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Tormenta eterna en Kios VIII


Relatos de Fantasía

31-07-2006 16:01
Por: Destripacuentos

Octavo capítulo de esta novela de espada y brujería que estoy tratando de corregir. Serán bienvenidas todas las críticas, especialmente las constructivas. Espero que os guste tanto como las entregas precedentes

La casa del obispo de Kios era una de las pocas que poseía un pequeño jardín. Debido a la situación de la ciudad, encaramada sobre un acantilado, el espacio edificable era un bien muy preciado. Dicho jardín era una distinción del rango del dueño de la casa y una de sus principales aficiones. Cubierto por jóvenes sauces y adornado por finas columnas, constituía uno de los sitios más tranquilos y relajantes de la polis.

tormenta eterna en kios viii
Desde que comenzó el estado de revuelta, aquel espacio de recreo había pasado a convertirse en una de las numerosas preocupaciones del obispo, pues no cesaba de imaginarse una truculenta sombra recorriéndolo espada en mano. Ocultándose hábilmente entre los sauces, el hipotético asaltante conseguía llegar, una y otra vez, hasta su ventana, evitando sin dificultades a los doce Guardias de Honor que el monarca había designado para su defensa. Por ello, había ordenado que cuatro de ellos permanecieran, día y noche, en el jardín.

Apenas tranquilizado por todas estas medidas defensivas, Niur, el obispo, se paseaba inquieto por su escritorio. En su cabeza flotaba una idea intangible acerca de cómo recuperar el favor del monarca, resistiéndose a materializarse en una línea de acción. La chimenea vertía su calor en la habitación sin conseguir evitar al ilustre personaje un solo escalofrío. La mera idea del diabólico Nhao deslizándose por su casa para un nuevo ajuste de cuentas le ponía los pelos de punta.

El ruido de unos cristales rotos sacó al obispo de su ensimismamiento. Todavía no se había extinguido su eco cuando salió precipitadamente al pasillo, visiblemente alterado. En él se topó de frente con dos de los guardias: ambos llevaban las espadas desenvainadas y una expresión sombría surcaba sus rostros. Controlando un respingo, les espetó con la voz más firme que pudo conjurar:

-¿Qué demonios ocurre? He oído un ruido. ¿Acaso ha entrado alguien en la casa?

El soldado de más rango, un hombre barbudo de mediana edad, le dedicó un saludo seco con la cabeza. Manteniendo su pose rígida procedió a informarle:

-El ruido lo ha provocado una ventana rota en el piso inferior, señor obispo. Cuatro de mis hombres registran dicha planta para esclarecer el suceso. Mientras tanto, le sugiero que se mantenga encerrado en sus aposentos. Ractor y yo vigilaremos este pasillo continuamente. Siendo el único acceso desde el piso inferior podremos ver a cualquier intruso antes de que llegue a vuestras habitaciones.

-Gracias, oficial. Siguiendo su consejo me encerraré con llave en mi despacho. –Declaró intentando mostrar aplomo.- Buenas noches.

Niur entró precipitadamente en la habitación, incapaz de controlar un pequeño estremecimiento al dar la espalda a los dos hombres armados. ¿Estarían acaso comprados por el traidor Nhao? Quizá hubiera sido mejor confiar su vigilancia a la Guardia de Reos, que, por el intenso odio que sentían hacia los partidarios del advenedizo, hubieran encontrado interesante poder frustrar los criminales planes de éste. Enseguida desechó esa idea, recordando que incluso el monarca se estaba revelando incapaz de controlar los excesos de los belicosos Sectarios de la Espada.

El obispo atravesó ensimismado la habitación en penumbra hasta la ventana que daba al jardín. Lentamente corrió a un lado los gruesos cortinajes y observó los árboles. Cuatro sombras se movían felinamente entre ellos. Un inquietante pensamiento cruzó su mente: tal vez uno de aquellos hombres no fuera ya un miembro de la Guardia de Honor, sino un Demonio de la Noche que hubiera apuñalado al verdadero guardia.

Tras él, la luz de la chimenea osciló, como si en un momento algo la hubiera ocultado, dando paso de nuevo a su luz un instante después. Esto le hizo recordar al obispo que no debería haber descorrido los cortinajes, pues el resplandor del fuego revelaba las habitaciones ocupadas a posibles atacantes. Instintivamente, corrió de nuevo las cortinas y se volvió hacia el interior de la habitación, la cual se le antojaba oscura en exceso. Su mirada se encontraba extraviada, sobrepasada por tantos posibles lugares de emboscada. De repente, se quedó fija en un gran sillón situado en un rincón oscuro, frente a la ventana. Una voz, entre burlona y cruel, surgió del mueble confirmando sus sospechas.

-Tan ofuscado estaba por sus miedos que no fue capaz de ver acercarse al verdadero peligro; y aun cuando la Dama Silenciosa se lo llevaba a su Reino no podía evitar mirar a su alrededor por si algún asesino le esperaba en las sombras. -Unos ojos plateados se iluminaron en la estancia. El fuego encerrado en la chimenea encontraba ahora salida en la mirada del avejentado joven que observaba desde las sombras al tembloroso Niur. Ocultos por un velo de oscuridad, los labios de Cain se movieron para formar una nueva frase.- Saludos, eminencia. Me alegro de verle por fin.

El obispo, aterrado, retrocedió varios pasos hasta chocar con su escritorio. Sus manos buscaron con anhelo algún apoyo en el mueble, mientras sus ojos se resistían a apartarse de la siniestra figura que, como si de un fantasma se tratara, se había introducido en sus aposentos. Al cabo de unos eternos segundos consiguió balbucear:

-¿Quién, quién te envía?

Su voz estrangulada en nada pareció alterar a Cain, quien con tono delicado y meloso le comunicó:

-La luna me ha traído hasta vuestra morada en esta clara noche en la que parece posible ver a los espíritus. La ciudad es una amante generosa que abre sus entrañas a quien la conoce y la respeta. -Como el gato que juega con el ratón, el joven estudió la reacción del obispo antes de sentenciar con voz profunda.- He venido a cortar el hilo que te mantiene unido a este mundo terreno con la esperanza de que ardas en el fuego eterno. Yo soy el final de tu ciclo cómo tú fuiste el final de mis hermanas.

Niur echó a correr hacia la puerta pero, al tender la mano hacia la cerradura, un cuchillo certero se la atravesó, arrebatándole la llave de la salvación. Sus gritos estremecieron el caserón, atrayendo a los dos guardias apostados en el pasillo. Su llamada desde el exterior del despacho fue oída por el obispo, pero su mente no pudo darle significado alguno; ofuscado con la imagen del siniestro guerrero que, cuchillo en mano, se acercaba para arrebatarle la vida, Niur no pudo siquiera continuar gritando hasta que una puñalada en el pecho le sacó de la fascinación en la que se había sumido. Sus últimos estertores quedaron ahogados por el estrépito de la gruesa puerta de roble estrellada contra el suelo.

Cuando los guardias entraron en la habitación, no había en ella rastro alguno de lo que le había ocasionado la muerte al obispo, siendo su cuerpo ensangrentado la única prueba de que la lucha escuchada desde el exterior había sido real y no una alucinación debida al cansancio.



tormenta eterna en kios viii
El sol apenas conseguía iluminar completamente la nave en ruinas del templo que servía de punto de reunión a los conspiradores. El lugar, dedicado en tiempos a un dios ya olvidado, no era más que un conjunto de ordenadas columnas sobre un suelo de granito enlosado. Su situación en las afueras de la ciudad de Kios y los accesos al sistema de catacumbas de la polis, ocultos bajo las losas, habían convertido este fantasmagórico lugar en mudo espectador de unas reuniones que afectarían al destino de toda la ciudad.

Aquella mañana una figura solitaria aguardaba agazapada entre los restos de un muro. Su espera finalizó al tiempo que su desayuno, un trozo de queso rancio robado en alguna casa de la ciudad. Con la seguridad que da la experiencia, se escondió tras las rocas y, empuñando la daga, observó al recién llegado. Un joven musculoso, con el rostro quemado por el sol y la mirada ensombrecida por el destino, emergió de debajo de una losa funeraria. Su negra melena se encontraba tiznada por telas de araña y polvo, y en su rostro había arañazos y manchas sanguinolentas.

-¡Tardas! -la violenta declaración le sobresaltó un poco y echó instintivamente mano de un cuchillo. Sobre las rocas le esperaba su nuevo compañero de armas, erguido con indolencia, con los brazos en jarras. Saltó a tierra riendo, como si su comentario encerrara algún incomprensible humor, mostrando unos lupinos colmillos.- ¿Lo hiciste? -Añadió con cierta ansiedad. Al ver el gesto de asentimiento en el hosco guerrero dejó aflorar de nuevo su sonrisa de vampiro. Dándole una palmada amistosa agregó.- Eres grande, Cain. Endemoniadamente grande.

 

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