El camino de la vida (1 de 2) |
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03-07-2007 14:48
Por: Sky Render
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Primera parte de un relato de ciencia-ficción, en el que un hombre atrapado en un cuerpo que no es el suyo se pregunta qué es lo que nos mueve a seguir viviendo
¿Señor Stone? Señor Stone, ¿puede oírme?
Las primeras palabras cayeron en su cerebro como una gran gota en un estanque de aguas llanas. Las ondas que produjeron reverberaron en su cabeza con una nota baja, suave, arrancándole de la inconsciencia que lo acunaba y zarandeando su mente como una hoja ante el viento de otoño.
Él esperó a que las ondas remitiesen, a que el estanque se calmase, para volver al delicioso limbo del que le habían sacado las palabras. Cuando la nota se apagó, sintió que volvía, lentamente, a la nada...
¿Puede oírme, señor Stone?
Las segundas palabras, sin encontrar ya el escudo de la inconsciencia, estallaron en su cabeza, mandando impactos de cañón a los muros de su cráneo y enviando violentamente su consciencia de vuelta a la realidad. Aquella vez, las palabras habían salido del interior de su cabeza, de eso estaba seguro. Estallado, eso es. Habían estallado, como fuegos artificiales, con la diferencia de que los fuegos artificiales se dispersan a los pocos segundos, lo que no se podía decir de la sinfonía de ondas de choque que en aquel momento tenía lugar en su cavidad craneal.
Señor Stone, si me oye, intente abrir los ojos.
Otro bombazo en mitad del cráneo. ¿Sería aquello la voz de la conciencia? Sí, el puto Pepito Grillo. El bichejo ya le había parecido repugnante la primera vez que lo vio en televisión. Hizo lo que le ordenaba, sólo para no tener que volver a oírle.
Abrió los ojos.
Ante él se presentó una caricatura infernal. Sobre él, recortándose contra una luz blanquísima, se cernían varias figuras oscuras. Pero lo infernal no fue aquel contraste, o lo altas que parecían las figuras, o el hecho de que no pudiera distinguir sus rostros a contraluz.
Lo infernal era que no las veía.
Sabía que había gente sobre él. Sabía cuál era su posición, y sabía cual era el color de la luz contra la que se recortaban.
Pero no las veía, no como lo hacía antaño. En su lugar, algo le pasaba información del mundo exterior, como si un mensajero le informara detalladamente de todo lo que había visto en lugar muy lejano.
Una de las figuras se inclinó más sobre él.
Bien. Ahora intente mover los dedos.
Era la voz. Otra vez Pepito Grillo. Aquella vez, nada estalló en su cabeza. Ahora podía oírla claramente, procedente de la sombra que se cernía desde arriba. Sin las ondas de choque, ahora por fin la oía...
No la oía.
La figura, en efecto, había hablado. Pero él no la oía, al igual que no la veía. Una vez más, algo goteaba significado directamente en su cerebro.
Movió los dedos, y no los sintió como solía sentirlos. En vez de eso, en el espacio donde debería estar su mano derecha unos dedos ajenos se movieron exactamente como se lo había ordenado.
Poco a poco, le fue llegando más información. Estaba tumbado sobre una plancha metálica de una dureza y frialdad que no le incomodaban, bajo una luz blanca procedente de un techo de idéntica tonalidad que no lo cegaba y que no calentaba su rostro. Las figuras se habían retirado, y conversaban en algún lugar a pocos metros de su posición.
Supo todo aquello sin sentir ni percibir nada. No como recordaba que se sentían y percibían las cosas.
“¿Qué está pasando? ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?”
Pensó esto no tanto por la necesidad de saber la respuesta como por la de hacer la pregunta.
***
–... No pudimos salvar mucho, ya que la mayoría de órganos vitales resultaron gravemente dañados durante el accidente. Integramos los pulmones en un respirador artificial, y el aparato digestivo también ha sido completamente eliminado. El aparato circulatorio ha sido sustituido en su práctica totalidad por el integrado en el sistema, y por consiguiente también se han eliminado los órganos correspondientes al sistema excretor. Sin embargo, pese a todo, la masa cerebral propiamente dicha sufrió daños menores, sobre todo si se tienen en cuenta las heridas de la zona facial, que también han requerido sustitución mediante receptores acústicos y visuales, así como un vocalizador que...
Maria Stone oía, pero no escuchaba. La técnico con la que se estaba entrevistando, la cual se suponía que debía informarle acerca de la situación de su marido, había pasado a relatarle los pormenores de una operación quirúrgica de precisión que a ella no le interesaban, en términos profesionales que ella no comprendía, empleando una cantidad de tiempo que ella consideraba inútil y adoptando un tono de voz más parecido al de un cajero automático que al de un ser humano.
Cualquier otra mujer, cualquier otra persona, se habría dado cuenta nada más verla que lo único que deseaba oír Maria Stone era si su esposo se encontraba bien o mal.
Bien o mal, y lo demás era secundario.
Maria siempre había tenido la firme convicción de que a ella nunca llegarían a afectarle ninguna de las múltiples desgracias que adornan las noticias de sucesos todos los días. Siempre había pensado que esa era la clase de cosas que solamente les sucedían a los demás.
Por desgracia, todos somos “los demás” para los demás.
Cuando Maria recibió la llamada telefónica que le comunicó que un tráiler de diez toneladas había aplastado el coche de su marido, Steven Stone, sintió cómo si un martillo hubiera golpeado el frágil cristal de su vida perfecta, haciéndolo añicos y dejando en el suelo las esquirlas para que las pisaran sus pies desnudos. Y cuando al llegar al lugar del siniestro le informaron de que Steven había muerto, fue como si todas y cada una de aquellas esquirlas atravesaran su corazón, lo hicieran trizas y después le dieran de comer sus pedazos.
Y fue por eso que, cuando alguien le dijo que aún había esperanza para su marido, Maria dijo “sí” a cualquier condición que ese alguien le impuso. En aquel momento no prestó atención acerca de ningún moderno sistema biomecánico, ni a ninguna reiniciación cerebral mediante impulsos electromagnéticos que permitían devolver a la vida a una persona en estado de muerte clínica.
Simplemente, le había sido formulada la sencilla pregunta de “¿quiere que su marido vuelva a la vida?”, a la que ella podía contestar “sí” o “no”.
Por ello, no comprendía por qué la mujer que tenía ante sus ojos no podía contestar “sí” o “no” a la sencilla pregunta de “¿se encuentra bien mi marido?”.
–Así pues, el daño cerebral es mínimo –la técnico proseguía con su inexorable charla–. Creo que puedo garantizarle, señora Stone, que las facultades mentales de su marido no se verán resentidas por este incidente. Podrá razonar y actuar de manera normal.
Aquella última frase sacó a Maria de su ensimismamiento. Se quedó mirando a la mujer de bata blanca como si la viera por primera vez.
–¿Quiere decir que seguirá siendo el mismo?
–Quiero decir que no tendrá secuelas psicológicas derivadas de ninguna lesión física en el cerebro. Lo que no quiere decir que saldrá de aquí como nuevo. Le llevará tiempo adaptarse a su nuevo cuerpo. Y, debido a que es la primera persona en el mundo en someterse a esta clase de cirugía, no podemos prever cómo se comportará en el futuro. El shock recibido es muy fuerte. Probablemente necesitará de todo el apoyo que usted le pueda dar.
Maria asintió lentamente, sin decir nada y clavando la vista en el suelo. Tras unos momentos de silencio, preguntó con voz queda:
–¿Puedo verlo?
La técnico esbozó una sonrisa por primera vez.
–En estos momentos no se encuentra consciente, así que no podrá hablar con él. No obstante, puedo decirle que está ya fuera de peligro. Sígame, por favor.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Un arranque muy interesante |
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10-07-2007 09:30 |
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Normalmente hubiera echado en falta más carnaza para que captaras mi atención, pero el ritmo y la prosa es tan agradable que te sumerges en ella y te transporta durante toda la narración. A ver qué tal ese desenlace.
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Interesante |
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04-07-2007 09:19 |
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Me parece un texto muy bueno, estupendo en forma y con momentos geniales ('el progreso científico hace ding', o o la reflexión sobre el color de las batas y del quirofano). Luego está que a mi tanta descripción sobre si es un estallido o una gota gorda no sea de mi gusto, pues prefiero empezar pronto con el meollo de la historia, pero probablemente a otros foreros más aficionados a la lirica le encantara.
En cuanto al planteamiento, sin dejar de ser clásico, me parece más propio de un guión o de una novela que de un relato de internet. Mi opinión es que aquí hay que tener cuidado con el tamaño y lo que se cuenta en él, y tiene demasiado dialogo para lo que la historia avanza, lo que hace que se pierda un poco el ritmo y el interés a medida que se avanza. La calidad del texto compensa en alguna medida este problema, que imagino que en papel se notará menos.
El argumento es interesante y engancha lo suficiente para querer leer la segunda parte, que será la que acabe de definir la opinión sobre la historia, y que desde luego promete.
Lo leeremos.
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muy bueno. |
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04-07-2007 09:44 |
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Lo lei ayer y escribí el comentario, pero no se porque motivo (mi red falla mas que una escopeta de feria) no se ha quedado.
Empiezo por lo que no me ha gustado. Personalmente los primeros parrafos abusan de "descripcion", dejandote algo frio frente a a historia en si mnisma. Es como morder muy deprisa el filete y quermarte un poco. Aunque esto es algo personal.
Me encanta la historia. Me parece original y muy bien estructurado, aunque el ritmo da saltos no me me da una mala sensacion.
Poco mas que decir hasta el desenlace, pero ya espero ansioso leerlo.
Enhorabuena.-
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