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Danse macabre
Nota para el lector. Debe saber el lector que, antes de leer esta “Sinfonía fúnebre”, es recomendable escuchar cada una de las piezas musicales de las que se compone el relato (y más aún, escucharlas en el momento apropiado para sacar el máximo jugo a las escenas y una excelente ambientación). Ya que ése es el objetivo de esta obra: juntar la música con la literatura. Jugar con las imágenes que puede crear una melodía.
Cada una de las escenas está inspirada en alguna pieza musical, piezas que todos nosotros, alguna vez, hemos escuchado, aunque tal vez sin llegar a identificarla como tal y sin conocer a su respectivo autor. El preludio al cuarto acto “La mañana”, perteneciente al Peer Gynt, de Edvard Grieg, la hemos oído cientos de veces, en anuncios y películas.
La intención, además, es de empezar de la manera más optimista posible, pero a cada pieza el relato se hace cada vez más pesimista. De ahí su nombre: “Sinfonía fúnebre”.
De manera que provéete para que puedas escuchar cada canción, o la parte precisa, mientras vas leyendo su respectivo capítulo (ya que este relato es un 70% música y un 30% letras). El texto no sigue con total precisión el avance de cada tema, es, más bien, un resumen de las sensaciones que uno puede tener al escucharlas.
Más de uno se encontrará con alguna grata sorpresa. Nada más, sólo desear una inolvidable experiencia.

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1.- Un despertar [Edvard Grieg: Peer Gynt. Preludio al acto IV. ‘La mañana’] o, si se prefiere, [Léo Delibes: Lakmé. ‘Dueto de las Flores’]
Eugenio Onegin despierta. En una cama de un paraíso verde brillante y azul celeste. En una habitación de un blanco impoluto, iluminada por el sol del mediodía. En una mansión propia de cuentos de hadas, que resplandece en mitad de un valle de hierba finísima, que mece un viento fresco, con caballos pastando.
Se oye el canto de los pájaros. Es una melodía deliciosa. Onegin estira los brazos, saluda al sol y abraza a la mujer que duerme junto a él, una muchacha preciosa, con un pelo rubio disperso en la almohada, como un puñado de azúcar cuando se espolvorea sobre una tostada con mantequilla.
¡Glorioso mediodía!
Despierta feliz y exultante. Irradia felicidad. Se encuentra con el desayuno servido diligentemente en una bandeja de plata y es al sorber el café, exquisito, cuando acaba de conquistarle una gloria absoluta.
¡ALELUYA!
Se queda un rato en la cama, jugueteando con Elisa (así se llama la muchacha), oliendo el aroma intenso de sus cabellos y del café, sintiendo que sus sentidos se deshacen en un arco iris. Elisa ríe en un tono encantador.
Es una melodía deliciosa.
[Para acabar un poco de sexo. Gioacchino Rossini: La Gazza Ladra. Obertura, o, si se da el caso, Frédéric-François Chopin (pronunciado ‘shopén’, como los bocadillos): Vals del minuto, o, incluso, si uno es muy habilidoso, Aram Khachaturian: Ballet Gayaneh. ‘Danza del Sable’]. El sexo, si no se ama, como quien no estira de la cadena cuando… ejem…
¡¡¡CUANDO CAGA!!!
2.- Hora de comer, parte 1. La flor, con su nata [Luigi Boccherini: Quinteto de Cuerda. Minué]
Dos de la tarde. Ya es hora de comer. Los criados lo anuncian con un triángulo majestuoso. Van todos vestidos de punta en blanco.
Acuden los comensales, entre ellos Eugenio Onegin y Elisa. Se celebra una gran fiesta, la Fiesta de la Aristocracia. Unos cuantos ricachones presumidos se reúnen cada año para presumir.
Es una comida refinada, con mucha educación y disciplina, cubiertos de plata, copas de cristal de Bohème y el mejor vino. Se sirven unos entrantes, consistentes en canapés de caviar iraní, de fiambres ibéricos, en especial el jamón de Jabugo [cinco jotas], los más preciados patés, huevos de caracol, boqueronis en vinagre y queso azul.
Luego se sirve una ensalada humilde, con lechuga, nueces, pasas, champiñones crudos, angulas, pedacitos de gambas y bogavante y cangrejo y aceite y vinagre de Módena.
Luego viene un primer plato, una fuente de marisco variado. Buey de mar, ostras francesas ‘Gillardeau No. 2’, almejas gallegas, percebes, cigalas, langostas…
De segundo plato, un foie con salsa de ostras y espuma de violetas. Finalmente, carrillera de ternera o cocochas de bacalao a elegir, ambos con ralladura de trufa y guarnición de verduras a la plancha.
Todos cogen sus respectivos cubiertos con tal delicadeza que cualquiera puede pensar que van a hacer una autopsia con ellos, y los utilizan en el orden correspondiente, eligiendo el correcto cada vez de entre los cincuenta y siete que componen el juego. Beben el vino (decantado una hora antes para oxigenarlo) cogiendo la copa de la base, pues así no se calienta, y lo huelen primero bailando con ellos un vals para comprobar que no está en mal estado, y se embelesan contemplando su luz reflejada en una servilleta; tras lo cual lo ingieren, lo paladean, lo escupen con disimulo para refrescar la boca (y, ya de paso, para que la hierba no crezca) y de nuevo lo trasiegan ya sin miramientos, pues han hecho la infalible demostración de sommelier experto pedante. Pueden, si así lo desean, mojar pan.
Con esto la chusma está saciada. Y entonces empiezan los primeros eructos.
2.- Hora de comer, parte 2. Súmmum, ‘Mareados en la Cumbre’ [Wolfgang Amadeus Mozart: Pequeña Serenata Nocturna. Allegro] para los postres, y, ya para el Allegro Liquoretto, [Jacques Offenbach. ‘Orfeo en los Infiernos’]
La elegancia ha devenido en charlas achispadas. Con la llegada de los licores, el espumoso y los prepostres y los postres estalla el júbilo.
Hay helados en dos texturas, con sirope, pétalos crujientes de flores y frutos secos. Varias fuentes enormes con bombones de una infinitud de sabores causan sensación. Los hay de paella, de fabada asturiana, de algodón de azúcar, de marisco [el aliento de un conde de esta ralea hiede siempre a marisco], de lágrimas de canguro y, si apuramos, de esencias de escupitajo de su excelentísima Paris Hilton.
Junto a estas amargas y dulces vituallas vuela el espumoso a raudales; llueven tapones de corcho sobre el valle de hierba finísima. Las copas se entrechocan, el regocijo se desborda, la risa se contagia y las lágrimas siguen el surco de las mejillas.
Una tarta. Una inmensa tarta para coronar semejante bacanal. Una tarta con relleno de marisco. ¿Será el estómago el mejor amigo del hombre?
Cada plato es repuesto con un bizcocho almibarado con una pasta rosácea bastante indigesta. Los comensales lo engullen sin prestar la más mínima atención al engrudo que se indigna a bajar por la garganta. ¡Que sigan las copas entrechocándose, y desbordándose el regocijo hasta que se pringue el suelo, y que la risa se contagie, y que fluyan las lágrimas! Ya se encargarán de ello los criados de la limpieza.
Durante un momento reina el desorden y la alarma. ¡Un momento! ¿Y los licores?, se preguntan todos. Algunos hipan. Algunos eructan. A algunos les entra la risa floja. Algunos se han dormido encima de la tarta y tienen engrudo en forma de moco escurriéndoseles por la nariz. Éstos se convierten enseguida en objeto de enjundiosos comentarios.
Por fin, tras unos segundos de incertidumbres, llegan las bandejas con vasos de distintos licores [aún no existe, por fortuna, el licor de marisco]. No es tiempo de paladear, es tiempo de sorber el alcohol como aspira una lavadora las bolas de pelo que vomitan los gatos cuando se acicalan, y de exclamar un “¡AAAAAHHHHH!” propio de los vaqueros malos de los western cuando se piden el güisqui más fuerte del saloon.
Todo acaba con un intenso color rojizo en las mejillas y sangriento en los ojos, algunos hipos que se combinan con eructos, algunos dolores de cabeza, muchos abrazos al estilo de ‘eres mi mejor amigo, tío’, muchos abrazos al estilo de ‘no sé por qué pero hoy te encuentro la mar de buena’, conversaciones con quien tú crees que está sentado frente a ti y muchos, muchos rostros sobre los restos de su plato de tarta con engrudo en forma de moco escurriéndoseles por la nariz.
3.- La hora de la siesta, parte 1. Badinerie [Johann Sebastian Bach: Suite No. 2. Badinerie]
A las cuatro de la tarde, tras una comida copiosa, no hay ser humano que se resista a una buena siesta. Excepto aquellos cuyo estómago (y cuyo cerebro) … (y cuyos pasos) aún anden cargados de buen licor.
Onegin, a la sombra de un ciprés (pues muy cerca de la mesa donde se acaba de comer, donde los sirvientes recogen los restos, hay un pequeño bosque), trata de cerrar los ojos y oír el suave canto de los pájaros. Melodía. Melodía también la de su cerebro, en concreto un andante con moto (por el pitido semejante a un petardeo que se le ha quedado enclaustrado).
Pero en lugar de ello no puede escuchar más que el jolgorio, que sigue a sus espaldas. No hay más que risas y berridos y ronquidos y eructos e hipos. Y por ello resulta inevitable que un par de ellos se acerquen, trotando y riendo como chiquillos, teniéndole como punto de mira. Se miran uno al otro con complicidad. Planean la broma de la tarde, esa que se comentará al día o semana siguiente, cuando traigan el champán y los licores.
Uno lleva un hierbajo, blandiéndolo cual arma para atracar un banco. Y lleva también una sonrisilla bien dibujada, que el otro copia. Los dos se le acercan por detrás.
Onegin se lleva las manos a la nuca y trata de cerrar los ojos. En medio del alboroto no es capaz de anticiparse a su llegada.
Ahora.
Una mano perversa.
El tallo, el hierbajo, sisea en el aire, ¡se acerca!, y se introduce en las fosas nasales de Onegin, quien estornuda sobre la hierba. Ya nunca más volverá a crecer.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Melanomanía |
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20-06-2007 22:14 |
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Siempre está bien encontrarse con otro melómano. Es una idea interesante la de acompañar un texto con música. Casi todo el repertorio lo conocía ya y no he podido evitar acordarme de la Sinfonía Fantástica de Berlioz. Ah, me gusta mucho el sarcasmo de todo el relato, ya te conozco bien después de tantos relatos tuyos reseñados... Pero casi mejor que no pruebo la esencia de escupitajos de la Hilton.
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Idea original |
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15-06-2007 15:34 |
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Una buena idea, además de original la de ir leyendo y escuchando a la vez los fragmentos de música que pones.
Buen trabajo.
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Impresionante |
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07-06-2007 09:10 |
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En primer lugar felicitarte Barón, tanto por la idea como por el esfuerzo que has desarrollado.
No me ha costado mucho encontrar los fragmentos en mi colección de música clásica, por que los has elegido populares y conocidos, Pero has hecho una buena elección.
Ha sido un placer volverlos a escuchar, y, de hecho, he desempolvado algunas recopilaciones que en su momento me hice y pienso disfrutarlas a lo largo de la mañana.
En cuanto al texto, tiene momentos brillantes, algunos en los que combinas su peculiar estilo sardónico con otros más terribles.
Curiosamente, y reconociendote la originalidad de la propuesta, he constatado como se repite un fenómeno muy común también en las traslaciones al cine de los clásicos. Cuando leemos o escuchamos algo, lo solemos traducir a nuestras propias sensaciones e imagenes, dependientes de nuestro propio talante y afinidades. Por eso, cuando la traducción la hace otra persona, a veces no coincide con la nuestra (v.g. el señor de los anillos en el cine, o muchos otros ejemplos).
Así, en mi caso he coincidido contigo en las interpretaciones que has hecho de algunos fragmentos, mientras que en otros no los he relacionado. Las emociones que me han transmitido la música y el texto no han sido afines, lo que no es en absoluto malo, sino, que al contrario, enriquecedor por la novedad que han supuesto.
Por ejemplo en la parte del banquete, nunca me había sugerido esa música referencias culinarias, sino más bien de bailes en enormes salones llenos de arañas de cristal y ropajes imposibles, pero nunca comida. O en el caso de la música del final, me trae reminiscencias más épicas que mácabras. Y, desde luego, mi caracter más prosaico ha chocado con la ironía de algunos pasajes.
Pero eso es la grandeza de la música de cualquier arte: la capacidad para inspirarnos cosas distintas a personas distintas.
Una gran labor y un placer, Barón, muchas gracias.
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