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La cruel historia de los habitantes de Villa Acullá mantiene a todos en vilo. Una palabra está en boca de todos: "Venganza".
El alcohol comenzaba a hacer mella en los soldados, que estaban reanimados de sus días de viaje. Fuera de la taberna podía escucharse el susurrar de la noche, sus insectos y sus bestias. El olor a quemado de la montaña de cadáveres estaba afortunadamente desviado por el viento. Los aldeanos observaban con atención a Jiménez, el anciano que había dado pie a relatar la historia de la venganza.
-Durante muchos años, señor, he vivido en Acullá. Conozco a todos sus habitantes como si fueran parte de mí. Cada vez que aquellos bastardos golpeaban a uno de nosotros era como si me golpearan a mí mismo -su voz estaba cargada de dolor y rencor.
-Entonces -preguntó Felipe ayudado por el vino- ¿por qué no os unisteis a aquéllos que lucharon contra ellos el primer día? ¿Sois acaso un puñado de cobardes capaces de quedarse mirando cómo atormentan a sus familias sin defenderse?
La sala entera se estremeció. Los propios soldados miraban sorprendidos a Felipe, que ahora estaba en pie. Enrique, también ayudado por el vino, trató de romper la tensión, aunque su mano acariciaba la empuñadura de la espada.
-Dejémosles hablar, señor.
Las miradas lanzaron chispas, pero por el momento Felipe accedió, tentado por la curiosidad.
-Toda el agua del pueblo -continuó Guillermo de pronto- hasta la última gota, sale de un pozo que habréis visto al entrar. El origen de su agua son las montañas: más arriba de Acullá se oculta el nacimiento del río, a varias horas caminando.
-Mi profesión -interrumpió Jiménez, el anciano- siempre ha sido de herbolario. En Acullá no es un buen negocio, pero mi conocimiento de la vegetación de estas montañas es muy elevado. ¿Sabe? En la época de lluvias que sucede al verano no me resulta difícil encontrar sabrosas setas sin alejarme demasiado del pueblo. Lo mismo ocurre con hongos venenosos.
Algunos soldados comenzaron a mirarse extrañados. Inquietos.
-El plan era muy sencillo -prosiguió Guillermo-. Jiménez debía conseguir todo el veneno que pudiera en un par de semanas. Mi mujer avisó a todo aquél que pudo para que acumularan agua a escondidas y, a partir de la última luna, dejaran de beberla del pozo. Samuel, uno de los hombres de Acullá, y yo partiríamos la noche anterior a esa luna, pero no lo haríamos hacia el camino, como ellos siempre esperaban, lo haríamos hacia la cima de la montaña, en la cual podríamos envenenar el pozo.
“Todo transcurrió según lo previsto. Samuel y yo ya teníamos el extracto que había hecho Jiménez de las setas; y Pilar había avisado a quien había podido.
-¿A quien había podido? -preguntó Enrique sobresaltado-. ¿Y aquellos que no lo sabían?
-Si levantábamos sospechas se acabaría nuestra única posibilidad de librarnos de ellos -respondió Jiménez-. Había que hacerlo aunque fuera peligroso.
Enrique se levantó de golpe, indignado. No podía entender cómo estaban dispuestos a envenenar a sus propias familias. De pronto se sintió mareado por el alcohol y volvió a sentarse. Guillermo continuó la historia.
-Cuando ya estábamos cerca del nacimiento del río, dos mercenarios nos alcanzaron. Eran un castellano y un vasco. Ambos iban armados con grandes cuchillos. Samuel me dijo que corriera, que él los detendría, pero me hubieran cogido de todas formas. Nos encaramos a ellos, sabiendo que derrotarles era la última posibilidad que le quedaba a nuestro pueblo.
“Quizá estaban agotados por el ascenso; o tal vez los meses de comodidades que habían disfrutado a nuestra costa les habían pasado factura. La cuestión es que no esperaban resistencia y lo pagaron caro.
“Samuel se lanzó como un loco contra el de castilla, tratando de sujetar el brazo del arma. Yo lancé un puntapié con todas mis fuerzas contra los testículos del vasco, aprovechando la confusión que le había causado la carga de Samuel. El tipo soltó el cuchillo para caer al suelo retorcido de dolor. Lo cogí y, con toda la fuerza que pude, lo hundí en su vientre.
“El castellano también había conseguido apuñalar a Samuel, pero éste gastaba sus últimas fuerzas en retenerle. Aproveché ese instante para apuñalar el costado del mercenario.
Los soldados se miraban entre sí, imaginaban la escena del campesino apuñalando a los mercenarios, dejando a su compañero herido para correr a envenenar el pozo.
-Primero pensamos que moriríamos -continuó Jiménez, Guillermo había callado recordando la muerte de Samuel; en su momento había optado por la única opción que le quedaba, pero ahora cuando lo recordaba la tristeza se apoderaba de él-. No sabíamos si habrían tenido éxito o no y las horas pasaban. Los recursos almacenados nos duraron solo un par de días. A escondidas y con los mercenarios campando a sus anchas no había sido posible abastecerse mejor.
“Algunos ancianos enfermaron y tuvieron que beber, también niños. Temíamos que sospecharan si descubrían que no consumíamos agua del pozo. Pero a los tres días enfermó el primer mercenario.
En ese instante Raúl se desplomó de la silla donde estaba sentado. Se había sentido mareado hacía varios minutos; había pensado que era efecto del alcohol y no había querido decir nada. Ahora deliraba en el suelo.
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