuda? –preguntó uno de los miembros del Consejo- ¿Hombres o pertrechos?
-No, gracias –sonrió, sin conseguir ocultar la condescendencia que afloraba en aquel gesto- tendré suficiente con el grupo que he traído hasta aquí. Quiero ir rápido y simplemente tengo que seguir el rastro que dejan aquellos que han sido poseedores de una espada del Alma –El sílice se irguió, demostrando su extraordinaria estatura, cercana a los dos metros, y su estilizado y angulado cuerpo. Inclinó ligeramente, de forma casi imperceptible, la espalda a modo de despedida y, tras volver a cuadrarse, salió de la estancia, mostrando por última vez la bella tizona. Cuando las puertas se cerraron tras de sí, un rumor de indignación y protesta recorrió la sala del Consejo.

XXV
La noche había caído en el Mundo de Cenizas como una pesada capa de negrura. En aquella ocasión las explosiones que teñían de sangre la tierra habían aparecido muy esporádicamente y con menor intensidad, haciendo que parecieran rojos relámpagos en la Marea de Almas. El silencio alrededor del carro era opresivo y denso, casi asfixiante, hasta el punto de hacerlo palpable. El grupo de compañeros se habían apiñado en el centro del reducido habitáculo y el nerviosismo les impedía dormir a todos, salvo a Isabel, que de vez en cuando fue capaz de echar una pequeña cabezada.

De tanto en tanto, alguno de ellos creía observar a través de la oscuridad el brillo de los luminosos ojos de los monstruos de cenizas, observándoles. Pero aquellas visiones desaparecían pronto y no volvían a aparecer, como si se trataran de un funesto guiño que aquellos seres les daban para recordarles la situación en la que se encontraban.

 

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techNota antes de empezar con la historia: Decidí, vuestra ayuda, cambiar las últimas palabras Ana,

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