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Relato del último caso de Jack McNamara, por el periodista Wilbur Ramsey.
Al llegar a la casa, el agente que me hizo el alto puso la cara habitual al ver mi identificación de prensa. Le faltaba morder. Jack hablaba con el inspector O’Really y me acerqué a ellos. “Rock” estaba apoyado sobre su coche, con su inteligente expresión habitual. “Hmm” fue su saludo. Parecía que ya estaban terminando, porque ya arrancaban algunos coches. Cuando Jack terminó con el inspector me informó de lo sucedido: uno de los obreros de la cuadrilla de limpieza había muerto. Al parecer una escalera se había derrumbado. Los compañeros del obrero sin embargo sostenían que la escalera había saltado hacia arriba como si “algo” la hubiera golpeado desde abajo. Naturalmente eso era imposible. Además, según Jack, el cadáver tenía un gran destrozo: demasiado para una caída de tan pocos metros. Los coches que se iban eran el del juez y el del forense. La policía no había investigado apenas la casa: habían entrado, visto el agujero, tomado las notas pertinentes y se habían llevado el fiambre. El lunes vendrían los peritos para determinar el estado de la estructura. Una cinta amarilla prohibía ahora el paso. Había que abandonar el lugar, pero me daba en la nariz que Jack no quería irse...
“Rock” iba en el coche de delante, con Jack. Yo iba detrás en el mío. La policía había quedado en la mansión terminando de recoger. Cuando vi el coche de “Rock” apagar las luces y aparcar fuera del camino me dije: “ya empieza la fiesta”. Y no me equivoqué. Los coches de la policía pasaron a los diez minutos. Esperamos un poco y dimos la vuelta con los coches, aparcando a distancia prudencial de la mansión. Sacamos las linternas. Yo además llevaba la cámara colgada al cuello y mi revólver. Jack tenía su inseparable pistola semiautomática Colt 1911 calibre 45. “Rock”... bueno, “Rock” se tenía a si mismo.
Nos acercamos a la mansión y comprobamos que no había nadie vigilando en los alrededores. Pasamos bajo la cinta del perímetro policial y llegamos junto a la puerta principal. Jack abrió con una llave que sacó de su bolsillo. Le miré de reojo sin llegar a preguntarle de dónde la había sacado. Jack me sonrió y se encogió de hombros. Los de la inmobiliaria debían ser amigos suyos. O quizá de los dólares que les había pagado por una copia de la llave mientras duraba la investigación.
Jack decidió que sería mejor no separarse, de lo que estuve inmediatamente de acuerdo. El interior de la casa en la oscuridad de la noche resultaba tétrico. El efecto de negrura fuera del haz de las linternas daba más miedo que tranquilidad el área iluminada. Nos acercamos a la escalera del suceso de inmediato, ya que dominaba todo el hall de entrada. El agujero era inmenso. No hacía mucha falta ser arquitecto para darse cuenta que efectivamente había roto hacia fuera. Totalmente antinatural. Sobrenatural, estaría pensando Jack.
-¿Una explosión de gas?. –masculló “Rock” en la oscuridad–.
Nadie contestó. Jack meneaba negativamente la cabeza, mientras se acercaba despacio sin dejar de apuntar al boquete con su linterna. Estaba empezando a excitarse, a recibir adrenalina. No, no ha sido una explosión.
-Fijaos. –dijo Jack al fin–.
Señalaba con su linterna al duodécimo escalón de la escalera. Tres escalones por encima de donde empezaba el boquete. De cerca, podían verse unas extrañas juntas. Bisagras.
-Todo el tramo de escalera es una puerta secreta. –Jack empezaba a emocionarse– Hay que buscar un resorte.
Jack estaba pletórico. Sus ojos brillaban llenos de excitación. Y debo admitir que nos la contagiaba. ¿Acaso no era todo un hallazgo?. ¿Qué secretos guardaría la centenaria mansión tras la misteriosa escalera?
“Rock” propuso desescombrar el boquete y pasar por ahí al otro lado, pero Jack y yo nos negamos. Yo simplemente porque no quería sudar y mancharme la ropa. Jack porque quería (necesitaba) encontrar el resorte y ver abrirse ese pasadizo secreto después de quién sabe cuántos años de permanecer cerrado. Así que “Rock” subió a regañadientes a la parte de arriba de la escalera, sorteando el boquete con cuidado y sin dejar de apuntar con la linterna tratando de ver qué había detrás. Jack examinaba un lateral de la escalera y yo el otro. Entonces lo oímos.
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