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Segunda entrega de esta novela épica que espero que siga gustando. La amenaza klockiana se cierne ya sobre la capital, y las esperanzas van desapareciendo para la familia real y su fiel camarada y su mujer.
La luna, en cuarto creciente, iluminaba los hermosos jardines de palacio, cuyas flores se habían cerrado en el ocaso. Agma, cogida del brazo de Kentor y con la cabeza apoyada en su hombro, se reía de la aguda imitación que hacía Kentor del consejero Kroden. Ninguno se dio cuenta del par de sombras en la pared que pasaron rápidamente por su lado. Se cruzaron con un soldado, que hizo una exagerada reverencia y se le cayó el casco. Muerto de vergüenza, lo recogió y salió corriendo por delante de la pareja. Una nube cubrió la luna, y la oscuridad se hizo con los jardines durante unos diez segundos. Cuando volvió la luz lunar, descubrieron el cadáver del soldado en el suelo, con un tajo limpio en el cuello. Las sombras lo rodearon. Una de ellas se adelantó. Un emblema brillaba en el traje oscuro que llevaba. Era el escudo de Klock.
-¿Majestad? –dijo.
-Casi -respondió Kentor con una irónica sonrisa con la que intentaba disimular su miedo.
Rápidamente le dio una patada en el mentón y el hombre cayó inconsciente. Después lanzó una patada giratoria y echó hacia atrás a varios del resto, pero no les consiguió derribar. Sin embargo había abierto un camino en el círculo.
-¡Agma corre! -le gritó a su mujer, que había echado a correr segundos antes.- ¡Avisa al rey!
-Bueno. Tú debes ser el de las artes marciales -dijo uno de los soldados.- ¿Pero qué puede hacer la blanda y tierna carne humana contra el filo de una espada?
Los hombres se reagruparon y sacaron unas brillantes espadas del cinto. Kentor volvió a sonreír.
-Muchas cosas.
Earesa estaba observando ensimismada cómo Hans soltaba pompas de baba mientras dormía cuando unos potentes golpes casi abollaron la puerta. Earesa se apresuró a abrir y vio a una asustada Agma, con la frente perlada de sudor y la mano apoyada en el pecho, como si intentara evitar que su desbocado corazón se saliera de su pecho. Al principio emitió unos sonidos inteligibles debido a que tenía que recuperar el aliento, pero después no mejoró su atropellado monólogo.
-¡Tenemosqueirnos! HanllegadolossoldadosdeKlock.
-Tranquila, Agma, respira -dijo Earesa, sentándola en la silla en la que hace unos segundos había estado sentada ella misma.
-Vale, vale, ya estoy tranquila -dijo Agma, empezando a respirar con normalidad. De repente saltó de la silla, y casi chocó con Earesa.
-¡Han venido, Earesa! ¡Los soldados de Klock! ¡Hay que avisar a Arthock y salir de aquí!
Earesa se llevó las manos de cabezas y dio una vuelta por la habitación.
-Está bien -dijo, intentando sonar calmada.- Arthock está en la biblioteca, así que vamos a ir allí a por él, y después… ¿dónde está Kentor?
-Se ha quedado reteniendo a un grupo de soldados. Seguro que se las apaña.
-Entonces andando.
Earesa cogió a Hans y le pasó a Nadia, que había empezado a llorar, a Agma y salieron de la habitación. En las escaleras se encontraron a Arthock con la espada desenvainada y respirando entrecortadamente.
-¡Los soldados de Klock han venido! ¡Hay que largarse! –dijo cuando se dio la vuelta y se encontró con las dos mujeres.
-Ya lo sabemos. Tenemos que buscar a Kentor -le dijo Earesa.
-Está en el jardín -informó Agma en cuanto los reyes se volvieron hacia ella.
Arthock se asomó por una de las ventanas que daban al jardín. Arthock observó con horror como soldados de Klock y de Lerac se mezclaban en una batalla que ocupaba toda la extensión del jardín.
-Yo no os lo recomendaría -dijo una voz a sus espaldas.
Era Kentor, sonriente, con un corte en la cara y la ropa manchada de tierra. A su lado estaba Altin, con cara de pocos amigos.
-Me he encontrado con él -aseguró Kentor a modo de excusa.
Altin y Arthock intercambiaron una dura mirada.
-Supongo que no hay más opciones. Altin, ¿qué camino recomienda? -dijo el rey, agachando la cabeza.
-Cariño, ¿de qué hablas? ¿Qué camino es ese? -preguntó Earesa a su marido.
-Tenemos que abandonar el palacio, mi señora -respondió Altin por el rey.
-¿Pero qué dices? ¿Qué pasará con los soldados? -dijo Agma un tanto indignada.- No podemos dejarlos aquí, a merced de la suerte.
-Señora, no podemos hacer nada aquí.
Agma se acercó a la ventana y miró al concurrido jardín. Era cierto. Los klockianos les doblaban en número. Agma le dirigió una suplicante mirada a su marido, pero éste se limitó a asentir con la cabeza.
-Hay una mujer en la ciudad con la que suelo tratar cuando voy al mercado -dijo Earesa, asumiendo el plan por muy fatal que le pareciera.- Ella podrá ofrecernos cobijo por lo menos esta noche.
-Está bien. Vamos.
Bajaban el último tramo de escaleras velozmente. Los bebés lloraban, a pesar de las inútiles palabras de consuelo que les susurraban sus progenitores.
-Esos dos nos delatarán -dijo Altin malhumorado, que iba a la cabeza del grupo con una antorcha.
-Están asustados. Es normal que lloren -replicó Agma.
-No digáis que no os he avisado.
Por fin llegaron a la puerta que les conduciría al exterior de la muralla que rodeaba el castillo. Altin la abrió… y allí les estaban esperando una compañía de soldados sonrientes. Uno de ellos sujetaba un estandarte de Klock.
-Buenas noches, majestad -dijo el que parecía el jefe.
Era muy tarde cuando llamaron a la puerta de la casa de Roxana. A pesar de todo, todos en la casa estaban despiertos, incluido el más pequeño, de unos diez años. La noticia de que habían atacado el palacio había impedido dormir a toda la capital. Roxana, ataviada con una bata verde, se apresuró a abrir. La mujer que había al otro lado de la puerta lucía un estado deplorable, con el vestido manchado de sangre y el pelo castaño rojizo revuelto. Tenía en los brazos a un bebé que no paraba de llorar. El hombre que lo acompañaba no ofrecía mejor aspecto y también llevaba un bebé. Sin embargo, Roxana los reconoció al instante. Cómo no iba conocer a la reina Earesa y al odioso consejero Altin. Supuso que los bebés debían de ser Hans y Nadia.
-Perdón, pero es que su vecina no estaba y… -empezó a explicar la reina.
Roxana, incapaz de articular palabra, les instó a que pasaran. Les llevó al piso de arriba, donde, en su habitación, había una cama en la que la reina pudo tumbarse. El consejero insistió en conformarse con una silla de madera.
-No tendrías por qué haber venido hasta aquí, Earesa, yo los podría haber llevado -oyó que susurraba Altin mientras que ella preparaba un cubo de agua.
-No, Altin. Tenía que verlos por última vez… -respondió Earesa, sonriéndole a su hijo, al que abrazaba con más fervor que nunca.
Toda la familia estaba ya reunida apretujadamente en la puerta. Roxana cogió un trapo, lo mojó en agua caliente y se lo puso a Earesa en la frente.
-Señora, nos gustaría pedirles un favor -empezó Altin.
-Lo que sea, señor.
-Nos gustaría que cuidara de Hans y de Nadia -por favor, continuó la reina.- Y cuando Sarah haya vuelto, se los dejara a ella junto con esta carta.
Del bolsillo se sacó un pergamino arrugado y con varias manchas de sangre.
-Ella seguro que cuida de ellos, y les enseña… -murmuró Earesa, con lágrimas en los ojos. Los iba cerrando poco a poco.
-No, no se duerma, majestad -le pidió Roxana, cogiéndole de las mejillas.- Mi marido ha ido a avisar a un médico. No se muera…
Pero Earesa y había espirado por última vez. La diminuta mano de Hans cogía la suya, sin percibir ni siquiera que ya no volvería a oír la voz de su madre.
Aquella noche los soldados de Klock tomaron la capital, y en dos meses todo el reino de Lerac fue suyo. El rey de Klock nombró a Cornelius gobernador del territorio conquistado y envió a los pocos años envió a Veld, su hija de quince años, a aprender el oficio de gobernar. Una cierta cantidad de gente consiguió huir antes de que sus tierras fueran conquistadas, y todos ellos huyeron por un único camino a un reino fronterizo. Años más tarde se lo denominó como el Gran Exilio. Se supuso que la familia real fue asesinada en el asalto al palacio del rey. No se hizo ningún tipo de funeral, ni se levantó sepultura para ellos en el cementerio que hay detrás del palacio. Sólo se encontró el cuerpo de la reina Earesa en una casa del vecindario. Tampoco se encontraron a los bebés del rey y de su compañero Kentor, Hans y Nadia. Muchos dicen que también murieron, y el gobierno klockiano adoptó duras medidas contra los pocos que creían que se escondían en otro reino, incluso en algún lugar de Lerac, esperando para recuperar su trono.
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