Terminal virus |
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26-06-2007 16:13
Por: salakov
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Relato seleccionado del III Certamen de relato joven, categoría Atlante de CiFi patrocinada por Minotauro
El informativo de la tarde dio la noticia. Llevaba semanas circulando de boca en boca y al fin se veía confirmada. Una nueva enfermedad amenazaba el mundo. Todavía no se conocían sus consecuencias, pero al menos los síntomas estaban bien definidos: psicopatía esquizoide, marcada desconfianza hacia sus semejantes, arrebatos homicidas esporádicos, negación absoluta del enfermo de estar infectado. La locutora los enumeró circunspecta. Seguirían informando.
El pánico se propagó rápidamente, a velocidad de rumor. Nada produce más miedo que lo que aún no se conoce. Toda conversación comenzó a versar sobre el tema, convirtiéndose pronto en la única comidilla: “Ay, Dios mío, una nueva enfermedad amenazando el mundo”, se lamentaban unos; “¿Y cómo anticiparse a ella si quien la padece la está ocultando?”, especulaban otros; “¿De qué manera afectará a nuestra vida?”, se preguntaban todos. El denominador común era la incertidumbre.
Semana a semana, con cuentagotas, fueron apareciendo más datos. Se aventuró que se trataba de un virus, que la dolencia era congénita, que, definitivamente, convertía en locos violentos a sus afectados. Muy violentos.
No tardó la gente en culpar a la nueva enfermedad de toda violencia, olvidándose de que ésta existía muchísimo antes de la aparición del virus. Es bueno tener algo a quien echarle la culpa. Además, amparándose en la existencia de dicho virus, todos los ya violentos se auto-proclamaron infectados, cargando sobre la enfermedad las consecuencias de sus actos. Ay, señor juez, que estoy muy enfermo, ya sabe, el virus...
Comenzó entonces una caza de brujas contra los violentos. Violencia para erradicar la violencia. Meses de patrullas ciudadanas y linchamientos públicos. No solo no funcionó sino que al de poco nadie supo distinguir entre los violentos y quienes les combatían violentamente. Pronto, todos parecieron infectados y se convirtieron en sospechosos, recelosos de sus vecinos, suspicaces de todo contacto humano.
Los síntomas pronosticados se estaban viendo confirmados. Y si de aquellas todavía quedó alguna persona cabal llamando al orden, anunciando su salud absoluta, proclamando que en realidad estaban teniendo miedo de la nada, fue acallado al instante por la turba irreflexiva. Al fin y al cabo, la verdad es la primera víctima de toda revolución y la negación de la enfermedad era signo inequívoco de estar infectado. A raíz de eso, nadie declaró nunca más su inocencia, ocultando su condición de sano, intentado salvaguardarse no se sabe muy bien de qué. Por si acaso.
Los informativos, por su parte, continuaron arrojando mes a mes datos alarmantes: no existía cura, ni vacuna efectiva, ni tan siquiera métodos de prevención ya que todavía se desconocía su medio de propagación. Después de tantos meses ni tan siquiera se conocían las consecuencias finales de dicha enfermedad. Realmente no se sabía nada más allá del primer rumor. Las noticias apenas arrojaban ecos vagabundos que repercutían en más ecos vagabundos.
Pero la gente buscaba verdades donde refugiarse entre el desconcierto. Aunque tuvieran que inventárselas. Adoptaron como axiomático que la enfermedad se propagaba por el contacto físico. Con tal rapidez que se estimaba que en menos de un año casi el 70% de la población global se encontraba afectada.
La pandemia parecía evidente. El miedo era palpable. Los Gobiernos decretaron el estado de excepción. Reinó el toque de queda. La gente empezó a encerrarse en sus casas con sus familias. Algunas durante todo el día. Privándose de la libertad pretendieron burlar la enfermedad. Las ciudades se convirtieron en corrales, rebosantes de gallinas asustadas.
A partir de ahí el único contacto de la gente con el exterior consistió en los informativos. Y, para mayor desgracia, los datos que éstos facilitaban cada vez se volvieron más desoladores. Mes a mes, las estadísticas indicaron un avance rápido e inexorable de la enfermedad. Las estadísticas no mentían. A mayor cantidad de gente encerrada en casa, mayor aparecía la estadística de infectados, ergo mayor miedo mutuo había, ergo más gente se encerraba en casa, ergo mayor aparecía la estadística de infectados... Pescadillas mordiéndose la cola en abrumadora progresión geométrica. Hasta el día en que los informativos también enmudecieron. Sus locutores, redactores, realizadores no fueron a trabajar. Se habían encerrado también en casa.
El mundo cayó entonces en la oscuridad. Las personas, ocultas en sus hogares y sin noticias del exterior, aumentaron sus suspicacias hasta lo inconcebible. Desconfiaban hasta de sus cónyuges y sus hijos, rehuyendo todo contacto innecesario, incluido el sexual. El miedo prevaleció sobre cualquier impulso afectuoso o reproductor hasta tal punto que la gente dejó de buscar o desear pareja. Castidad a nivel mundial. Lo que infinidad de enfermedades venéreas y de transmisión sexual habían intentado sin éxito conseguir a lo largo de miles de años, el nuevo virus lo había logrado.
Si la comida nunca se hubiera terminado hubieran seguido así, encerrados en sus casas, durante años. Pero se terminó. Y la gente tuvo que salir a la calle para buscar con qué alimentarse. Salían de noche, cobijándose entre las sombras para sentirse más seguros. Si durante su búsqueda se encontraban con otra persona, se atacaban como bestias, hasta la muerte, sin un motivo más concreto que imaginar al otro infectado. Toda capacidad de razonar se había perdido. Tampoco era nada nuevo. Los prejuicios preconcebidos eran más fuertes que la razón, el odio más fuerte que la humanidad. Los gritos llenaron las noches. El mundo se sumió en el caos.
Murieron a millones. Y cada una de esas muertes fue achacada a una enfermedad cuyas consecuencias eran poco más que especulaciones. Sin control, sin leyes, sin humanidad, se impuso la ley de la selva. A partir de ese punto sólo prevalecerían los más fuertes. Murieron miles de millones en pocos años. Los niños fueron los primeros en caer. Los adultos cayeron después. Y antes de morir, muchos de los que cuando presumían razonar habían depositado su credo en la existencia de razas o personas superiores, murieron sorprendidos por la ingente cantidad de mujeres y personas de raza negra que les sobrevivieron.
Apenas sobrevivieron unos pocos cientos de miles en todo el mundo. No duraron muchos años más. La idea de formar una nueva sociedad, de aliarse con sus semejantes, les aterraba. El imaginarse a sí mismos teniendo contacto físico con un igual les repugnaba. Se convirtieron en plantas carnívoras, vegetativas e impares, cerrándose sobre cualquier trozo de carne que se les acercase.
Así, aislados, individualistas, destructivos, sin descendencia, la especie caminó hacia la extinción. Un par de décadas bastaron. Se confundieron todas las profecías que durante tantos años atemorizaron al planeta anunciando holocaustos nucleares, cataclismos espaciales o mutaciones víricas. Bastaba un rumor para acabar con el mundo. Un triste y sencillo rumor.
Y al observar al último hombre de la especie respirar por última vez, muriendo en soledad, víctima de sus propios prejuicios, la enfermedad decidió abandonar el planeta. Su viaje debía continuar, la infección debía propagarse por toda la Galaxia. No era el primer planeta que dejaba desierto, ni tampoco sería el último. Al fin y al cabo, se dijo a sí misma, el Universo estaba repleto de mundos con seres igual de inteligentes, igual de ciegos, capaces de inventar la televisión y de no reconocer en ella a la peste de la mentira, al primer virus mediático de su corta Historia moderna...
La dependencia de las personas de la televisión es el hecho más destructivo de la civilización actual. - Robert Spaemann -
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Eskerrik asko |
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18-09-2008 23:03 |
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Gracias a todos por vuestras opiniones.
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Muy Original. |
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06-07-2007 13:53 |
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ME ha parecido muy buena, aunque siempre se puede explotar todo un poco más. Personalmente opino cómo akhul y creo que faltan personajes.
Sobre todo muy original y tratar el tema cómo una enfermedad cuándo no lo es,¿O quizás si?.
Cambiando de tema opino que el bien no depende del objeto sino del uso.
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Quizás no en el buen tono |
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03-07-2007 09:47 |
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La historia es muy interesante y la has presentado con muy buen ritmo. Me ha gustado mucho. Sin embargo, creo que podrías haberle sacado más jugo presentándola de un modo más cercano, menos expositivo; quizás narrada en primera persona, o con personajes individuales, hubiera adquirido más fuerza. Es cierto que para un relato es complicado, así que entiendo tu enfoque.
Espero leer más cosas tuyas.
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Bueno. |
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26-06-2007 16:52 |
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Me gusta la idea, aunque es previsible como va a ir transcurriendo de principio a fin, me gusta la fuerte critica social que haces hacia los medios de comunicación.
Ojala mas textos en este camino aparecieran. Así habría mas conciencia sobre la falsedad de todo con lo que se nos manipula.
Enhorabuena.
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Bueno |
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27-06-2007 10:10 |
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Sobre toda la frase final, que resume muy bien la moraleja del relato. Y es que es verdad todo lo que podría pasar por culpa del cuarto poder.
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Interesantes reflexiones |
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27-06-2007 20:40 |
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Una de las ventajas de la fantasia o la ciencia ficción es que permite poner la realidad bajo primas que nos hacen apreciar mejor sus miserias.
Pero en el fondo no pienso que el mal esté en los mass medias, que son solo instrumentos a traves de los cuales actua el autentico demonio del ser humano: su egoismo, que se traduce en hipocresia y cobardía.
En todo caso unas reflexiones muy interesanes contadas de un modo muy ameno.
El mal no esta ahi fuera...
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