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Las Cuatro Historias: Una búsqueda (XIX)


Relatos de Fantasía

21-08-2003 04:57
Por: Valente

Ana y Pedro dialogan sobre el mundo y algunos de los problemas con los que se van a enfrentar.

Mientras tanto, presento a Calim y Luen, dos sílices que nos acompañarán en el futuro. ;) Ya me diréis si os han caído bien.

XXVI

Ana grabó las iniciales de su nombre completo “A.P.F”: Ana Pérez Farguell, sobre una pared, esperando que si sus amigos se encontraban con aquellas marcas supieran entender que había pasado por allí. Tardó unos minutos en pensar una manera de indicar la dirección para que sólo fuera entendida por sus amigos hasta que finalmente dio con un método que podría servir.

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“Entre San Fernando y Santa Bárbara yo elijo a Santa Bárbara” Escribió, con algunas dificultades, ya que estaba usando como tiza una roca demasiado dura. Pretendía que, con aquellas palabras, sus compañeros supieran que se dirigía al punto más alto de aquel valle. San Fernando y Santa Bárbara eran los dos castillos que custodiaban Alicante, la ciudad de residencia de los cuatro. De ellos, Santa Bárbara era el que estaba situado a mayor altura. Ana había visto que había dos elevaciones que destacaban en el Gran Valle y una era sensiblemente más alta y pensaba dirigirse hacia ella. Supuso que sus amigos, que llevaban ya varios días en aquel mundo,y en el caso de que se encontraran con aquellas inscripciones, podrían adivinar sin muchos problemas lo que pretendía decirles.

Pedro, a su lado, recuperado en parte del trance casi iluminado en el que había estado sumido, observaba sus pasos con el ceño fruncido, como si dudase de la efectividad de las medidas que estaba tomando la mujer.
-No sé… ¿Crees realmente qué lo entenderán?
-Sí, estoy segura –contestó Ana, observando su obra a unos cuantos pasos de distancia- mis amigos son gente inteligente.
-Ya, ellos pueden serlo, pero tú precisamente... –contestó Pedro, llevándose una mano a la barbilla, forzando más el gesto de incredulidad lo que le valió que Ana le propinará un pequeño puntapié en el trasero.
-¡Maldito canijo cara de piedra! ¡Si no fuera porque me haría daño, te pegaría más fuerte! –rió Ana, que echó un último vistazo a la inscripción y después al lugar donde pensaba dirigirse- ¡Vamos, todavía nos queda mucho camino por delante! –Se llevó la mano a uno de los bolsillos de su roto pantalón y sacó una de aquellas piedras quebradizas y grises que se disolvían en la boca y que Pedro le había indicado que le proporcionarían sustento y la tragó sin demasiadas contemplaciones, intentando no demostrar la desagradable sensación que le causaba masticar aquella roca arenosa. Finalmente, se atusó la desteñida camiseta que llevaba puesta desde que abandonó su mundo y en la que sólo se podía leer, oculto en parte por la mugrienta capa de suciedad, un ocho azul claro en relieve sobre un fondo otrora azul oscuro.

Comenzaron a caminar, charlando animadamente. La mujer sabía que aquellas conversaciones los mantenían alejados de las preocupaciones y gracias a ello conseguían que su camino fuera más agradable. Hacía dos días que habían logrado escapar del hogar de los pétreos y aunque en un principio Pedro se había mantenido distante y aturdido, poco a poco había ido recuperando su habitual y pícaro carácter. Incluso así tenía momentos en los que se abstraía y parecía volver a recaer, pero Ana acabó por entender que fuera lo que fuera que hubiese vivido su amigo durante la huida, lo había afectado de manera profunda y sincera.

Por el momento, no había rastro de posibles perseguidores, pero Pedro estaba seguro de que estarían buscándolos. “Los sílices son como jodidas sanguijuelas” No paraba de repetir cada vez que salía el tema en la conversación, mientras echaba algún vistazo sobre su hombro, como si de repente temiera encontrárselos justo detrás suyo. Ana había intentado buscar pistas que le llevasen a pensar que estaban siendo seguidos, pero no encontró nada. Sabía que carecía de cualquier habilidad para esconder su rastro y más en aquellos parajes en los que las huellas quedaban claramente marcadas sobre la capa de polvo y cenizas. La única posibilidad consistía en que pasara el suficiente tiempo y que la gris llovizna ocultara su rastro. Sin embargo, desconfiaba de que esto ocurriera tal y como deseaba y se limitaba a dar rodeos, tratando de mezclar en algunas zonas la dirección de sus pasos.

También durante aquellos dos días Pedro le había contado extensamente lo que significaba la Roca Madre para los pétreos, indicándole que aquella entidad parecía ser la unión de todas las conciencias de sus hijos y, al mismo tiempo, una fuerza misteriosa que los guiaba en silencio, de maneras que, hasta el momento, nunca habían parecido responder a la lógica.
-¿Cómo sabíais que existía? –preguntó Ana en uno de los relatos de Pedro, con curiosidad- Nosotros, los seres humanos también creemos en entidades divinas, pero no podemos demostrar su existencia de ninguna forma –la joven se quedó unos instantes en silencio, observando el lento deambular de las omnipresentes nubes grises que recorrían lentamente el cielo, hacia la cenicienta y ominosa imagen de la cascada en el horizonte- hasta, tal vez, ahora –murmuró.
-Es como un rumor que siempre hormiguea en nuestra conciencia. Nos sentimos parte de ella y podemos casi sentir a cualquiera de nuestros hermanos. Está a nuestro alrededor ¿comprendes? Cambia el lugar donde vivimos, nos ayuda y a veces nos riñe… -Pedro lo explicaba todo con un brillo intenso en sus ojos completamente azules, sin poder borrar de su expresión cercana a la idolatría- Formamos parte de Ella, pero al mismo tiempo Ella está en todos nosotros.

Ana escuchó la explicación y se sorprendió a sí misma cuando se dio cuenta de que trataba de buscar en su interior aquella voz de la que hablaba su amigo. Aquel era un lugar extraño, donde cosas a las que ella siempre había dado mucha importancia parecían pequeñas y estúpidas y, mientras tanto, otras, a las que apenas había prestado atención, adquirían una nueva dimensión. En aquellos momentos se sentía como la hoja caída de un árbol, que era arrastrada por un soplo de viento de un lado a otro, sin posibilidad de poder elegir libremente su camino.

Pedro, a su lado, la miraba, atento a sus pensamientos, como si pudiera leerlos con sus grandes ojos. Lo miró y le lanzó una sonrisa.
-¿Qué miras? –Le preguntó Ana, echándose sus largos y oscuros rizos hacia atrás, para que no le taparan la cara.
-¿Todos los de tu especie tenéis esas cosas delante? –Dijo el pétreo, señalando el pecho de la mujer, del que se podía entrever el sujetador entre los agujeros de la camiseta.
-Pero… ¡Serás! –Ana adoptó un gesto de falsa indignación- si tuviera la espada, serías más respetuoso, baboso reprimid… -Ana, riéndose, elevó el brazo, simulando que llevaba el arma en la mano y cuando la bajó, para su sorpresa, apareció la empuñadura entre sus dedos y la hoja metálica rasgando el aire, que centelleó con alegría, como si estuviera satisfecha de volver a sus manos. Tan asombrada estaba la mujer que casi golpeó a Pedro, que tuvo que apartarse con un reniego del camino de la estocada.

 

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