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A Agapito nadie le hace caso


Otros Relatos

02-08-2007 11:42
Por: Sky Render

Relato acerca de la desgracia de la soledad


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Hoy Papá tampoco ha vuelto a casa.

Mamá dice que tiene mucho trabajo y que por eso no puede pasarse por aquí muy a menudo. Cuando cree que Mamá no le oye, Mireya dice que Papá lo que tiene es unas pelotas que se las pisa (textual), porque él lo que en verdad quiere es estar tan poco tiempo como pueda en casa. Y le llama cabrón, gilipollas y otras cosas aún más feas. Carmen y yo no decimos nunca nada. Yo creo que hay que darle tiempo, y me parece que ella también piensa eso. Pero yo sé que muchas veces llora, también cuando cree que Mamá no le oye.

Las cosas no van bien en casa. Durante la comida, el ambiente se puede cortar con un cuchillo. Nadie dice una palabra. Carmen come despacio, con ojos tristes y apagados. Pobrecilla, a los siete años no tener a nadie con quien poder jugar y reír sin preocupaciones es horrible. Yo lo sé bien, porque tengo casi su misma edad y el mismo problema. A veces intento animarle haciendo cosas graciosas o cantando (Mamá dice que yo canto de maravilla), pero ella no me hace caso nunca. Como mucho, me dirige una mirada triste, desganada, y se va, cabizbaja.

Mireya le saca diez años a Carmen y ocho a mí. Yo aún puedo recordar cómo era hace cuatro años, cuando no gruñía, cuando sonreía, cuando jugaba con Carmen y conmigo, cuando quería a Mamá y a Papá. Hoy se ha puesto muy poca comida en el plato. Últimamente come muy poco y nunca tiene ganas de cenar. Mamá habla para decirle que coma un poco más, que está en los huesos, pero Mireya le echa una mirada llena de reproche que hace que ella lance un suspiro espeluznante y después se vuelva a callar. La verdad es que Mamá tiene razón, porque está cada vez más flacucha y tiene mal color, casi tanto como mal genio. Yo alguna vez le he llamado la atención sobre eso, pero ella como quien oye llover.

Mamá me da mucha pena. Ahora está comiendo con la cabeza apoyada en la mano, y tiene el rostro apagado, la mirada perdida y la expresión cansada que llevo viendo en ella desde hace ya bastante tiempo, demasiado. Ella es una mujer muy guapa, pero como le han salido ojeras y ya no se arregla, pierde mucho. Yo creo que está desbordada, porque trabaja mucho en casa haciendo la comida, lavando, planchando y limpiando; y todo ello sin que nadie le eche una mano. Prácticamente no sale de casa, y, al igual que Carmen y Mireya, ella ya no sonríe. Yo hago lo que puedo para levantarle el ánimo, pero para ella parece que ya no existo. Pasa lo mismo que con Carmen. Yo me siento muy triste con todo esto, pero me callo para no resultar una molestia.

Mireya es, como siempre, la primera en acabar. Se levanta de su silla y se marcha directamente a su habitación sin decir una palabra. Ni Mamá ni Carmen dicen nada tampoco. Al rato, esta última también termina de comer y se marcha, murmurando: “estaba muy rico”. Mamá se queda sola, con su plato aún sin terminar, junto a los restos de comida que tendrá que recoger. Entierra el rostro entre las manos y rompe a llorar. Yo intento animarla, diciéndole que estoy con ella y que la ayudaré, pero es inútil. Es como si no me oyera. La verdad es que últimamente nadie me hace caso. Me siento muy triste. Me duele el pecho, el corazón.

Ha habido una gran pelea en casa. Entre Papá y Mamá. Empezó ya muy entrada la noche, cuando él volvió de nuevo tarde a casa. Llegó bebido y apestando a alcohol y tabaco, e hizo tanto ruido al entrar que nos despertó a Carmen y a mí. Cuando Mamá, que le estaba esperando, le echó esto en cara, él montó en cólera y le empezó a insultar, diciéndole cosas horribles que no pienso repetir aquí, pero que a ella le hicieron un daño espantoso y le hicieron brotar las lágrimas. Carmen y yo mirábamos guardando la distancia. Ella lloraba, yo también.

Cuando Mamá le devolvió la pelota, llamándole vago, desgraciado y borracho entre otras cosas, él respondió propinándole un bofetón tremendo que le tiró al suelo. Justo en ese momento llegó Mireya, que había salido con sus amigos. Le dijo a Papá que se marchara, amenazándole con llamar a la policía. Ante eso, él nos insultó a todos y se marchó.

Ahora le tengo mucho asco a Papá. Es un cabrón, ha pegado a su mujer y no merece más que mi desprecio. Ahora Mireya y Carmen están consolándole, porque la pobre está fatal. Aunque la última hora ha sido horrible, no puedo dejar de pensar que al menos ahora Mamá tiene a alguien que le quiere y la apoya. Mireya dice que se alegra de que por fin haya reaccionado y le haya plantado cara a esa asquerosa basura (de nuevo, textual). Carmen sólo quiere que Mamá deje de llorar.

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Aún así, aunque a ellas les agradece sus esfuerzos entre sollozos, no tiene ninguna palabra de agradecimiento para mí, que también hago todo lo posible para reconfortarla. Están las tres abrazadas, llorando pero juntas, y a mí no me hacen caso. Ninguna me hace caso. Mi pecho duele, otra vez.

Duele, duele, y no se para. El dolor de mi corazón ha pasado de ser sordo y leve a ser intenso y constante. No sabía que la expresión “corazón herido” fuera literal.

Mamá ha pedido el divorcio. Esto le permitirá deshacerse de ese cerdo para siempre, o eso es lo que Mireya dice. Estos días llora mucho, y está muy triste, pero como todos le apoyamos lo lleva mejor de lo que cabría esperar. Bueno, he dicho “apoyamos”, pero la realidad es que Carmen y Mireya lo hacen todo. Últimamente, como ya he dicho, parece que no existo. Pero como Mamá está tan triste, me aguanto y no me quejo; pues sólo faltaría que añadiera una preocupación más a la familia.

Me siento muy solo. No puedo alegrarme por Mamá, porque me duele mucho el pecho. No sé si lo aguantaré mucho más. Quiero que termine, y que todo vuelva a ser como antes.

Es completamente insoportable. Ahora, además de dolor, siento una presión muy fuerte en el pecho que me dificulta la respiración. También siento que tengo el cuerpo muy caliente. La frente me arde. El calor me hace jadear, lo que sólo hace que aumente el dolor.

Mamá ya está un poco mejor. Mireya y Carmen también están más animadas, sobre todo la primera, que está haciendo todo lo posible para sacar de nuevo las cosas a flote en la casa. Está irreconocible. Ya no sale con sus amigos, de tanto esfuerzo que invierte en limpiar, cocinar y ayudar a Mamá en los quehaceres diarios.

A estas alturas yo ya no puedo estar callado. Duele demasiado. Además, ahora que las cosas parecen ir mejor ya no me importa decir nada.

Primero se lo digo a Mireya, que está pasando el polvo por el salón. Le cuento lo del dolor, que lleva muchos días atormentándome y que ya no puedo más. Mientras se lo cuento todo, ella no deja de deambular por el salón, limpiando y ordenando. Poco a poco, me voy dando cuenta de que ni siquiera me mira. Al igual que ha pasado en las últimas semanas, para ella es como si yo no existiera.

“Está muy ocupada”, pienso. “Probaré con otra persona”.

Al rato Mireya se va. Poco después aparece Carmen y enciende la televisión: es la hora de sus dibujos animados favoritos. Su presencia me reconforta, pues esa niña de mi misma edad me adora desde siempre (como yo a ella) y sé que me escuchará. Por eso, vuelvo a contar todas mis penas, igual que hice con Mireya. Le cuento que no sólo siento dolor físico, sino que también me duele la soledad, que hace que todo parezca cerrarse a mi alrededor, asfixiándome. Pero ella sigue viendo la tele, sin prestar atención a lo que yo digo. Sus ojos verdes siguen fijos en la pantalla, y su cara no cambia de expresión.

Cada vez estoy más desesperado. Carmen, la pequeña y dulce Carmen, tampoco me escucha. Para ella tampoco existo. Mientras me hundo cada vez más en la pena y el dolor, ella sólo tiene ojos para su programa favorito de televisión.

Llega Mamá. Tiene ojeras y parece cansada, pero comparada con cómo estaba hace unos días ha mejorado mucho. Se sienta junto a Carmen y se pone a mirar también los dibujos, pasando un brazo por encima del hombro de ella. Para mí, verla llegar es una bendición. Es una bendición porque sé que Mamá sí que me quiere, y sé que me prestará atención, me escuchará y me ayudará como siempre ha hecho. Porque si hasta ahora no compartía mi dolor no era debido a que yo no le importara, sino porque tenía que cargar con su propio dolor. Y ahora que ya se ha recuperado, sé que me curará. Lo sé, porque es Mamá, y Mamá me quiere más que a nada.

Cuento por tercera vez lo que siento, lo que me impide vivir. Pero esta vez lo hago con verdadera desesperación, con los ojos llenos de lágrimas, haciendo aspavientos; pues sé que, en el fondo, ésta es mi última oportunidad. Si Mamá no me escucha, será el fin para mí. Pero sé que no es así. Que jamás será así.

Cuando acabo de hablar, veo que mamá no ha despegado los ojos de la pantalla.

Siento que me ahogo, pero no por el dolor. Me mareo, pero no por la presión horrible que estruja mi pecho. Me siento morir, pero no se debe a la misteriosa enfermedad que tengo, sino porque acabo de descubrir que estoy solo.

Mamá no me escucha. Carmen me ignora. Mireya pasa de mí.

El dolor aumenta.

¿Por qué nadie me hace caso?


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Me muero. Ahora lo siento, está claro como el agua. Sea lo que sea, esta enfermedad que tengo ha acabado conmigo.

No he vuelto a hablar con nadie desde que descubrí que estoy solo. Sé que es inútil. Tampoco he comido ni bebido nada desde entonces. No tengo apetito. Y, de cualquier modo, nadie parece preocuparse por mi alimentación.

Parece que en casa las cosas vuelven a la normalidad. Me da igual. Mamá vuelve a sonreír. Me es indiferente. Carmen y Mireya parecen más felices. Y no podría importarme menos. En cuanto a Papá, hace mucho que no le veo, pero no me importa. Es un cerdo. Pero ahora sé que no sólo él lo es: toda mi familia es una asquerosa piara de cerdos que viven en la pocilga llena de basura que es esta casa. Les desprecio mucho, les desprecio no solamente por abandonarme sin motivo alguno sino también por ser tan asquerosamente felices mientras yo muero en silencio. Ni siquiera sé cómo pude quererles alguna vez. Ahora, esos momentos me llegan a la mente borrosos, irreales. O bien visto, quizá lo que ahora recuerdo sea una realidad, pues esos momentos fueron efectivamente irreales; mentiras, falacias, engaños. Todo fue una horrible farsa.

Ya siento que me llega la hora. Lo noto en los huesos, en el corazón. Mi vida no pasa ante mis ojos: no permito que lo haga. Odio mi vida. Y si odio mi vida es por culpa de esos cerdos a los que tanto desprecio, que la han envenenado. Y si muero lleno de rencor y resentimiento es por ellos, porque me abandonaron cuando más los necesitaba a pesar de que yo a ellos nunca, nunca les abandoné.

Dedico a todos un último pensamiento de odio y me hundo en la nada.

* * * * * * * *

-Mamá, Agapito se ha muerto.

“Vaya por Dios”, pensó Beatriz. Le parecía que habían pasado años desde que pensó por última vez en Agapito. Y ahora, al parecer, había muerto. Pobrecillo, se dijo mientras acudía junto a su hija menor, que señalaba la jaula que había encima del mueble del salón. Miró en su interior y vio el cadáver. Estaba en el suelo, rodeado de excrementos, de espaldas, con los ojos negros medio cerrados y las patas pegadas al cuerpo, en una posición que a Beatriz se le antojó casi cómica.

-Carmen, hija, alcánzame el recogedor... No, mira, déjalo. Tiraremos la jaula entera a la basura. En cualquier caso, ya no nos hace falta.

-Mamá, ¿por qué se ha muerto Agapito?

-No lo sé, hija. Supongo que era ya muy viejo. Para los pájaros los años pasan más deprisa que para ti, cielo -dijo, dedicándole a la pequeña una sonrisa.

-Hacía mucho que no le oía cantar -comentó Carmen. “Tampoco parece que le importe demasiado”, se dijo Beatriz. “Los niños son cada vez menos sensibles”. Claro que a ella misma tampoco le partía el corazón la muerte de Agapito, pero ella era una adulta, y dentro del amplio esquema de su vida, aquel fallecimiento no era de mucha trascendencia.

La mujer bajó la jaula al contenedor. Se dio cuenta mientras lo hacía de que al animal le faltaban la comida y el agua. No se había acordado de reponérselas. No se sintió culpable de ello: en las últimas semanas habían pasado demasiadas cosas, y Beatriz no deseaba complicar más su vida por una nimiedad como aquella.

No obstante, justo antes de arrojar la jaula dentro del contenedor, echó un último vistazo al pájaro muerto. Sintió una punzada de nostalgia al recordar cómo trinaba por las mañanas, y otra pizca de culpa, al ocurrírsele que quizá podría haber prestado un poco más de atención al animalillo.

Acto seguido, desechó aquellos pensamientos y tiró la jaula a la basura.

A fin de cuentas, se dijo mientras subía las escaleras de su casa, la vida es demasiado complicada como para andar preocupándose por un canario.


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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Bueno
06-10-2007 11:58
Me ha gustado , aunque yo también dudaba entre la mascota y un niño has mantenido bien la intriga y la tensión.

No sé porque será pero me ha dado por pensar que las prisas con las que vivimos hacen que no hagamos caso a cosas que realmente importan....

   Entretenido
02-08-2007 11:45
He estado dudando entre el niño muerto y la mascota desde la mitad del relato...

Aun así, aunque no busques una gran originalidad, el relato está bien escrito y resulta muy ameno. No se puede decir que el planteamiento sea simple teniendo en cuenta el "narrador"

   Me ha gustado mucho
03-08-2007 09:33
Debe ser porque soy muy aficionado a los animales, pero la verdad es que me ha gustado y me ha emocionado. Tanto la primera parte, más social, donde la visión de lo que sucedía desde un punto de vista simple realza más la tragedia cotidiana, como en la la segunda parte, cuando el drama se vuelve tal vez menos importante, pero a la vez, mucho más emotivo.

Me ha parecido original el tratamiento de la mascota como un miembro más de la familia desde su punto de vista y como vive lo que le sucede con igual intensidad.

También me ha parecido muy bien escrito, lo que ayuda a meterte en la historia.

Lo único en lo que discrepo es en pensar que a agapito le ignoraran tanto y le dejaran morir de hambre. Tal vez de soledad, puede, pero que se deje de cuidar a un animal que depende totalmente de tí, me parece de una crueldad intolerable. >:-(




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