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Ocaso: Primera entrega


Relatos de Fantasía

20-08-2003 03:09
Por: Idaffen

Ahora que toca cambiar a mejor, ahora que ya no estás para que veamos el mundo cambiar juntos, ahora que ya no sé quien soy te deseo lo mejor pues sé que no veré más tus ojos brillar.

Episodio primero.
Vargath.
La mañana era clara y plácida, como solían ser por aquella zona las mañanas de septiembre. Aun más, la calma parecía querer ocultar el estruendo de la batalla que se había librado a pocas millas de la ciudad, cerca de las faldas de las montañas.

Con el despuntar del sol los rumores de la victoria llenaron las calles de Vargath. Mucho decían, no sin exagerar, que las bajas habían sido pocas. Que casi de inmediato el ejército de Silonn se había retirado. Que los enemigos tocaron en retirada al amanecer del tercer día sin haber opuesto mayor resistencia.

Como casi siempre después de una batalla las opiniones estaban divididas; unos decían que “eran cobardes y débiles”, que “no eran dignos rivales” y que “mejor no hubieran hecho perder el tiempo a nuestros hombres”. Otros, más prudentes, no terminaban de comprender que pasaba, no creían, en definitiva, en una retirada tan prematura y deshonrosa.

Fuera como fuese casi todos estaban reunidos en torno a las grandes puertas de madera de la ciudad. Estas eran de madera de tea, con grandes tablones de lo que en su momento fueron hermosísimos árboles. Por la parte interior carecía de adornos, solo las grandes trancas y tachones aderezaban la madera. Por fuera era distinta, estaba tallada conformando un mosaico de figura geométricas, en su mayoría rombos y triángulos, por las esquinas. En los bordes de la madera habían sido esculpidas grandes runas que según la tradición protegían la puerta de ser derribada por cualquier hechizo o conjuro oscuro. En el centro y en letras doradas, escrito en lengua común, estaba tallado “Vargath”, y justo debajo un gran aldabón negro.

En la hoja derecha de la puerta había una abertura en forma de puerta para que entraran personas, orcos, y, con un poco más de dificultad semiorcos y elfos.

El murmullo del gentío empezó a acallarse. La aldaba de la puerta había sonado. Tres veces y el silencio fue total. Los cuatro guardianes de la puerta accionaron el complejo mecanismo de gruesas poleas y cuerdas que abría la puerta. Las hojas empezaron a girar sobre las bisagras sin hacer apenas ruido. Los curiosos se agolpaban intentando ver por el pequeño espacio que quedaba entre las dos hojas.

El primero en entrar fue el portaestandarte, montando un caballo negro sin armadura. En su mano derecha ondeaba el blasón con el nombre de la ciudad y una espada atravesándolo. A pesar de que eran casi una veintena los muertos del mástil solo colgaban tres crespones negros, en señal de duelo, como era tradición.

Tras de él aparecieron el resto de caballeros. A la cabeza el comandante Aüless, y justo detrás de él un hombre encapuchado con túnica negra. Aparentaba ser un mago o hechicero. Llevaba la cabeza gacha, posiblemente merced al calor que empezaba a caer sobre la ciudad.

Los caballeros siguieron entrando, humanos y elfos en su mayoría, todos con las grises armaduras brillando bajo el sol. Así el ruido de cascos de los caballos inundó la ciudad durante los casi diez minutos que tardó en entrar toda la comitiva, mientras el populacho los vitoreaba.

Una vez todos hubieron entrado y se hubieron cerrado las puertas, el comandante Aüless desenvainó su espada y la levantó a la vista de todos. Entonces la ciudad se sumió en silencio. Los bardos pararon de tocar y cantar, los niños dejaron de jugar y todo el que andaba haciendo algo por los alrededores cesó su actividad.

Así fue durante poco más de un minuto, hasta que la espada del comandante bajó. Luego cada cual siguió su camino. Unos siguieron vitoreando y animando, y otros volvieron a sus quehaceres. Algunas mujeres echaron a llorar al descubrir que eran sus hijos los que iban en la carreta de los muertos.

Al mediodía la vida de la ciudad había vuelto a la normalidad, los caballos a sus establos y los soldados, al menos los más afortunados, a sus hogares. Otros tuvieron que quedarse a limpiar y acomodar a los caballos y a sus armaduras.

Aüless y sus oficiales se reunieron en el edificio de la alta comandancia. Eran nueve en total, Aüless el elfo, como responsable del ejercito de la ciudad. Además había tres subcomandantes, elfos también, y cuatro guerreros. La novena persona era otro elfo de aspecto famélico, de dedos largos y piel blanquecina. Oculto bajo su túnica negra asistía a la reunión atendía a la reunión sentado en una esquina de la sala, apartado de la mesa central.

Antes de que la reunión empezara entró un sirviente en la sala con una bandeja repleta de vasos y una botella de vino y sirvió a los miembros de la mesa. A todos menos al mago, que declinó la invitación con un leve gesto de mano.
Antes de marcharse el sirviente extendió su brazo al comandante Aüless para entregarle un sobre lacrado. El elfo lo abrió cuidadosamente con la daga que guardaba en su cinturón y en silencio comenzó a leerla. Al poco hizo un gesto para invitar a los que aún estaban de pie a que se sentaran.
Desde la cabecera de la mesa empezó a hablar:

- Señores – comenzó, dirigiendo una mirada recelosa al apartado mago - bienvenidos otra vez a casa. Antes que nada debo felicitarle por la victoria, – prosiguió Aüless mirando al resto de la mesa - a pesar de todo lo ocurrido es una victoria y hay que honrar a los que lucharon en ella. Así que nadie desagravie la vida de los caídos.

 



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