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El Demonio Rojo (11)


Relatos de Fantasía

16-08-2004 14:46
Por: Gandalf_Mithrandir

Lance y sus compañeros inician su viaje hacia el Bosque Gris. En el camino tienen problemas en un bosque.

Capítulo 11: El bosque de los Trolls


relato, fantasía, demonio
Lance y compañía recorrieron juntos el Camino del Norte a través de muchas millas. No tenían tiempo que perder, así que sólo se detenían para comer y para dormir. Por fortuna, no tuvieron muchos percances con el Demonio Rojo ni dificultades en el camino, con lo que avanzaban con bastante rapidez. Atrás había quedado la inquietud por el enorme poder que debería de poseer Zork, cuyo doble, muy inferior a él, los habría destruido a todos ellos, de no haber sido por el Maestro Lung. Ahora, la esperanza se encontraba en el norte, en el Bosque Gris. El único problema era que se encontraban muy lejos de su destino, y ninguno de ellos sabía montar a caballo. Le habían pedido a Leonel que les transportase al Templo de la Gran Bestia. Desgraciadamente, este poder era bastante limitado y sólo podía materializarse en lugares que conociese, entre ellos el castillo del Demonio Rojo.

Llegaron al atardecer a un espeso bosque. A ninguno de los miembros de la compañía le agradaba el bosque. No obstante, era evidente que antes del día siguiente no llegarían a salir de la floresta. Tan grande era que Lung decidió que esa noche acamparían en un claro del boscaje. Tardaron bastante en encontrar un lugar decente donde poder dormir y no lo consiguieron hasta bien adentrada la noche. Como siempre, Leonel se encargó de hacer un buen fuego y se dispusieron a dormir. Como ninguno de ellos tenía sueño, le pidieron al Maestro Lung que contase alguna historia de los Primeros Días. Lung sonrió y les concedió la petición. Después de mucho pensar, el Maestro escogió una historia que había vivido personalmente y que había resultado vital en la historia de la Tierra, la Batalla de los fosos de Rondor, cuando el malvado Rey Dragón por fin había sido derrotado y encerrado en la Otra Dimensión.

-Ya ha pasado mucho tiempo de esto –dijo Lung-. Estos son hechos que viví personalmente. Escuchad con atención.

“La oscuridad cubría por completo el tenebroso país de Rondor. Una multitud de guerreros procedentes de todos los reinos existentes en el continente de Nortia avanzaba inexorablemente, liderados por los cinco grandes Maestros, yo entre ellos. El Rey Dragón los esperaba tranquilo, consciente de que el poder de todos ellos jamás podría provocarle un sólo rasguño. Pero yo, en mi condición de más poderoso entre todos los Maestros y encargado del Templo de Zorbom, tenía la clave para deshacernos de él para siempre. En mi mano izquierda, portaba una enigmática joya y, en la derecha, llevaba el Cuerno de los Muertos, regalo del propio Zorbom. Cuando se enteró de todo esto, el Rey Dragón enfureció y mandó a sus súbditos a que atacasen al grupo. Una multitud de dragones emergió del castillo del monstruoso monarca y se abalanzó sobre el ejército invasor, pero se lanzaron a su encuentro los dragones que no obedecían las órdenes del Rey Dragón. Habéis de saber que no todos los dragones son malignos, del mismo modo que ni todos los orcos ni todos los trolls trabajan para el mal. En la legión destacaban tres héroes de diferentes razas, un enano (Thrin), un elfo (Taro) y un hombre (Elmer). Taro, sin mediar palabra, extrajo una flecha de Mithril de su carcaj y la puso sobre su arco. Eran flechas y armas fabricadas expresamente para la ocasión. Ya sabéis que no es fácil derrotar con una flecha a un dragón. Por eso las hacían de Mithril. Ni siquiera los dragones pueden aguantar este metal.


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“Los dragones alcanzaron al grupo en los horribles fosos de Rondor, donde el calor de sus fuegos fortalecía a los gigantescos reptiles voladores, a pesar de que los dragones del bien intentaban detener a los malignos. De repente, una flecha silbó en el aire y atravesó la garganta de uno de los monstruos, provocando un pequeño temblor de tierra al caer sobre el suelo. La flecha era de Taro, por supuesto, y en seguida se lanzó de nuevo al ataque. Thrin y Elmer fueron a ayudar a su amigo y a hacer retroceder al ejército de reptiles, siempre ayudados por los dragones del bien y por los Maestros, porque yo tenía que soplar el cuerno ante el Rey Dragón en persona.

”La batalla fue muy larga, y muchos valerosos guerreros murieron, entre ellos Thrin y Elmer. Los Maestros también usaban sus impresionantes poderes mágicos para enfrentarse a los dragones.

“Al final llegamos al aterrador castillo, donde nos hizo frente el propio Rey Dragón, que impedía por todos los medios que yo llegase a soplar el cuerno. Pero los insistentes ataques de Taro llegaron a enfurecer de tal manera al monstruo que por un momento se olvidó por completo de mí.

“El Rey Dragón acabó por atrapar al heroico elfo y matarle, pero había sido demasiado tarde, porque al final conseguí llevarme el Cuerno de los Muertos a los labios y soplar. Un resplandor blanco nos rodeó a todos y algo tiró del monstruo. Una puerta hacia alguna dimensión llegó a abrirse y absorbió sin remedio al Rey Dragón. Una vez cerrada, me acerqué a la puerta y coloqué sobre ella la joya que llevaba en la mano izquierda. Inmediatamente la joya quedó adherida a la rocosa superficie. Esa joya mantendría cerrada la puerta. El Rey Dragón ya no podría escapar.”

Todos estuvieron satisfechos con la historia y se dispusieron para dormir. De repente, Lance se dio cuenta de que había muy poca leña y que hacía mucho frío. Leonel se ofreció a ir en busca de leña mientras los otros dormían, pero el joven guerrero no estaba de acuerdo.

-¿Quién se quedará entonces vigilando? –inquirió.

-Bueno –respondió Leonel-. Puede quedarse cualquiera de vosotros.

-Se ve que no usas mucho el coco –dijo Lance-. Ninguno de nosotros te puede igualar en cuanto a agudeza visual. Te quedarás tú vigilando. Yo me encargaré de la leña.

Leonel se encogió de hombros.

-Bien –dijo-, ve tú pues.

Lance se levantó y colocó la funda con la espada en el cinturón. Les prometió a los demás que volvería pronto y se alejó inmediatamente llevándose una buena antorcha improvisada para la oscuridad.

El bosque de noche no era muy tranquilizador. El joven guerrero podía oír los aullidos de los lobos y los murmullos de los búhos. El cri-cri de los grillos le llenaba el cerebro de forma rayante. Con la espada empezó a cortar ramas grandes y pequeñas que sirvieran para reanimar el fuego. Algunos de estos troncos los usaba para fabricar otra antorcha cuando la que llevaba estaba a punto de consumirse. Pasados tres cuartos de hora, Lance decidió volver, pero, de repente, descubrió un brillo lejano en un claro del bosque. El joven guerrero se acercó un poco más y vio que la luz temblaba a intervalos irregulares. En ese claro del bosque había una fogata, no estaban solos en la floresta. Lance se acercó al lugar y miró, escondido tras un árbol, la escena. Allí abajo había un grupo de trolls que discutían acaloradamente sobre algún tema sobre el que Lance no sabía nada, por lo que se acercó un poco más para entender algo. Llegó a contar hasta cuatro trolls, altos y robustos. El joven guerrero aguzó el oído y miró con pavor la escena. Todavía no sabía de qué bando eran los trolls.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   No veo la desesperación por ningún lado
16-08-2004 15:26
Una nueva entrega de esta saga en la que nos acercamos hacia el final sin pena ni gloria. La redacción sigue en su línea, aunque esta vez no consigues transmitir tanto como en otras ocasiones.

La batalla con los trolls resulta un poco absurda. Dices continuamente que la situación es desesperada, pero cada vez que se traban en combate, cae un troll sin el menor esfuerzo.

Sin embargo, se lee muy bien y no se hace pesado. Sigo echando de menos, no obstante, el humor de las primeras entregas.

   RE: No veo la desesperación por ningún lado
17-08-2004 11:10
Éste es un capítulo que escribí demasiado de prisa. En cuanto al tema del humor, ya no va a haber mucho, pero voy a aumentar las dosis humorísticas en la siguiente novela de Lance, "El Señor de la Oscuridad". Gracias por opinar, un saludo.




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