Nuev (I) |
|
15-08-2006 12:05
Por: Lewton
|
|
 |
|
Estoy empezando con este relato, aún es sólo la introducción de lo que pretendo conseguir, pero lo expongo para que me digáis lo que opináis.
Hoy la llave no suena fría cuando anuncia mi despedida, el llavero tintinea, casi como si estuviera colgado sobre el marco de mi puerta llama la atención sobre mi despedida. Los ardientes rayos de julio no parecen amenazadores, hoy me permitirán alumbrar mi victoria, mis músculos estarán a tono a la hora del partido sin necesidad de calentar. El portal aparece doblando la esquina de mi escalera, el ascensor pasó a ser almacén antes de que mi alquiler fuese parte del salario del portero. La teatral entrada del portal en escena me hace reír, río porque recuerdo a la mujer del portero; sé que es cruel, pero mi mente juguetea con la idea de la desaparición de su bastón justo cuando empezase el descenso.
La calle me recibe, un abrasador abrazo, envuelve mi primer paso hacia la libertad de la urbe. Mientras, el calor juguetea con la línea del horizonte, o quizás lo que le divierta sea ver cómo intento separar cielo de asfalto, hasta que caigo en la cuenta de que mi cielo nunca sería un sitio lleno de nubes.

|
Miro al asfalto, veo la negra respuesta de mi figura a la llamada del sol. Sonrío. Veo la negra llamada de mi silueta al asfalto, pero él no responde, nunca lo hace. Cuando estoy caminando, intentando alcanzar la oscuridad con cada paso, veo. Veo que lo que persigo ha dejado de ser mi silueta; por un momento, me distraigo pensando en si ese cambio alteraría alguna prueba forense en caso de asesinato; la medio sonrisa desaparece cuando observo de nuevo la figura marcada a mis pies. Ahora estoy parado, la gente intenta atravesarme, algunos lo hacen por los lados, otros intentan ablandar mi composición a base de lanzar pequeños dardos ofensivos, como si aquello pudiera transportarme a algún lugar alejado de su trayectoria. Algún curioso se para a mirar, ni siquiera me percataría de su presencia si no mezclara su oscuridad con la mía.
De repente, estos pensamientos desaparecen, el sol me llama la atención a través de un retrovisor que pasa adherido a un coche cercano, yo capto el mensaje y bajo la mirada de nuevo; ahí sigue la figura, la negra silueta que usurpa la punta de mis pies. Es parecida a mi figura, más que parecida, inspirada por mi figura, pero cuando la miro me viene a la cabeza El último hombre en pie. El sopor propio de una media-tarde de julio, no me permite sorprenderme cuando el último hombre en pie comienza a recriminar.
Sigo caminando, pisando por azar la proyección de una barandilla en el suelo, el sol me permite hacer equilibrios sobre una barandilla sin miedo a caerme. Mientras sol y sombra nublan mi pensamiento, recuerdo vagamente la razón por la que estoy aquí, vengo a verla, hoy nuestros destinos se unirán para siempre, esta vez sí es la buena, lo juro. Ya no más titubeos…
Lo veo todo borroso, miro al suelo, está demasiado cerca de mi cara, intento en vano levantarme; horrorizado ante tan básica impotencia, descubro que no siento el suelo a mi lado, ni siquiera siento que no sienta el suelo a mi lado. Intento ayudar a mi cuerpo con mis brazos, cargando sobre ellos el peso que no consigo controlar. Bajo la mirada, busco cualquier ayuda motriz, pero todo está rojo. De repente el dolor llega, y el rojo lo inunda todo, me duele una ausencia.
Abatido por el dolor me desmayo, no sin antes dejar de notar el olor, un olor gris, rojo y amarillo, un olor repentino, inesperado, cruel, huele a desastre, a tristeza y a venganza… conozco ese olor.
Sudando, despierto en una cama, el sol ha dejado de brillar, con miedo, se retira tras las paredes de hormigón, atemorizado realiza pequeñas escaramuzas a través de grietas cuadradas y acristaladas. Muevo el cuello de un lado a otro y los colores neutros van dejando paso a mi entorno, a mi lado hay una mesilla, y encima solo un periódico. Gracias a quién sea no es un periódico gratuito, sería cruel dejarme solo en una habitación y sin más recurso que la prensa gratuita.
La tinta hace un recorrido, decido sumergirme en él para descubrir que algo grave ha ocurrido, una explosión… ¡a diez minutos de su casa! Tengo que salir de aquí. Entonces por primera vez, tomo conciencia de mi movilidad, de lo útil que resulta, casi tanto como poco valorada. El rojo ha desaparecido, y las sensaciones han vuelto. Otro tono de rojo de pronto invade mi ocioso juicio, huele a amor.
Súbitamente, mi cuerpo se pone en tensión, yo dejo de ser yo y mi composición se vuelve dura, lisa. Estoy mojado… no, mojado no, la expresión necesaria es… empañado, no veo nada. Una mano acaricia lo que yo siento como rostro y ante mi aparece ella. Se está mirando en mí, mis ojos llevan su alma tatuada en el fondo, aunque un simple vistazo no baste para contemplarla.
El dolor mengua poco a poco, sus labios se desvanecen al tiempo que recobro movilidad, mis miembros vuelven a separarse, a la vez que su pelo une cabello tras cabello hasta desaparecer en una oscura línea vertical.

|
Cuando la transformación es completa, me encuentro tumbado en el suelo de la habitación, con el pelo conspirando con el agua en mi contra.
Mientras espero a que se calmen las náuseas, observo mi actual paisaje. Las paredes, salpicadas de cristales, bordean todo un entramado de maquinaria y mobiliario, casi diría que se trata de una habitación de hospital. La puerta acristalada parece encontrarse a gusto con el polvo, por el aspecto, se conocen hace ya tiempo; pero más allá del sucio velo, se vislumbra algo parecido a un pasillo. Las formas que la masa grisácea deja entrever, me muestran el sonido de la soledad. Ninguna figura rompe la monotonía de la pared que me observa. Decido volver a intentar incorporarme, mis huesos se resienten; o al menos lo que yo creía que eran mis huesos, mis manos tantean hasta encontrar algo parecido a una posición de apoyo.
Como quien separa el mar en dos, mi cuerpo se eleva, siento cómo todos mis músculos protestan el despertar que habían conseguido evitar hasta ahora. Finalmente, consigo ver el suelo desde arriba. Como si me hubieran quitado mis dos ruedines por primera vez, me tambaleo entre paredes y muebles, consigo evitar una caída tras otra entre aspavientos y misteriosas fuerzas que me mantienen en pie, llamémoslas curiosidad. Al recobrar por completo una estabilidad que seguramente nunca antes haya tenido de verdad, me percato de una presencia extraña en la puerta de la habitación. Haciendo equilibrios entre un clavo y toneladas de suciedad, se encuentra un pequeño bulto rectangular en el que se distingue la palabra CEREBRO. Mil ideas inundan mi mente, pero de alguna forma, lo único en lo que de verdad soy capaz de centrar mi atención, es en lo coloquial del término. Me acerco a la puerta poco a poco y mi mente utiliza los ojos como exploradores y avanzadilla, en la misión de encontrar algún reducto libre del gris invasor, mientras bajo la vista y empujo la puerta con los pies descalzos, observo cómo mi pierna aparece de entre las profundidades de un tejido gris que recubre todo mi cuerpo. De repente, el suelo se convierte en mi obsesión y mi anterior ropa, en mi meta. Las marcas del tiempo son demasiado pesadas para mover todo el material, así que decido aplazar la búsqueda.
Por fin, abandono la habitación, el polvo que levanta el saludo de la puerta al nuevo mundo, me hace estornudar, de frente me golpea el Sol, mientras veo cómo las partículas intentan huir de los rayos de Julio. A mi izquierda solo veo otra puerta de una pequeña caja de cristal vacía, la puerta que acabo de manipular me impide descubrir más de la localización por la derecha. Sin sentido alguno, decido cerrar la puerta tras de mí. Ante mis ojos se despliega todo un entramado de caminos hacia ninguna parte, las huidas posibles flanquean los caminos a uno y otro lado.
Mientras avanzo lentamente por el único pasillo que se abre ante mí, descubro que las sombras toman forma, adquieren profundidad y color a mi alrededor. La pared de mi derecha, dibuja salas y salas a mi paso, mi vista no alcanza a ver el interior, al menos, no por completo. La sección iluminada de cada habitáculo, varía a mi paso. El guerrero oscuro que es mi figura, esconde a mi vista, los secretos de cada sala. Los ventanales corren a mi lado en dirección contraria, uno tras otro, sala tras sala huyen de mi destino.

|
Me paro en seco, una lámpara me golpea el lado derecho de la cara, sorprendido miro hacia el foco y mi cara se esconde tras un blanco cegador del que a penas son capaces de escapar los ojos. Cuando me acomodo a la nueva situación, intento enfocar, el luminoso atacante se encuentra en el centro de otra sala, pero esta vez las paredes huyen más del centro que en las anteriores, los cristales se retiran salvo en tímidos reductos, para dar paso al frío hormigón. Los únicos habitantes de la habitación son, una camilla blanca y un niño que me da la espalda, sentado sobre ella. Por debajo de la camilla, puedo ver dos zapatos bailando, intentando cortejar a un par de calcetines a rombos. Poco a poco, voy descubriendo lo que llena aquella habitación, una melodía atrapa mis sentidos, el sonido de patios de recreo, niñas saltando a la comba, el olor a bocadillos envueltos en papel Albal, el tacto de la arena en la rodilla marchita de un pequeño futbolista. Mientras la absorción se completa, otra parte de mí contempla a la fuente de todo aquello. La figura infantil canturrea para mí. Abro la puerta y el pasado me ahoga. El suelo anuncia mi llegada, respaldado por el amplio espacio y su eco.
El niño se gira, todo su cuerpo se mueve como si cada músculo perteneciese a un cerebro distinto. El jersey azul de uniforme, el polo blanco y los pantalones grises denuncian el presente, pasado y futuro de la figura portadora. El pelo, fijado con agua hasta sus últimas consecuencias, resplandece y se une a la ofensiva de la lámpara contra mi vista. Poco a poco, la voz sustituye al canturreo “Hola, ¿tú también estás enfermo?”, la familiaridad me confunde, debo de llevar años sin hablar, o al menos eso parece cuando mis labios crujen al despegarse el uno del otro; mientras asumo la culpabilidad de romper aquella unión, respondo “Bueno, eso creo, pero no sé muy bien qué hago aquí…”. La monotonía estalló con una carajada, el niño abría la boca hasta mostrar las futuras operaciones dentales de las que, sin duda, será objeto. “¿No sabes por qué estás aquí? Igual eres médico” La ocurrencia me marcó una mueca entre las orejas, pienso en las tardes que pasé con libros de anatomía y bioquímica ante mis ojos, y la posibilidad de que, si hubiera conseguido el título, un niño me definiese como alguien que no sabe por qué está ahí… Descubrí, en este paso, que aún era capaz de sonreír. La habitación sólo se quedó con mi ropa después de todo. Me recompongo y decido continuar el juego al que acababa de ser invitado, “Y tú, ¿por qué estas aquí?”. “No es asunto tuyo”. “Está bien, si no quieres saber por qué estoy yo aquí…”. “Me da igual”. Los sollozos bajaron la cabeza del niño hasta casi la altura de su ombligo, la contraluz entonces se despistó, pude robarle una pequeña imagen del rostro del pequeño.
Al principio, lo redondo de su cara me hace pensar en demasiados lloros acallados con un exceso de azúcar. Los colores rosados no son tales, son demasiado intensos, demasiado morados. Las lágrimas bordean lo que alguien deformó, pero que un día se llamaron mofletes; siguen su camino, recorren mejillas, hasta la barbilla, donde se concentran y se abandonan a su suerte cediendo a la gravedad. Gota a gota, con su pequeño repiqueteo, forman un charco.
Cuando parpadeo veo al chico desde una perspectiva extraña, de alguna manera, está sobre mí, o yo bajo sus pies. Veo como le cuelgan los zapatos, como bailan sobre mi cabeza. De pronto, me distrae el sonido de una puerta, entonces me doy cuenta de la claridad que reina el espacio en el que me encuentro, he cambiado, no soy yo ni estoy donde debería estar. Me rodean paredes blancas de cal, puedo ver la luz reflejada en ellas e inundando la estancia. La puerta que se abre es de madera, de alguna forma me recuerda a mi colegio.
Una mujer entra en la estancia, lleva una bata blanca, coronada por un pequeño gorro que consigue a duras penas tapar los rizos dorados. Se mueve de una forma dulce, pero de alguna forma me siento amenazado. “A ver, ¿qué ha pasado hoy?”. El niño baja la cabeza, desde mi posición, aquellos gigantes son ajenos a mi, pero el deseo de que el niño no respondiera a la mujer me acercó a ellos, de la misma forma en la que gritas a Indy para que no le pille la gran bola de piedra.

|
|
 |
| |
|
|
|
|
 |
|
|
|
| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
 |
| Tema: |
Autor: |
Fecha: |
|
Esta bien. |
|
|
06-09-2006 21:01 |
|
Creo que es un poco desconcertante tu relato, aún así me ha gustado, aunque cambiaría el final.
Un saludo!
|
|
interesante |
|
|
28-08-2006 20:43 |
|
CREO QUE EL HILO DE LA HISTORI SE PIERDE UN POCO.
QUISIERA DECIR QUE ESO NO ES NESCESERIAMENTE MALO, SOLO ESPERO QUE CUANDO INTENTES CERRAR LA HISTORIA, EXPLIQUES LO QUE TIENES QUE EXPLICAR Y NO TE QUEDES CON LA IDEA DE QUE TODO ESTA CLARO
|
|
A la espera del siguiente... |
|
|
19-08-2006 11:31 |
De momento está muy bien.
Lo único malo, por lo menos para mí, es que me tienes perdido durante demasiado tiempo. Busco un motivo por el que cayó al suelo. Luego la escena del hospital, ¿es una paranoia de su mente? No consigo situarme en escena. Aunque todo ello puede ser producto de que tengas pensado darle un mayor enfoque más adelante.
Pero desde mi punto de vista, sería bueno que no fuera demasiado tarde.
Pero vamos, es una opinión, y te tengo que reconocer que el nivel de calidad literaria lo pones bastante alto (aunque puede que un poco cargado para mi gusto). Pero eso último depende de la persona. A mi me gustan los relatos de escritura simple (no de guión simple, entendámonos). Que fluya con rapidez, y que mi mente no tenga que hacer excesivos esfuerzos en comprender lo que el autor intenta explicarme.
En resumen: Que tengo ganas de leer como continúa. Saber quien es el protagonista, ¿está en un hospital?, ¿está a punto de morir, y es todo producto de su imaginación?, ¿es acaso el cielo? Y el niño, ¿es él de pequeño?, ¿es otra persona?
Vamos, que ya tardas con el capítulo II
|
|
¿Y el título? |
|
|
24-08-2006 11:03 |
|
Debo decir que por el momento tienes mi voto de confianza. La sensación de confusión la has conseguido retratar a la perfección; el ambiente estrambótico del principio también. Cabalas mentales me hago muchas sobre la trama y, viendo la calidad de la ejecución, confío en que no me decepcionará. Lo que sí que no me parece correcto es que con un título tan extraño no te hayas molestado en dar ninguna pista al respecto.
El tiempo dirá...
|
|
Excesivo |
|
|
21-08-2006 14:25 |
|
Está saturado este texto; demasiados adornos, muchos de los cuales, los menos satisfactorios, te los podrías haber ahorrado para que el relato puediera ser más comprensible, porque parece que te has olvidado de que esto lo tiene que leer alguien que no eres tú...
Hay también buenas cosas, buenos pasajes que hacen que me interese seguirlo, y un atisbo de lo que pasa (muy leve, eso sí, porque no se si está en coma por la explosión cuando se acercaba a casa de la novia, o soñando, o desvanecido simplemente...) cuyo tratamiento ulterior me puede interesar.
A ver cómo sigue.
|
|
Pretencioso |
|
|
19-08-2006 12:46 |
|
{message_hidden_body}
|
|
|
|
|
|