Lerac, la reconquista (III) |
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04-08-2006 09:42
Por: Pabeu
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La historia de dos muchachos que intentan recuperar su reino. Aquí es donde comienza su historia.
Debido a ciertas modificaciones, tengo aclarar dos cosas:
1- He cambiado el título, pero sigue siendo la misma historia, donde la dejé en "Lerac, crónicas de un reino (II)"
2-He tenido que incluir la última escena de la anterior entrega porque la he reestructurado para aclarar para que concuerden con la continuación del relato.
Lamento las molestias.
Era muy tarde cuando llamaron a la puerta de la casa de Roxana. A pesar de todo, todos estaban despiertos, incluido el más pequeño, de unos diez años. La noticia de que habían atacado el palacio había impedido dormir a toda la capital. Roxana, ataviada con una bata verde, se apresuró a abrir. La mujer que había al otro lado de la puerta lucía un estado deplorable, con el vestido manchado de sangre y el pelo castaño rojizo revuelto. Tenía en los brazos a un bebé que no paraba de llorar. El hombre que la acompañaba no ofrecía mejor aspecto y también llevaba un bebé. Sin embargo, Roxana los reconoció al instante. Cómo no iba conocer a la reina Earesa y sobre todo a su amiga. Supuso que los bebés debían de ser Hans y Nadia, y el hombre que los acompañaba, el consejero Altin.
Roxana, incapaz de articular palabra, les instó a que pasaran. Les llevó al piso de arriba, donde, en su habitación, había una cama en la que la reina pudo tumbarse. El consejero insistió en conformarse con una silla de madera.

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-No tendrías por qué haber venido hasta aquí, Earesa, yo los podría haber llevado -oyó que susurraba Altin mientras ella preparaba un cubo de agua.
-No, Altin. Tenía que verlos por última vez… -respondió Earesa, sonriéndole a su hijo, al que abrazaba con mas fervor que nunca.
Toda la familia estaba ya reunida apretujadamente en la puerta. Roxana cogió un trapo, lo mojó en agua caliente y se lo puso a Earesa en la frente.
-Oh, Earesa, mi dulce Earesa. ¿Qué ha pasado? –sollozó.- ¿Dónde está Agma? ¿Dónde están todos?
Earesa intentaba hablar, pero era incapaz de articular palabra. Lo único que se oía eran los estertores de la reina.
-Roxana, necesito un último favor. De ti y de Sarah… -consiguió decir, apretándole la mano con fuerza.
-Lo que sea.
-No queda tiempo… Altin, por favor.
El hombre, que no le había dirigido la palabra a Roxana desde que había entrado, le entregó una carta y dos estuches.
-Ahí está todo, señora.
Earesa tosió. Escupía sangre y cada vez respiraba con más dificultad. De pronto se calmó. Su respiración era débil, pero seguía allí.
-No, Earesa, no te mueras, por favor. Tom ha ido a buscar un médico. Por favor, aguanta -le suplicó Roxana a la reina.
Pero Earesa había espirado por última vez. La diminuta mano de Hans cogía la suya, sin percibir ni siquiera que ya no volvería a oír la voz de su madre.
Aquella noche los soldados de Klock tomaron la capital, y en dos meses todo el reino de Lerac fue suyo. El rey de Klock nombró a Cornelius gobernador del territorio conquistado y a los pocos años envió a Veld, su hija de quince años, a aprender el oficio de gobernar. Una cierta cantidad de gente consiguió huir antes de que sus tierras fueran conquistadas, y todos ellos lo hicieron por un único camino a un reino fronterizo. Años más tarde se lo denominó como el Gran Exilio. Se supuso que la familia real fue asesinada en el asalto al palacio del rey. No se hizo ningún tipo de funeral, ni hay sepultura para ellos en el cementerio que hay detrás del palacio. Sólo se encontró el cuerpo de la reina Earesa en una casa del vecindario. Tampoco se encontraron a los bebés del rey y de su compañero Kentor, Hans y Nadia. Muchos dicen que también murieron, y el gobierno klockiano adopta duras medidas contra los pocos que creen que se esconden en otro reino, incluso en algún de Lerac, esperando para recuperar Lerac.
Aquí es donde comienza la historia.
Hans y Nadia crecieron en algún lugar del bosque Masserlot, junto a Sarah y su marido Jemt, a los que creyeron como abuelos. Durante años, su vida transcurrió sin ningún incidente. Sus abuelos les enseñaron a leer y escribir, así como las enseñanzas que Sarah y Jemt consideraron imprescindibles y cada pocas semanas Jemt les acompañaba a la ciudad para que vieran el mercado el castillo, aunque éste siempre desde lejos. Hasta los nueve años.
Un tarde bastante calurosa, los dos estaban tumbados, aprovechando la sombra que les ofrecían los árboles de alrededor de la casa, cuando Sarah vino a buscarlos con cara preocupada. Sin decir palabra y sin dejar abrir la boca a los niños, les cogió de la mano y les llevó al interior de la casa por la parte de atrás. Hans echó una rápida mirada al camino y vio lo que le parecieron dos hombres con gruesos abrigos negros bajando por él. Cuando atravesaban el cuarto donde guardaban las herramientas, Nadia pudo oír cómo llamaban a la puerta.
Intentando no hacer ruido, Sarah los llevó a la cocina y los escondió debajo de la mesa. Luego cubrió la mesa con dos manteles de manera que los dos niños quedaron ocultos. Conteniendo su agitada respiración, intentaron escuchar lo que ocurría en la puerta, pero los latidos de sus desbocados corazones les ensordecían y no pudieron entender lo que decían. Primero se oyó la voz de su abuelo, y luego otra más grave, que los chicos supusieron que era la de uno de los hombres que habían visto venir. Las dos voces conversaron al parecer apaciblemente, luego la voz de su abuelo se fue impregnando de tensión, y se iba elevando poco a poco, hasta que se convirtió en un grito que Hans y Nadia entendieron perfectamente:
-¡Le repito que aquí sólo vivimos mi mujer y yo, así que váyanse de mi propiedad!
Se oyeron unos segundos de tenso silencio y después los pasos en la nieve. Nadia, sin hacer caso de los susurros de Hans que le suplicaban que se quedara debajo de la mesa, se asomó por la ventana y vio a los hombres de negro subiendo por el camino hacia la ciudad.
A partir de entonces todo cambió. Hans y Nadia no volvieron a ir a la ciudad, y a partir de cierta hora no podían salir de ciertos límites alrededor de la casa. Lo que más les preocupó a los niños fue que sus abuelos cambiaron las instrucciones normales. Jemt instruyó a Hans en esgrima y otras artes de lucha con la espada, y Sarah le enseñó a Nadia diversas artes marciales. Un día Jemt apareció en la puerta de su casa con dos caballos magníficos y enseñó a sus nietos hípica. Los hombres de negro no volvieron por allí, pero a los niños no olvidarían jamás aquella visita, así que aceptaron sin titubear el régimen de vida que se les asignaría durante los siguientes dieciocho años. Pero todavía algunas noches tenían pesadillas de las que se despertaban con un grito, sudorosos. Y en la otra habitación Sarah todavía sacaba del cajón de su mesilla de noche y releía una y otra vez, con lágrimas en los ojos, la carta de la madre de Hans.
Ocho años después
Era invierno, y la nieve había cubierto de blanco el tejado de la casa, las desnudas copas de los árboles, y había ocultado la alfombra de hojas secas del suelo que había dejado el otoño. Hans y Nadia habían salido con cuatro capas de ropa a jugar con la nieve, dejando atrás las duras clases de sus abuelos. Habían cambiado bastante en los últimos ocho años. Hans era un chico alto, con el pelo castaño y unos ojos del color de la miel. Nadia era rubia, alta, con una cara redonda y unos ojos verdes. Tenía una voz agradablemente aguda y melodiosa. Nada más salir de la casa, Hans le tiró una bola de nieve que Nadia esquivó con una voltereta. “Al fin y al cabo” pensó Sarah, que los observaba por la ventana de la cocina “quizá sea un buen entrenamiento para ellos.”
Mientras tanto, Hans se había escondido en un grupo de árboles cercano y tiraba bolas de nieve que Nadia esquivaba con destreza mediante patadas, volteretas y saltos. Nadia corrió hacia el cobertizo, que era más bajo, y saltó hasta el tejado rebotando para poder llegar al tejado de la cabaña. Se agachó y divisó a Hans, que se escondía detrás de un viejo roble, buscando con la mirada a la chica. Nadia reunió un buen montón de nieve y lo lanzó a la copa del árbol. Hans, cuando descubrió que había errado el tiro, se carcajeó sonoramente de ella. Nadia, sin dejar de sonreír, observó como la nieve acumulada en la copa del roble se derrumbaba sobre su amigo y lo cubría como un húmedo abrigo inmaculado. Descendió del tejado y caminó hacia la pequeña arboleda, esperando que su compañero saliera de ella. Pasaron unos segundos, y Hans corrió hacia ella, asustado.
-¡Nadia, cuidado! -gritó.
Ella se dio la vuelta y descubrió un grupo de unos cinco hombres, vestidos de negro. Reconoció a los dos hombres que hace ocho años habían visitado aquella casa. La diferencia era que ahora llevaban sendas espadas al cinto. Nadia buscó con la mano la de Hans, que la agarró y la llevó junto a él. Los dos retrocedieron hasta que sus espaldas toparon con la fría madera de los robles. Los hombres, sin dejar de mirarlos a los ojos, los siguieron.
-Está bien -le susurró Hans- intentaré llegar a la habitación de las herramientas. No dejes que desenfunden sus armas.
Hans salió corriendo al tiempo que Nadia le dio una patada en la cara al primero de los hombres. A continuación le propinó un puñetazo a uno que intentó seguir a Hans, pero no evitó que otros dos le persiguieran. Nadia no tuvo más remedio que luchar con los que quedaban delante de ella. Hans corría todo lo que sus piernas daban de sí. Sin mirar atrás, notaba las pisadas de los dos hombres que lo seguían. Notaba su corazón desbocado, no por el ejercicio sino por el miedo que sentía. En la puerta trasera, uno de los hombres lo alcanzó y le agarró de una pierna, provocando la caída del chico. Él desesperado lanzaba patadas al aire, intentado alcanzar a su captor. Vio su salvación en una pala que se había caído a unos palmos delante de él. Estiró el brazo y la alcanzó. Golpeó con ella al hombre en la cara. Se levantó como pudo e hizo frente al otro, que había desenfundado su espada. Con unos pases en círculo consiguió desarmarlo y quitárselo de encima con un golpe en el estómago, y encaró al hombre que quedaba. No le costó demasiado librarse de él, así que corrió hacia donde había dejado a Nadia. Ella se había ido desplazando a la puerta de la casa, debatiéndose con un hombre de aspecto primitivo.
-¡Nadia! -gritó.
La chica se volvió y el hombre aprovechó para darle en el estómago con la empuñadura de la espada. Hans corrió a socorrerla, y cuando estaba delante del atacante de su compañera sintió un golpe en la espalda y cayó al lado de Nadia. Uno de los hombres estaba delante de la puerta.
-Quedan detenidos por conspiración contra la corona de Klock -dijo con voz grave.
Nadia la reconoció al instante. Era el que había discutido con Jemt la vez anterior. En ese momento el hombre cayó con una herida en la cabeza. Jemt había salido de la casa y sujetaba en una mano una pala.
Sarah llevó a los muchachos a la cocina y les sirvió un té bien caliente. Estaba blanca y Hans leía el pánico en sus ojos. Sin decir nada, bebían a sorbos mientras oían las voces de Jemt y Sarah discutir en el pasillo. Luego entraron en la habitación, uno detrás de otro. Sarah estrujaba el vestido que llevaba nerviosamente.
-Escuchad -empezó Sarah- tenemos que hablar.
-¿En serio? -dijo Hans, sarcástico. Le dolía terriblemente el golpe en la espalda.
-Tu abuela quiere deciros que no somos vuestros verdaderos abuelos -soltó Jemt.
Se hizo el silencio durante unos minutos, mientras los chicos intentaban digerir lo que acababan de oír.
-Vuestra madre… bueno la madre de Hans…. os dejó a nuestro cuidado cuando teníais tres meses. Bueno se los dejó a una vecina y… -Sarah tenía la voz rota.
-¿Por qué nos dejó? ¿Qué pasó? -preguntó Nadia, impaciente.
-Cuando Earesa llegó a la casa de Roxana estaba herida de muerte por espada.
-Espera… -dijo Hans.- ¿Has dicho Earesa? ¿La reina Earesa?
Sarah asintió con la cabeza, acompañando con un sollozo.
-La madre de Nadia era Agma.
Hans miró a Nadia. Su cara se había tornado blanca como la nieve que aún llevaba en los hombros.
-Pero entonces Hans…. ¿Hans es el príncipe de Lerac?
-Exactamente. Esos hombres eran del gobierno de Klock. Venían a por vosotros. A mataros seguramente. –explicó Jemt.
-Desde su primera visita os enseñamos distintos tipos de lucha para que algún día pudierais ajusticiar a los asesinos de vuestros padres. Aunque no esperábamos que fuese tan pronto -dijo Sarah.
-¿Pero qué haremos? -replicó Hans.- No podríamos enfrentarnos a todo Klock nosotros solos.
-No podemos explicároslo. El tiempo corre, y este lugar no es seguro. Sin embargo, hay una mujer que os dará cobijo y os explicará la situación.
Nadia tenía lágrimas en los ojos cuando se despidió con un fuerte abrazo de los que hasta entonces habían sido sus abuelos. Hans las contenía. Ahí estaban Jemt y Sarah, dos ancianos que les decían adiós con la mano, en la puerta de su modesta casa, mientras ellos se alejaban a caballo del cálido hogar que quizás no volverían a pisar.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Avanzando algo rápido en la historia |
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04-08-2006 09:47 |
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Debo decir que me ha gustado más que la entrega anterior. Sin embargo, todavía encuentro que todo va muy rápido. Has pasado ocho años y no nos has contado qué historias les contaban, cómo enfocaban los abuelos la ocupación, qué pensaban ellos de todo esto, qué imágenes tenían los niños de los antiguos reyes...
Por otro lado, el lado "ninja" del combate en la nieve no me convence, pero esto es más un gusto estético personal que otra cosa...
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RE: Avanzando algo rápido en la historia |
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15-08-2006 20:23 |
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Gracias por tu opinión, intentaré mejorar los puntos que me has dicho.
A lo del avance rápido, tengo que responder que es así porque la parte que se presentaba en los dos anteriores entregas (me hubiera gustado ponerlas juntas, pero era demasiado largo, ya me pasó una vez) eran como una especie de presentación de los hechos que dan lugar a la historia, pero esta empieza diecisiete años después, por eso los saltos temporales, sobretodo los dos últimos.
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