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Volver a casa


Otros Relatos

15-08-2007 10:08
Por: manheor

Volver a casa.

Miedo. No mira atrás. Miedo, disparos a su espalda. No mira atrás. Las ramas de la arboleda de la selva se mezclan con el suelo en una maraña espinosa e impenetrable. Benguele no detiene su paso, lo acelera, sin pensar en el dolor de sus brazos, que se laceran con las espinas de las zarzas, sin que su raído uniforme verde pueda apenas protegerlo de los cortes, sin pensar en las lágrimas calientes que aún corren por su rostro, después de tanto tiempo sin poder llorar, sin pensar en las caídas y el olor del barro pegado a su cara, en el abrazo de las serpientes y en las fauces de las panteras, y, por encima de todo, sin pensar en el terror que ocurriría si lo encontraban.

volver a casa
Después de mucho correr, tanto que sus piernas le han dejado de doler, llega a un claro pantanoso en el que un agua sucia y marrón, llena de excrementos de animales y verdín, le llega a la altura de los tobillos, pero Benguele se muere de sed y cuando inclina su cabeza y siente cómo baja por la garganta el líquido espeso y caliente, se permite un instante de felicidad. Sabe que lo están buscando, sabe que es probable que lo encuentren, y sabe lo que ha pasado y lo que significa haber abandonado su puesto, pero todo ello no puede apagar en él la alegría, simple y pura, de hacer que esa pasta seca y ardiente que quería quemar su garganta se haya ablandado un poco. Bebió tres veces más antes de saciarse y limpiar su boca con la manga de la camisa del uniforme. El uniforme, las manchas marrones y el verde descolorido. Recuerda el día en que lo vio por primera vez; hacía ya tiempo que lo había apartado de su memoria.

Benguele jugaba con su hermano Mogué, mientras mamá hacía la comida, esperando a que papá volviera de trabajar en la plantación; aún faltaba un buen rato. Jugaban a su juego favorito, al que habían inventado cuando Mogué todavía caía al intentar correr con su hermano. Uno cerraba los ojos y el otro tenía que acercarse y tocarle los pies al que esperaba, sin que éste le tocara antes de hacerlo. Siempre acaban riendo. Benguele tenía los ojos cerrados y no se movía, tratando de escuchar cada sonido que llevaba el viento, viendo la mano de Mogué a su espalda gateando para tocar su... Alguien le cogió el hombro con fuerza, era su padre, no debía llegar tan temprano. Los metió en la casa y les dijo que no dijeran nada, luego comenzó a hablar con mamá cada vez más nervioso y más alto; su madre lo escuchaba en silencio pero estaba muy pálida.

Benguele no había visto nunca a sus padres así y estaba asustado. Sin entender qué ocurría, comenzaron a coger cosas de la casa, aquello que Benguele, Mogué y sus padres podían llevar mientras andaban. Benguele entendió que dejaban su casa para siempre, pero no entendió por qué. Un rugido creciente les llegó desde fuera. Las manos de su padre se quedaron inmóviles en el aire, se llevó una a los labios y salió afuera. Pronto el ruido se hizo más fuerte y se detuvo, y las voces de unos hombres se escuchaban junto a la de su padre. Su madre retorcía las manos nerviosa y, después de hacerles jurar que no saldrían, se perdió detrás del manto que cubría la entrada. Benguele abrazó a Mogué que estaba empezando a llorar y, sin soltarlo, se acercó a la puerta y levantó dos dedos del manto para ver qué ocurría. Sólo veía a su padre agitar las manos y a alguno de los hombres, apoyados contra el jeep que se encontraba aparcado frente a su casa, a un lado del camino.

volver a casa
Antes de que Benguele pudiera entender qué ocurría, dispararon a papá dos veces en la cabeza, y muchas más cuando ya estaba en el suelo y no se movía; luego cogieron los machetes, y le cortaron las manos y el cuello. Benguele lloraba, mordía y arañaba mientras les agarraban por los brazos sacándolos fuera de la casa a él y a su hermano. Benguele no dejaba de pelear intentando soltarse y uno de aquellos hombres le golpeó con la culata de un rifle en la cara. Luego cogieron una botella, la rompieron y agarraron a su madre por el pelo. Le abrieron las piernas. Ella gritaba pidiéndoles que no le hicieran daño a él y a su hermano Mogué. Le hicieron daño. Los gritos de mamá eran más bajos, pero los hombres seguían encima de ella, todos. Le hicieron daño. Luego cogieron a Mogué, a su hermanito, y le pusieron una pistola en las manos. Le dijeron que disparara a mamá. Mamá no escuchaba, casi no respiraba. Benguele le gritó que no lo hiciera, el hombre del rifle lo golpeó otra vez. Mogué miraba la pistola con lágrimas en los ojos, callado, sin decir nada. Benguele seguía gritándole que no lo hiciera. Los hombres empezaron a enfadarse y acercaron un machete al cuello de Benguele. Mogué miró a Benguele con los ojos muy abiertos. El disparo resonó en la casa y luego hubo silencio.

Benguele estaba caído, de rodillas sobre el suelo, sujetado por los hombros y con los ojos cerrados, llorando sin apenas hacer ruido. Los hombres se reían y le dijeron a Mogué que lo había hecho bien, pero que ahora tenía que matar a Benguele. Mogué apuntó a su hermano con el arma y lo miró a los ojos. La pistola cayó al suelo, a los pies de Benguele. Los hombres comenzaron a golpearlo y luego a patearlo en el suelo. Se oyó un disparo. La cabeza de Mogué tenía un hueco de bala, un humo azul nacía de él y subía hacia arriba. Los hombres se quedaron asustados y sin moverse durante un rato, mirando cómo Benguele sujetaba el arma sin dejar de mirar a su hermano.

Los brazos de Benguele cayeron y los hombres respiraron. Lo agarraron por los hombros y lo hicieron caminar mientras le prendían fuego a la casa. Benguele recordaba el sabor de la pólvora de su primera comida con los hombres de uniforme y a sí mismo poco después, vaciando los casquillos en ella para los nuevos soldados, recordaba cada una de las caras que había matado, caras de niños como él, tan cerca antes de apretar el gatillo que su sangre le salpicó la cara, siempre estaba caliente y recuerda el hoy, su huida y Eneco. Eneco había llegado un año después de que Benguele perdiera su hogar, lo cuidó y mimó como un hermano, lo salvó de la muerte muchas veces; era lo único que ya le quedaba en su universo.

Y hoy ese universo había estallado por debajo de la cintura de Eneco, en la planta de sus pies. No pudieron moverse a recoger el cadáver por miedo a que hubiera más minas; Benguele sólo podía ver los ojos de terror, y la boca abierta y congelada de Eneco, muriendo con miedo. Fue una hora más tarde cuando arrojó su rifle y empezó a correr adentrándose en la jungla; no miró atrás una sola vez, ni siquiera cuando los disparos silbaron cerca de su cabeza. Y ahora se encontraba allí, solo, con la barbilla apoyada en las rodillas y los brazos abrazándolas, esperando la muerte.

volver a casa
Algo se movió a su derecha, debajo de la tierra. Benguele se acercó al lugar con cuidado, temiendo que un animal enterrado estuviera luchando por salir y lo encontrara, pero no parecía ser eso. Sentando sobre el barro, acercó su cara al pequeño montículo de barro que se elevaba del suelo. De repente se detuvo, cuando había subido casi hasta la altura de su rodilla flexionada. Benguele acercó su mano para tocarlo. Sus dedos ya estaban muy cerca. Benguele gritó. Una mano, de un caoba verdoso, se había asomado entre la tierra y tiraba de él hacia dentro. Benguele se hundió poco a poco, intentando zafarse de la mano que apretaba su muñeca, pero era inútil y acabó por dejar de luchar. La tierra lo engulló sin un sonido.

Oscuridad, Benguele no abría los ojos, estaba muerto, estaba muerto, no, abrió los ojos. Ante él se encontraba la mujer más hermosa que jamás había visto, más incluso que su madre. Tenía el cabello suelto, cayendo sobre sus hombros en bucles rizados de un color verdoso y vivo, sus ojos eran completamente azules, sin pupila, con unos iris enormes que apenas dejaban lugar para el blanco y su piel de ébano, tenían esa luminiscencia verdosa en su contorno que ya había visto en su mano. La mujer le sonrió en silencio y Benguele, sin saber por qué, se sintió feliz.

Cuando los soldados llegaron al claro no encontraron más que el uniforme viejo y manchado de barro de Benguele, casi invisible entre el agua turbia del pantano. No había un sonido en el aire, las hojas de los árboles no se movían, ni cantaba ningún pájaro, ningún rumor bajo el agua, ninguna mosca zumbando en el aire... nada, nada. Un viento invisible sacudió las hojas y el uniforme de Benguele cayó de nuevo al agua, mientras los hombres corrían sin volver la mirada. Bajo la tierra húmeda Benguele sonreía con los ojos cerrados. Su hermano le había tocado un pie.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Buen tema
12-10-2007 11:11
EL tema me parece bien elegido, ya que siempre me ha parecido que había que debía haber relatos no solo para disfrutar si no también otros que lanzaran reivindicaciones. En este sentido el releto es estupendo. El estilo de escritura yb la propia historia son algo más flojos que otras cosas que te he leido, pero en cualquier caso no es nada malo.

   RE: Buen tema
13-10-2007 13:53
Compartes mis impresiones entonces, sobre el particular :-) , a mí también me pasa como a ti y es que es un relato bastante antiguo y se le notan los años.




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