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Lerac, crónicas de un reino (I)


Relatos de Fantasía

14-07-2006 10:20
Por: Pabeu

El principio de la historia de un reino, y la lucha de dos muchachos por conservarlo.

Arthock dio media vuelta y comenzó su vigésimo recorrido del pasillo débilmente iluminado por las antorchas que había a cada extremo del corredor y a ambos lados de la única puerta. Echó una mirada a Kentor, que estaba sentado en el banco de enfrente de la puerta con la mirada fija en el suelo. Éste se la devolvió con un fugaz vistazo, suficiente para que Arthock descubriera el nerviosismo -que se podía palpar en el aire- de su compañero antes de que éste bajara de nuevo la cabeza. Arthock sonrió débilmente e inició otro recorrido. Cada paso que daba resonaba mil veces en su cabeza, le parecía interminable y le hundía en un nerviosismo en estado puro que le revolvía el estómago. Entonces llegaron el milagroso y esperado chasquido de la puerta y la cara de la enfermera asomándose, entonando las gloriosas palabras que Arthock y Kentor aguardaban con el corazón en un puño.

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-Señores, ya están aquí -dijeron los labios de la enfermera- son un niño y una niña.

Arthock dio media vuelta y, en ese momento, pensó que daba igual el porte que tendría que tener un rey y echó a correr (al fin y al cabo, sólo le vería la enfermera). Sin embargo, se vio alcanzado por Kentor y entraron, inexplicablemente, los dos a la vez por la angosta puerta.

La habitación no era muy espaciosa. El mobiliario se limitaba a una mesa con un cuenco con agua y varios trapos dentro y una cama con colchón de paja. Allí estaban Earesa y Agma, las respectivas esposas de Arthock y Kentor. Durante unos segundos, a Kentor se le cayó el alma a los pies y el corazón se le volvió a quedar del tamaño de una piedra. Su mujer estaba inconsciente, tumbada en la cama, con la mano de Earesa entre las suyas. El pelo moreno y rizado le tapaba media cara, empapada por el sudor. Miró a Arthock, que tenía la boca abierta de pánico al contemplar el similar estado de Earesa.

-No tenéis que preocuparos. Es un simple desmayo. Ha sido un parto duro, y necesitan descansar -dijo la melodiosa voz de la enfermera a sus espaldas.

Otra enfermera vino de un baño adyacente a la habitación con dos cuerpos envueltos en mantas en los brazos. A los dos hombres se les iluminó el rostro con una sonrisa de oreja a oreja. Entre uno de los mantos surgió una diminuta mano rosada acompañada de un llanto lastimoso de los que nunca han llorado. Kentor se apresuró a coger la niña que le tendió la enfermera. La niña no paraba de sonreír. El bebé que tenía Arthock en los brazos era un niño.

-Lo llamaré Alphonse -dijo el rey al aire.

-Se llamará Hans -dijo la tenue voz de Earesa desde la cama, observando a su hijo.

-Está bien -dijo Arthock, demasiado entusiasmado o quizás distraído para discutir con su esposa.

Kentor le tendió la niña a Agma.

-¿Cómo la llamaremos? –susurró.

-¿Qué tal Nadia? -sugirió la enfermera.- Sólo me pareció que era un buen nombre -se excusó, al ver las extrañadas caras de Kentor y su esposa. No tardó en desaparecer por la puerta, presa de la vergüenza.

-¿Te parece bien Nadia?

-Perfecto -dijo Agma, besando a su esposo.

Ése fue el comienzo de la vida de Hans y Nadia.

Tres meses después.

Arthock paseaba por los pasillos del palacio, nervioso. El eco de la multitud resonaba sordamente por las paredes. Los diferentes mensajes que vociferaban los manifestantes se mezclaban y se hacían ininteligibles desde allí. El rey apoyó la cabeza en la pared. Aquel ataque a un poblado cercano a la costa había puesto furiosa a la mayoría de la población, sobre todo por el ausente ajusticiamiento de los culpables. El Consejo no se atrevía a declarar que ni siquiera se había descubierto a los culpables. Asomó la cabeza por una de las ventanas sin cristales. La multitud se divisaba difuminada, las cabezas y las ropas de la gente se entremezclaban y aparecían como una masa deforme y multicolor. Arthock admiró a los guardias, cuyas armaduras se veían cubiertas de tomates y otros vegetales y, sin embargo, se mantenían impasibles evitando que la enfurecida plebe penetrara en el castillo. Suspiró y volvió a meter la cabeza en el pasillo. Vio doblar la esquina a Kentor con una Nadia de tres meses en brazos.

-Hola Kentor -dijo el rey malhumorado.

-Hola. ¿No te parece que Nadia ha embellecido mientras dormía? -dijo Kentor con una vocecilla infantil, haciéndole todo tipo de niñerías a su hija, que lo miraba extrañada.

-Por favor, hace media hora que se ha dormido.

-Ya lo sé –Kentor cambió de expresión.- Venía para decirte que hay una reunión del consejo dentro de… un minuto.

-¿Dónde?

-Pues en la sala de reuniones del consejo. Yo iré dentro de cinco minutos, tengo que dejar a mi preciosa bonita graciosa Nadia.

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Arthock no llegó a oír las últimas palabras de su compañero: ya había doblado la esquina. A los pocos minutos, y tras torcer por varias esquinas y dar la vuelta, Arthock llegó a la sala de reuniones. Antes de entrar tuvo que respirar hondo un par de veces. Odiaba al Consejo, una manada de viejas hienas esperando cualquier oportunidad para lanzarse sobre otro consejero o sobre el mismo rey y ganar así más poder. Aquella bandada de buitres le ponía de los nervios y detestaba cada reunión con ellos.

Abrió la puerta lentamente, con el estómago revuelto y con unas ingentes ganas de acabar. La sala de reuniones era una estancia ovalada con las paredes cubiertas con cuadros de antiguos reyes y reinas y estanterías llenas de libros de contabilidad y actas de anteriores reuniones. En el centro había una mesa rectangular alrededor de la cual se sentaban los consejeros. Presidiendo la mesa, el sillón más grande y ornamentado se reservaba al rey. Junto a la grande, había otra mesa mucho más pequeña donde se sentaba el encogido y nervioso escriba encargado de transcribir al papel toda la reunión. Se quedó ahí durante unos segundos, respirando sonoramente y pasando la mirada por todos los arrugados por la codicia consejeros, advirtiéndoles con sus ojos que no se iba a dejar pisotear. Los ancianos saludaron cortés aunque silenciosamente desde sus sillones de cuero rojo.

“Falsos hipócritas charlatanes” pensó Arthock. Caminó pisando fuerte hasta su asiento y se sentó parsimoniosamente. A su derecha estaba el asiento vacío de Kentor y a su izquierda se hallaba el Consejero Principal y mago, Altin. Era el que más mala espina le daba a Arthock. Su pelo, suficientemente largo como para cubrirle la mitad del cuello, era lacio y de un tono rojizo, y su cara joven pero inquietante. Sus ojos eran su más resaltada característica física. Eran verdes y perfectos, parecían irreales. Aunque su mirada aparentara ser calmada e inocente, Arthock tenía la sensación de que lo observaba todo incesantemente y que era imposible que un detalle le pasara desapercibido.

-Bien -Kroden, un anciano sabio venido a menos por culpa de la edad, carraspeó.-Empecemos. El primer punto es el reciente ataque a Kar, el poblado que…

-Si ya nos sabemos esa parte, al grano -intervino un irritable anciano cuyo nombre Arthock nunca conseguía recordar.

-¿Se sabe algo sobre los culpables? -preguntó el rey.

-Bueno, pues… -Kroden se vio interrumpido por la entrada de Kentor, que se deslizó de puntillas hasta su asiento a la derecha del rey -pues hay algunos testigos que aseguran haber visto a un numeroso grupo de klockianos…

-¿Te fías de la veracidad de esos testimonios? -dijo el anciano irritable.- Seguramente serán una panda de dementes que viven en una choza destartalada en medio del bosque.

-Sin embargo -intervino Kentor- podría ser verosímil. Todos conocemos el historial de relaciones con Klock. Es bien sabido que han intentado invadirnos varias veces. ¿Por qué no iba ser ésta otra?

-Pero, ¿por qué no hemos recibido noticias de los guardianes de la costa? Es imposible que no hayan podido avisarnos -argumentó Arthock.

-Eso es otra cosa.

-Pero, en el caso de que fuera Klock, ¿qué podríamos hacer? -dijo otro consejero de aspecto cansada y una barba blanca y cuadrada.

Se oyó el frotar de la ropa contra el cuero cuando los veinte integrantes del consejo se giraron para mirar al rey, esperando a que vacilara como una bandada de buitres alrededor de una cebra moribunda. Pero el rey no vaciló.

-Esta claro que no podemos acusar a Klock así como así. Enviaremos una unidad de soldados a las Murallas Marinas para inspeccionarla, y otras tres por toda la zona atacada en la busca y captura de los culpables -dijo con la más absoluta decisión. Tomó aire y pasó una dura mirada por toda la mesa.- Quiero enterarme hasta del más mínimo detalle de la investigación, y sólo cuando se acabe podremos acusar a Klock. En el caso de que hayan sido ellos -añadió.- Pasemos al siguiente punto.

Kroden carraspeó, y echó un vistazo a los documentos que tenía enfrente.

-Tenemos que hablar de los presupuestos de...

Dos largas y angustiosas horas duró el consejo. Cuando Kroden dio por terminado el último punto, todos los consejeros se apresuraron a salir de la sala. Cuando Arthock y Kentor habían doblado la esquina opuesta a la que habían doblado el resto del consejo, una voz llamó al rey. Era Altin. Arthock se dio la vuelta con parsimonia, preguntándose con qué problema podría culminar aquella horrible mañana.

-¿Qué desea? -dijo el rey, esgrimiendo una muy forzada sonrisa.

-Majestad, está claro que si el culpable es en verdad Klock, sólo puede haber una razón para que estén aquí.

-¿Adónde quieres llegar? -dijo Arthock. Lo que más nervioso le ponía del consejero eran sus continuos rodeos.

-Que su principal objetivo es derrocar al rey. Me refiero a ti.

-¿Me lo juras? -respondió Arthock en un tono cansado pero sin falta de cierto sarcasmo.- ¿Y qué proponéis? A mí me gusta la idea de repeler el ataque heroicamente junto a mis valerosos soldados. Y a mi parecer es un tanto factible -añadió.- Pero adelante, ¿qué proponéis vos? -ofreció, haciendo ademanes con las dos manos.

-Majestad -dijo con un tono perceptiblemente irritado- mi plan es idear un plan de fuga para usted y su familia… -miró a Kentor significativamente. Nunca le había caído muy bien- y acompañantes

-¿Y en que consistiría esa fuga? -intervino Kentor.

-Oh, simplemente salir por alguno de los pasadizos que lleven a la parte trasera del castillo.

-Brillante -dijo Kentor, arqueando las cejas.

-Nos lo pensaremos -respondió Arthock, obligando a su compañero a dar la vuelta cuando éste había abierto la boca. Tiró de él y desaparecieron por el pasillo, deseando fervientemente salir del campo de visión de aquella mirada.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
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   Fantasía
13-09-2006 01:03
Esta bastante bien pero creo que si ha tenido un pato duro que al menos se debería ver aunque sea al menos un reflejo de los gritos de dolor del parto y así le das un poco de emoción, además dudo de que un niño nazca sin llorar.

   Clásico pero entretenido
14-07-2006 10:25
Me ha gustado este comienzo de historia. Aunque aún es demasiado pronto para saber por dónde irá, has introducido ya los suficientes elementos para interesarnos. Buen trabajo.

Como cosas a mejorar te señalaría el tema del vocabulario. Es importante que lo ajustes un poco más: en la edad media no hay enfermeras en los partos, sino comadronas, por ejemplo.

En cuanto al tratamiento al rey, tienes que tenerlo más presente. Se le debería dar el vos y deberías ver qué relaciones tiene la gente con él y por qué. ¿Qué poder tienen los consejeros sobre él? ¿Quién es el amigo? ¿Familia? ¿Alguien que le salvó la vida? Piensa que la sociedad de tu mundo no debería ser como la sociedad actual.

En cualquier caso, espero impaciente la siguiente entrega. Un saludo

   Promete
14-07-2006 14:04
Bueno el relato me ha gustado. sobre todo la primera parte, la escena del parto está conseguida, sin embargo se me ha echo un poco pesada la parte de la reunión, pero me va gustando. Habrá que ver las próximas entregas, pero esto promete.

Un saludo

   RE: Promete
14-07-2006 20:35
Muchas gracias por tu opinión, la verdad es que no estaba muy seguro de si sería suficientemente bueno.

En lo referente a lo de la reunión, la hago pesada para intentar que el lector se convenza de que el rey tiene razón al odiar al consejo.

Gracias de nuevo, enseguida pondré la siguiente entrega...espero.




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