Preludio a la tempestad |
|
27-08-2003 01:25
Por: Telcar
|
|
 |
|
Las agitadas tribus guerreras de rubios gigantes de blanca piel invaden las tierras del reino, muy a pesar de algunos para quienes la soldada no compensa tantas penurias.
20 Km al Norte de la ciudad-fortaleza de Thromgar. 26 de Octubre del año 603 de la II Era.
Ruel se agitó incómodo en su insuficiente refugio. Las resecas hojas de otoño que alfombraban el suelo crepitaron a cada movimiento.
- ¡Sshhhh, para quieto idiota! – el susurro ronco de Usran sobresaltó a Ruel, que se inmovilizó de inmediato.
- ¡Nos vas a descubrir si no dejas de moverte y hacer ruido como un puerco!
Un ligero atisbo de luz en el borde oriental de la hondonada delataba el cercano amanecer. En la pequeña depresión de terreno se apiñaban los doce soldados del escuadrón. Esperaban.
Ruel se encontró pensando otra vez en su cálida casa y su mullida cama. No pudo evitar que un suave silbido se filtrase a través de su irregular dentadura, con lo que se ganó un seco codazo de Usran.
“Dios, dios, dios”, pensó con amargas palabras, “voy a acabar mis días pasando frío y soportando a éste bellaco que no para de soltarme manotazos. ¿Quién me mandaba enrolarme en la milicia justo ahora, con esos locos rubios norteños más invasores que nunca?”.
En un patético arrebato de rabia infantil escupió el trozo de corteza que llevaba un buen rato masticando. Por lo visto alcanzó a Usran, pues éste rodó sobre él gruñendo y le susurró al oído, - qué te pasa ¿eh?, estás nervioso, claro, o tal vez impaciente por patearle los huevos a uno de esos norteños, ¿eh, eh?….-
algo hizo que la voz de Usran se apagase repentinamente. De pronto pareció que ni un solo sonido se escuchase en toda la región. Sin embargo, como flotando en el aire les llegó un rumor lejano de voces.
Nadie de los de la hondonada pronunció palabra ni hizo movimiento alguno. Las voces unas veces parecían acercarse y otras alejarse. Una ligera brisa sopló entonces desde el Este, aunque el aire había permanecido inmóvil toda la noche.
Uno de los hombres se arrastró hasta el borde y oteó. La grave y rasgada voz del sargento sobresaltó a todos:
- Son unos cien, caminando sin orden por la pradera y directos a la trampa -. el azul del cielo se veía más claro ahora, aunque nubes grises moteadas de blanco cabalgaban sobre el sol aún muy bajo. – Un poco más y el cerco estará cerrado -, concluyó el sargento.
“El cerco, el cerco…..mierda de cerco, yo lo único que quiero es largarme de aquí. Nunca he visto combatir a uno de esos bárbaros norteños y ni ganas que tengo”. La mente de Ruel trabajaba más de lo acostumbrado. Las voces de pronto se alzaron en docenas de gritos, feroces y rugientes.
El sargento habló de nuevo, - la banda de ahí abajo ha visto al capitán y su gente que llegan cabalgando desde el sur, como se había convenido - Se volvió hacia los demás, permaneciendo en cuclillas. – Es la hora de pelear, hombres. Venceremos una vez más y no les quedarán ganas de volver - Se levantó, recortándose su figura contra el cielo tenue y azulado. Un desagradable nudo aprisionó el estómago de Ruel. El resto del escuadrón se puso en pié y siguió a su sargento, que ya había comenzado a descender por la ligera pendiente.
Usran tiró del brazo de su reticente compañero, - ¡ Venga hombre, de algo hay que morir! - Ruel clavó la mirada al frente y siguió los pasos de los demás, con una extraña rigidez de piernas.
Los diversos escuadrones de infantería que se mantuvieron ocultos toda la noche se unieron desde tres puntos cardinales, mientras desde el Sur las fuerzas del capitán Sorens cerraban el círculo. Los nórdicos ya se habían dado cuenta de su situación, pero lejos de amilanarse respondían con gritos e insultos a la silenciosa amenaza de los soldados. En el último año, otras tres bandas guerreras de las tribus septentrionales habían pisoteado las tierras del Rey. En cada ocasión los bárbaros fueron aplastados y ahora nada hacía pensar en distinto desenlace. La ligera superioridad numérica y la ventaja táctica, de disciplina y armamento eran más que suficientes.
Durante un tiempo los acorralados guerreros de blanca piel prosiguieron con sus improperios y griterío desbocado. Luego, como impulsados por un resorte invisible se volvieron hacia el Norte de dónde venían y comenzaron a correr a trote ligero. Era ésta una acción desacostumbrada, inquietante a ojos del capitán.
- Tus exploradores se han asegurado de que no hay más enemigos que éstos, ¿no es así, Druach?
El hombre de verdes y pardas vestiduras respondió con presteza.
- Así es, capitán, ni un solo enemigo en los prados y llanuras. Pero recordad lo que dije de los espesos bosques al norte.
El capitán meditó apenas unos instantes. A su señal un jinete a su izquierda se llevó un pequeño corno a los labios y sopló. Un agudo y largo gemido que hizo que la tropa a caballo se precipitase hacia delante, en persecución de los invasores ya próximos al extremo septentrional del cerco en dónde los soldados se afanaban en asentar una posición defensiva ventajosa. Las primeras flechas surcaron los aires y algunos enemigos cayeron.
Mientras cabalgaba al frente, el capitán se volvió y le gritó a su acompañante de verde, el jefe de exploradores.
– ¡ Si había refuerzos enemigos en esos bosques, cuando lleguen ya será tarde para éstos que corren!
El atronador ruido de cascos hacía difícil conversar, pero aún así Druach respondió, pues un oscuro presentimiento se abría camino en su mente, - ¡El enemigo llegará a tiempo si tienen caballos y partieron poco después de que mis exploradores regresaran, permaneciendo ocultos hasta entonces! -.
Parecía que Sorens no le había escuchado, pero antes de enfrascarse en la batalla Druach aún creyó oír como su capitán afirmaba la imposibilidad de coordinar un ataque semejante. Desde luego, los bárbaros nunca se habían comportado como estrategas en la guerra, pensó el hábil jefe de exploradores mientras disparaba con gran destreza, sin disminuir la velocidad de su caballo, una flecha certera que derribaba a uno de los hombres del norte.
|
 |
| |
|
|
|
|
 |
|