El camino de la vida (2 de 2) |
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18-07-2007 12:02
Por: Sky Render
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Segunda parte y final de un relato de ciencia-ficción, en el que un hombre atrapado en un cuerpo que no es el suyo se pregunta qué es lo que nos mueve a seguir viviendo
La vida de Salvador Mena no había sido últimamente un camino de rosas. Hacía veinte años que emigró con su mujer, Victoria, a los Estados Unidos en busca de empleo. Si bien al principio hubo dificultades debido a la salud frágil de él, al final Victoria se las arregló para encontrar trabajo en unos grandes almacenes. A partir de ahí las cosas fueron sobre ruedas, ya que con el paso del tiempo la mujer hizo ver su eficiencia y fue ascendida al puesto de encargada de planta, con su correspondiente subida de sueldo. Y mientras ella traía dinero a casa, él se encargaba de las tareas domésticas. Aquellos fueron unos años felices y prósperos para ambos, años que aprovecharon al máximo, felices de que su destino hubiera tomado, al fin, un nuevo rumbo.
Pero, como dicen, las cosas buenas se acaban enseguida.
Mena y su mujer decidieron que, con su situación económica bien afianzada, era el momento de tener descendencia. Para los dos, los meses que pasaron de gestación fueron casi mágicos, viendo desarrollarse lentamente al bebé, enterarse de que iba a ser una niñita preciosa, a la que llamarían Clara, preparar su cuna y todo lo que necesitaría cuando naciera... Juntos, esperaron pacientemente el día en que nacería su hija.
Victoria Mena murió dando a luz.
Fue tan repentino como el rayo que cae sobre el árbol, y así de demoledor. Una incontrolable hemorragia interna se llevó a Victoria en menos de media hora, dejando a Salvador Mena con el corazón devastado y con su hija neonata en brazos.
Para Mena los días siguientes fueron peores que la peor de las pesadillas que pudiera soñar cualquier hombre. Sin dinero y con una hija que alimentar, deambuló de un lado para otro en busca de empleo, sin tiempo siquiera para llorar la muerte de la persona a la que tanto había amado. Pero nadie accedía a sus ruegos. Nadie quería contratar a un sudamericano sombrío, desgarrado por la pena y con aspecto enfermizo.
Si hubiera estado en su mano, Mena se hubiera quitado la vida en aquel mismo momento, tal era su depresión. Sin embargo, la perspectiva de dejar sola a su hija recién nacida le infundió fuerzas para seguir. Tragándose su dolor y alzando el pecho, se dejó la piel en encontrar algo que les permitiera sobrevivir a Clara y a él. Desde entonces, el hispano había estado realizando todo tipo de pésimamente pagados trabajos temporales, que le proporcionaban el dinero justo para que pudieran tener algo de comer. No obstante, el agradable estilo de vida de Mena se truncó, y ahora él y su hija vivían precariamente, sin lujos y teniéndose sólo el uno al otro.
A Steven le resultaba incomprensible que aquel hombre todavía pudiese reír de aquel modo, con tanta sinceridad. De hecho, era increíble que pudiera siquiera llegar a sonreír. Pensaba que él mismo era desgraciado, pero jamás pensó que se encontraría con semejante historia, que ponía en ridículo a muchas novelas dramáticas.
Pero lo que más le asombraba de Mena era su voz. Aunque seca y rasposa, era una voz profunda y cálida, con tonos de oleosa resonancia, como el sonido solemne de un cuerno de roble, una voz casi tangible que evocaba recuerdos de algún juguete de madera de una niñez pasada hace ya mucho tiempo, viejo y polvoriento, pero aún poseedor del mismo tacto y volumen de antaño, devolviendo un poco de luz a un corazón que hace mucho que perdió la inocencia.
Una voz que él podía sentir. De alguna extraña manera, aquella voz le llegaba al alma, traspasando el escudo de su cuerpo ficticio para llegar a su corazón. Y ésa era la razón, más que ninguna otra, de que Steven no se sintiera en absoluto cansado de escuchar a aquel hombre.
–Bueno, debido a que estoy sin blanca, el único mirador del Bryce Canyon al que podemos acceder sin pagar es éste, que se encuentra fuera de ruta. ¡Pero no me negará que tiene una buena vista! ¿Eh? –el hispano soltó una sonora carcajada.
A Steven se le encogió el corazón. Otra vez aquella risa.
–Me sorprende que pueda todavía reírse usted así, señor Mena –dijo.
–Salvador, por favor. “Señor Mena” me hace sentir aún más viejo –el aludido carraspeó sonoramente–. Bueno, tampoco se puede decir que yo sea el hombre más desgraciado del mundo, ¿no? Quiero decir, no todos los días se te cae un camión encima, ¿verdad? –dijo, mirando a Steven de reojo.
–Yo ya estoy curado –dijo éste, bajando la mirada. Ni él mismo se creía lo que acababa de decir.
El problema radicaba en que todos los demás sí lo creían.
–¿Lo dice en serio? A mí me parece que está usted hecho polvo –afirmó Mena–. Y no creo que se sienta muy cómodo metido en esa lata de conservas, ¿no? Es decir, que yo preferiría tener un cuerpo de carne y hueso, si usted me entiende.
Cuando los sensores auditivos de su cabeza captaron aquellas palabras, la cara de Steven se alzó como impulsada por un resorte. “¿Qué?”
–¿Usted... Usted no cree que yo pueda vivir en este cuerpo, señor Me... Salvador?
–¿Cómo, “en este cuerpo”? Uno no vive en un cuerpo, sino que el cuerpo forma parte de uno, ¡demonios! Polvo eres, y en polvo te convertirás, como me gusta decir. Pues polvo somos, polvo salido de la tierra y que, eventualmente, vuelve a ella. Puede que los demás crean que hay vida fuera de este pedazo de carne, pero yo estoy seguro de que no es así. Y apostaría a que no soy el único, ¿mmm? –el venezolano le dedicó un guiño.
Esas palabras, más que cualquier otra que hubiera oído en su vida, conmovieron profundamente el corazón de Steven. Al fin, después de lo que le había parecido una eternidad, alguien comprendía, al menos en parte, cómo se sentía. Aquellas pocas frases habían caído encima de la pila de consejos vacíos y falsas muestras de apoyo que había recibido en los últimos meses, pulverizándolas bajo el peso de su significado y mandando sus restos al olvido.
Si hubiera podido llorar, probablemente lo habría hecho.
–¿He dicho algo que le ha sentado mal, Steve? –dijo Mena con tono de preocupación.
Parecía que su cara, incapaz de traducir las emociones en expresiones faciales, se había limitado a la inexpresividad.
–No... No, Salvador, en absoluto. Yo... Bueno, yo, vaya, no esperaba esa actitud de usted, eso es todo –acertó a responder.
–Pues claro que no –convino Mena–. Cualquier otro se hubiera limitado a decir aquello de “mientras el alma esté en paz, se puede alcanzar la felicidad”. Pero me temo que yo no creo en conceptos vagos y a medio hacer como el de “alma”, o “espíritu”, si lo prefiere.
–¿Es usted ateo?
–Supongo que sí. O no, no lo sé. La verdad es que nunca me he preocupado realmente acerca de la existencia de un ser superior, o cualquier equivalente. Soy un materialista, Steve; me importan las cosas que puedo ver, oír, tocar y sentir. Y lo único que me quita el sueño es no poder disfrutar del tiempo que se me ha concedido, intentar sacarle el máximo partido a mi vida. No sé si me explico.
–Debe referirse a cumplir una meta en la vida –adivinó Steven–. Algún sueño que usted tenga, o...
–¡No, demonios! ¡No! –por alguna razón inexplicable Mena parecía de pronto irritado– Creí que alguien como usted lo tendría claro. Cosas como los sueños o el objetivo no son más que malentendidos que la gente comete continuamente. Escuche, muchas personas se fijan metas, a corto, medio o largo plazo, que les sirven, o creen que les sirven como punto de referencia para seguir adelante, como una especie de faro. Y le aseguro que toda esa gente verá esas metas, esos sueños, destruidos en algún momento. E incluso si consiguen cumplirlas, ¿qué harán para seguir adelante entonces? ¿Ponerse otra meta? –negó con la cabeza–. Al final, todos acabarán de la misma manera, con un sueño sin cumplir o sin rumbo fijo.
Aquello último dejó a Steven un tanto trastocado.
–Lo que dice no es muy... alentador, que digamos –dijo, mientras ordenaba a sus labios sintéticos que se curvaran en una sonrisa.
–¿No? ¿Cree que sin un sueño no tiene sentido vivir? Y, para empezar, ¿tiene algún sentido vivir? No, no –Mena volvió a reír, sacudiendo la mano de un lado a otro como espantando una mosca imaginaria–. Incluso con sus sueños rotos, las personas pueden seguir adelante siempre que puedan disfrutar de los pequeños placeres que da la vida.
–¿Los pequeños placeres?
–Exacto. Degustar un plato o una bebida excepcionalmente buenos, comprarse un coche nuevo, disfrutar de la compañía placentera de la pareja, e incluso contemplar un bello paisaje como hacemos nosotros ahora mismo –extendió una mano hacia el valle, al fondo–. Incluso una persona que no persiga nada concreto en la vida puede llegar a sentirse feliz y dichosa si no se le priva de esa clase de cosas.
A continuación lanzó a Steven una mirada inquisitiva, con una ceja elevada.
–¿Puede usted disfrutar de esos placeres, Steve?
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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¿Influencias de Cohelo? |
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18-07-2007 12:04 |
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Un particular cuento de navidad contado con parsimonia. Me ha resultado muy agradable leerlo. Espero que sigas mandándonos cosas...
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Me encanta. |
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19-07-2007 16:06 |
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Me parece una reflexión muy bien contada, ya me gustó el primero, y la continuación ha confirmado lo que se preveía.
Buenas ideas (comparto mucho de lo que expones) expuestas con una historia original, se plantean muchas prespectivas y lo haces de forma amena.
Por ser pesado diré que en alugunos puntos quizá podrías haber revisado el ritmo. De forma que la misma exposición tuviera varios "episodios" (si hablan de la decisión, que empieze y acabé, lo mismo con lo de los objetivos... quizá plantear un miniplanteamiento-mininudo-minidesenlace; de forma que los puntos vayan sucediendose en lugar de entremezclarse)
Enhorabuena de nuevo.
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Una puerta a la reflexión |
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18-07-2007 14:37 |
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Un buen relato, magnificamente escrito. El estilo y la forma es impecable. Únicamente se le podría reprochar un par de bajadas de ritmo (durante la exposición de sr. Mena -ironico salvador- y al final) si fuera un relato de ciencia ficción, pero como no lo es, sus recursos son otros y el ritmo es impecable.
Porque para mi es un texto que habla de la vida y del ser humano y lo que significa, y de este modo invita a la reflexión y lo hace de un modo ameno y lucido. No comparto el fondo, del que podría discutir mucho, pero admito que aporta argumentos interesantes.
Enhorabuena, espero ver más textos tuyos por aquí.
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