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Elvián y La Espada Mágica (5)


Relatos de Fantasía

25-09-2006 11:49
Por: Gandalf_Mithrandir

Elvián y su amigo Piri deben atravesar el terrible Pantano de los Espejismos, que les llevará al lugar donde se encuentra la Espada Mágica.

Capítulo 5.- El Pantano de los Espejismos

Cuando Elvián y Piri abandonaron el terrible desierto de Kelbo, siguieron manteniendo el rumbo. Viajaban siempre hacia el oeste, dirigiéndose a la Torre Negra de Malvordus. Durante todo el viaje permanecieron callados. Ni siquiera Trueno se atrevía a romper el silencio con sus alegres relinchos. A medida que avanzaban, el calor daba paso a unas temperaturas más suaves, cosas que tanto el príncipe como el nigglob agradecían. Ya no tenían que echar mano de sus cantimploras tan a menudo como antes.

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En un punto del camino, Piri se desvió un poco hacia el sur, aunque la Torre Negra estaba más al norte. Sin embargo, Elvián sabía a dónde irían primero. Antes de enfrentarse a Malvordus y rescatar a la princesa, el infante tenía que conseguir la Espada Mágica. Cuanto más cerca estaban del lugar, los sueños del príncipe eran más frecuentes, pero el último que tuvo fue diferente.

Elvián ya no se encontraba en una cueva, sino en una enorme habitación que le recordó a los juzgados de su país, aunque más que un juzgado le pareció una gigantesca sala de reuniones. Estaba en el centro de una serie de asientos que formaban círculos, unos dentro de otros. Ante él había un púlpito ocupado por un anciano que no podía ser otro que un Mago. Aunque al principio lo confundió con Astral, podía notar en su persona un poder mucho mayor que el de su amigo. Además, sus ropas eran grises y no llevaba ninguna pluma en su sombrero picudo. Entonces, comprendió que aquel hombre era Rashmond, el mayor de todos los Magos. Arrodillado ante él, estaba un enano de unos noventa y cuatro años, joven para los enanos, pues esa edad equivalía a veinte años humanos. Elvián miró los demás asientos y vio que estaban ocupados por otros hechiceros. Entre ellos reconoció a Astral, que ocupaba el asiento central de la tercera fila. El viejo Mago posó los ojos sobre él y sonrió. El príncipe distinguió el brillo de su túnica azulada y la hermosa pluma que atravesaba su sombrero, y sonrió a su vez. Astral se levantó y bajó las escaleras hasta que llegó al suelo, en frente de él.

-Hola, Elvián –dijo-. Me alegro mucho de verte.

-Yo también –respondió el príncipe-. Pero, ¿qué es este lugar? ¿Quién es ése que se arrodilla ante Rashmond?

-Esto es el Concilio de los Magos, en Rondor –dijo Astral, y señaló al enano-. Y ése es Garlic. ¿Te acuerdas que te dije que habían encontrado a un posible elegido para acabar con el Señor de la Oscuridad? Pues es él.

Elvián miró a Garlic y sintió una inmediata simpatía por él. En verdad se le veía muy joven, y sujetaba entre sus manos temblorosas una gran hacha gris, que parecía de plata, pero el príncipe sospechaba que se trataba de Mithril.

-Es el Hacha de Carahdras –dijo Astral-, la única arma que puede dañar al Señor de la Oscuridad. Pero no te he traído por eso.

-Entonces, ¿por qué?

-Sé lo que vas a hacer –respondió Astral-. Si vas a luchar contra Malvordus, acepta primero mis consejos. El brujo fue discípulo mío, por lo que le conozco bastante bien. No te fíes de él, ni le subestimes. Aunque su poder no es muy elevado, es un maestro del engaño. Esa espada que vas a buscar te va a ser muy útil. Brilla cuando detecta magia maligna. Ten cuidado en el Pantano de los Espejismos. No dejes que las visiones te engañen. Usa tu imaginación.

El príncipe quería hacerle más preguntas, pero tanto Astral como la sala empezaron a difuminarse, hasta que acabó despertándose, gritando del nombre del Mago. Piri, que estaba haciendo guardia, le miró extrañado, pero luego soltó una risita. Elvián le miró irritado, mas el nigglob seguía sonriendo. Al principio, pensó que le estaba tomando el pelo, pero luego vio que era una sonrisa amable. En ese momento, supo que el duende de los desiertos sabía lo de su sueño, y parecía que le animaba a tomárselo en serio.

-Ese amigo tuyo, Astral –dijo Piri-, sabe mucho de ese pantano. Haz caso de sus palabras. Si sabes hacer frente a los espejismos, el pantano no tendrá ningún problema.

Elvián asintió y se acostó en la hierba. Volvió a dormirse, demasiado cansado para soñar. A la mañana siguiente, el grupo se puso de nuevo en marcha. El ambiente estaba cada vez más enrarecido, y el suelo era más húmedo que antes. Significaba que se estaban acercando a la ciénaga. El príncipe olía un desagradable aroma a flatulencias y descomposición. Ante ellos vieron un cartel torcido y herrumbroso que ponía: “Peligro, Pantano de los Espejismos. Si aprecias la vida, no entres”.

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A Elvián, que caminaba de pie al lado de Trueno, le temblaron las piernas, pero Piri y su burro avanzaron despreocupadamente. Después de un rato, el príncipe se atrevió a internarse en la ciénaga.

La niebla era tan espesa que apenas podía ver al nigglob, que andaba delante de él. En algún punto, un cuerno graznó, y Elvián giró la cabeza en esa dirección, nervioso. Estaba tan absorto con las emociones y sensaciones que le embargaban que chocó con Piri, quien se había detenido para esperarle. La niebla era un poco más leve allí, pero un poco más lejos era todavía más espesa que antes. El nigglob señaló allí con la mano derecha, y dijo:

-Si te ponen nervioso los ruidos, tranquilo. A partir de ahí no oirás ninguno, sólo los de tu imaginación. Allí es donde empieza realmente el Pantano de los Espejismos. Es posible que me pierdas de vista, pero no te preocupes y sigue caminando en línea recta.

-Espero estar a la altura –respondió Elvián-. Nunca he estado en un lugar como éste.

Piri sonrió con amabilidad y le hizo una señal para que continuase andando. El príncipe empezó a avanzar al lado de Trueno, procurando seguir de cerca al nigglob, pero el Duende de los desiertos caminaba a un ritmo apurado, dejando atrás al infante y su caballo. Apenas veía a su compañero, que se alejaba cada vez más. Incluso tenía dificultad en reconocer la silueta de Trueno. El terreno era cada vez más blando, y sus botas se hundían hasta los tobillos. En algún lugar sonó un búho. El príncipe miró al caballo, pero el animal parecía no haberlo oído. El infante miró hacia delante. No veía a Piri por ningún lado. Gritó su nombre, y el nigglob contestó alegremente unos metros por delante de él. Elvián suspiró aliviado y continuó caminando. Sin embargo, los ruidos de los animales nocturnos seguían resonando en su cabeza, aunque era mediodía. Sólo falta que canten los grillos, pensó, irritado. En ese momento, un molesto “cri, cri” invadió el pantano.

El terreno se volvió más fangoso, y las botas del príncipe ya se hundían casi hasta arriba del todo. Elvián temía que sus ropas reales se ensuciaran. Tenía que haber preparado otros ropajes para el viaje. Volvió a llamar a Piri, pero esta vez no contestó. El infante tragó saliva, aunque no se detuvo. Recordaba que el duende le había dicho que era posible que lo perdiera, pero que tenía que seguir andando. Pero el miedo que sentía era cada vez mayor, y con ello los ruidos de los animales ganaban en volumen y precisión.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Un buen relato juvenil
25-09-2006 11:51
Me ha gustado mucho cómo has resuelto las escenas del pantano de los espejismos. Se podía palpar la tensión sin hacerlo demasiado sombrío. Me ha gustado mucho esta entrega, y eso que casi no me acordaba de las anteriores. A ver si continúas la historia.

   RE: Un buen relato juvenil
26-09-2006 13:17
Gracias por comentar y por las buenas críticas ;-)

Hoy mismo empiezo a pasar a limpio el nuevo capítulo ;-)




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