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-Bien, príncipe Fleck –dijo el Mago con suavidad-, ¿dónde habéis estado anoche, entre las 23:00 y las 12:00?
Fleck se quedó mirando boquiabierto el rostro barbudo del anciano. Parecía estar sorprendido, pero en realidad ya se esperaba esa pregunta. El malvado príncipe sonrió para sus adentros y torció la cabeza, simulando estar incrédulo.
-¿En serio crees que lo hice yo? –gimió- ¿Cómo puedes hacerlo?
“No”, pensó Astral, “no creo que lo hayas hecho tú, no tienes el suficiente valor. Esto es más bien obra de Zelius”.
-Por favor, contestad a la pregunta –insistió el Mago-. Esto es serio.
Fleck apartó la vista del hechicero y miró el tazón de vino caliente que estaba tomando. Miró de nuevo al Mago, desafiante.
-Estuve aquí –dijo-, con Zelius. Toda la noche, desde las diez. Hay testigos de que así fue.
Astral miró al príncipe, resignado. Era lógico que tuviera una coartada. Echó un vistazo al tabernero, quien miraba la escena boquiabierto.
-¡Es cierto! –dijo el tabernero, tras unos momentos de silencio-. Estuvo aquí con algunos miembros de la Guardia Real. Se sentaron junto a Gelian, pero ninguno abandonó el local hasta las dos.
El Mago carraspeó y estudió el rostro de Fleck. Era una buena coartada, desde luego, pero algo le decía que no debía fiarse de la sucia y mentirosa lengua del malvado príncipe. El Capitán de la Guardia Real apoyó su mano sobre el hombre de Astral y le dijo:
-¡Venga! Podemos investigar al cocinero real. Quizá sepa algo.
-No –murmuró el hechicero-. No es posible que ese hombre hubiera tenido acceso al Veneno de Fuego y, además, ¿qué motivos tendría para acabar con la vida del rey? No, amigo mío. Es el turno de interrogar al príncipe Elvián.
El príncipe Elvián había recibido con anterioridad la noticia de la muerte de su padre, y una tristeza inmensa se había apoderado de él, mezclándose con los sollozos que amargaban su torturada alma. Cuando Astral y el Capitán de la Guardia Real fueron a visitarle, el heredero al trono ya se había tranquilizado un poco y les abrió las puertas de sus aposentos a ambos hombres.
El viejo Mago se acomodó en uno de los amplios sillones que había distribuidos por la sala. El Capitán prefirió quedarse de pie, muy cerca de la puerta, mirando con intensidad al joven príncipe. Tras mirar con brevedad al infante, el hechicero dijo:
-Bien. Creo que no lo sabes todo. No hemos venido sólo a darte el pésame, mi querido amigo.
-¿Qué? –exclamó Elvián, moviéndose incómodo en el sillón que ocupaba-, ¿a qué te refieres?
-Tu padre ha sido asesinado –dijo Astral, mirando al joven directamente a los ojos-, y, créeme, me duele decirte que todas las sospechas recaen sobre ti, mi estimado Elvián.
De pronto, el rostro de Elvián enrojeció de cólera. Se irguió de un salto del sillón que ocupaba y fue corriendo hacia su espada, que estaba colgada junto a su cama. Alargó el brazo derecho hacia el arma, dispuesto a utilizarla.
-¡Esta me la pagan! –gritó el joven príncipe, entre sollozoso y furioso-. ¡Ese maldito hermano mío y su asqueroso consejero han matado a mi padre! ¡Se van a acordar de mi!
Astral alcanzó al muchacho con asombrosa rapidez y le agarró por los hombros con firmeza, obligándole a volverse hacia él.
-Ya los hemos investigado –gruñó el Mago-, y tienen una coartada demasiado buena. Ahora, ¡cálmate un poco y suelta esa espada si no quieres más problemas! –el joven obedeció al anciano y sollozó sobre su hombro-. Está bien, suéltalo todo.
-¿Y qué pasará ahora? –lloró Elvián, dejándose caer sobre su cama.
El Capitán de la Guardia Real se acercó un poco para poder ser escuchado. Su voz sonó clara y serena.
-Eso puedo responderlo yo –dijo-. Príncipe Elvián, quedáis arrestado por el asesinato de vuestro padre, el rey Brath I. En espera a vuestro juicio, que se celebrará en breve, seréis encerrado en lo alto de la Torre Blanca.
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