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08-08-2007 16:38
Por: manheor
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Relato sobre un antiguo oficial del ejército nazi.
El 31 de julio de 1941 Heinrich Himmler, siguiendo instrucciones de Adolf Hitler y Hermann Göring, dio la siguiente orden a Reinhard Heydrich "para que me sea entregado, tan pronto como sea posible, un plan general de las medidas administrativas, materiales y financieras necesarias para llevar a cabo la solución final deseada de la cuestión judía".
El 20 de enero de 1942 se celebra la “conferencia de Wannsee”, liderada por Reinhard Heydrich, en la cual un grupo de funcionarios nazis debatieron sobre "la solución final de la cuestión judía".
Se toma la decisión de poner en marcha un nuevo tipo de campo de concentración denominado como campo de exterminio que (hasta ese momento) sólo se encontraba en fase experimental.
Esta decisión es mantenida en secreto total dentro del propio partido nazi. Sólo Hitler, sus más allegados colaboradores y los asistentes a la “conferencia Wannsee” conocen la verdad de lo que estaba a punto de acometerse.
No es hasta el 6 de Octubre de 1943 cuando Hitler decide revelar la realidad sobre la cuestión judía a sus altos mandos del ejército, durante el célebre Discurso de Posen que debe su nombre al castillo en el que tuvo lugar. Éstas son algunas de las palabras que pronunció en dicho discurso:
“Había que adoptar la difícil decisión de conseguir que esa gente desapareciera de la faz de la Tierra. Ya que para la organización que debía ejecutar la orden fue la más difícil que jamás tuvimos[...] Creo que puedo afirmar que esta orden se ejecutó sin dañar la mente o el espíritu de nuestros hombres y nuestros líderes. El peligro era grave y siempre estaba presente, pues la diferencia entre convertirse en seres crueles y sin corazón, y ya nunca respetar la vida humana, o - ablandarse y sucumbir a la debilidad y los colapsos nerviosos [...] es la brecha que media entre Scilla y Caribdis, es abrumadoramente estrecha.- -.Ustedes no dudarán de que el aspecto económico presentaba muchas y graves dificultades, sobre todo en la limpieza de los guettos”
Desde 1941, un año antes de que tuviera lugar la citada “conferencia de Wansee”, el complejo asentado en Auschwitz para la concentración de judíos, homosexuales, gitanos y prisioneros de guerra, afrontaba el inicio de la construcción de una nueva unidad conocida como Auschwitz II (Birkenau). El objetivo de este nuevo campo ya no era el mantener prisioneros como fuerza laboral (como era el caso de Auschwitz I y III), sino el alcanzar su exterminio sistemático con una vocación industrial.
Las cifras de muertos en este complejo no resultan a día de hoy más que estimaciones imposibles de corroborar, pero sí se calcula que no menos de 1,3 millones de personas fueron asesinadas durante su período de actividad, de las cuales el 90 por ciento eran considerados judíos.
A pesar del conocimiento de la inevitable derrota, los altos dignatarios nazis (bajo las órdenes de Hitler) aceleraron el proceso a sabiendas de que la guerra estaba perdida. Entre mayo y julio de 1944, cerca de 438.000 judíos de Hungría fueron deportados hacia Auschwitz-Birkenau y la mayoría fueron ejecutados allí. Había días en que los hornos no daban abasto y se tenía que quemar los cuerpos en hogueras al aire libre.
Lo que sigue a continuación es ficción literaria basada en los datos que se conservan de aquella época, en el intento de honrar la memoria de sus víctimas y de preservar su recuerdo, con la esperanza tenue de que los horrores que el hombre se ha auto infligido durante toda su historia puedan ser, algún día, pasado y no presente. Aunque las palabras escritas sean débiles y de escaso talento, no por ello son menos sinceras y sentidas.
14 de Mayo de 2007. Thundorf una pequeña aldea del estado de Baviera. Amanece...
Los rayos de sol atravesaron las cortinas del ventanal que se encontraba a la derecha de su lecho. Hans entornó los ojos, arrebujándose entre las sábanas, sin mostrar intención de levantarse. Su mujer, Eva, entró en la habitación y se subió, con cuidado, sobre el colchón. Comenzó a cosquillearle la punta de la nariz a su marido, quien contenía, con las mejillas encarnadas por el esfuerzo, su deseo de estallar en carcajadas. Finalmente logró vencer su resistencia y, tras un forcejeo cariñoso, no le costó convencerle de la necesidad de que apresurara su aseo.
Celebraban la primera reunión familiar multitudinaria desde las Navidades pasadas y, en esta ocasión, incluso su hijo Henrik (que ejercía de abogado criminalista en Estados Unidos) había encontrado posible el retrasar la supervisión de uno de los casos más importantes que manejaba su cada vez más exitoso bufete, dejando que ésta corriera a cargo de sus competentes empleados, al menos durante su ausencia. A pesar de todo, Hans estaba convencido de que el móvil no dejaría de zumbar durante la comida y de que, con toda seguridad, no se quedaría hasta el día siguiente.
Eva lo abandonó en su cuarto, mediada ya la tarea de desabrocharse los botones de su pijama, pijama que su hija Hanna le había regalado durante el pasado verano con motivo de su ochenta y siete cumpleaños y que había sido motivo de mofa entre él y su mujer, durante todo ese tiempo, por su estampado de flores azulonas y las líneas verticales de un rojo chillón que surcaban el contorno de la prenda. A pesar de ello, o, probablemente, por ese motivo, no dejaba de vestirlo con frecuencia.
Se dispuso a orinar, tras desnudarse por completo, y comprobó, dolorosamente, que su riñón no se encontraba en su mejor época. Una mancha carmesí de tonalidad oscura flotaba en el agua del retrete. Tiró de la cadena e intentó apartar la desagradable imagen de su mente. No le diría nada a Eva, era capaz de montar un drama por cualquier minucia y más desde que Hans había sufrido un infarto cardíaco leve durante las fiestas de Octubre, seis años atrás. No había vuelto a probar la cerveza desde aquel suceso y la echaba de menos, la echaba de menos.
El agua resbalaba por su piel vieja y ajada, mientras el champú envolvía sus escasos cabellos en una nube espumosa que sus dedos no dejaban de moldear. Una sonrisa se dibujó en sus labios al pensar en lo coqueto que lo habían vuelto los años; antes cuando era joven no hubiera pensado tanto.... Una imagen sombría cruzó por su mente, en un fogonazo. Sus piernas comenzaron a temblar y tuvo que agarrarse con ambas manos a la cesta metálica que colgaba de la pared por encima del grifo de la ducha, fiando su peso a la débil estructura metálica. Los arneses metálicos que anclaban la cesta sobre el azulejo vibraron amenazadoramente, un bote de champú cayó sobre el pie de Hans que luchaba por mantenerse consciente. El temor a sufrir otro ataque que lo fulminara, provocándole un desmayo, provocó que su respiración se entrecortara entre jadeos y que los poros de su piel se abrieran bañando su cuerpo con una película de sudor densa y brillante. Consiguió serenarse.
Después de secarse, apoyar la toalla mojada sobre el lavabo y acariciarse el dorso del pie derecho, donde un cardenal violáceo comenzaba a ennegrecerse, se sentó (aún desnudo) sobre la tapa del váter. El frío, provocado por la condensación de las gotas humeantes que resbalaban sobre su cuerpo, agitó un recuerdo dormido que le había asaltado el día anterior al observar la fecha de hoy en un almanaque que colgaba de la pared de su escritorio. No quería pensar en ello pero, pero... Hace sesenta y cuatro años, nevaba, 1943, nevaba.
Los copos flotaban lentamente bajo la luz de las linternas del destacamento alemán que se encontraba esperando la llegada del tren, prevista en media hora. Apenas hacía viento y el vaho de los hombres y sus perros formaba nubes vaporosas que ocultaban los uniformes, desdibujando las siluetas de los soldados con un aspecto fantasmal. El joven oficial de las S.S. consultó su reloj con nerviosismo. Veinte minutos. Su garganta estaba seca.
Los directores a cargo de la administración del complejo de Auschwitz, Arthur Liebehenschel y Richard Baer, habían convocado a todo el cuerpo militar de alto rango que se encontraba destinado en el campo. Se les comunicó que, por orden directa del Führer, el problema judío llegaba a su fase culminante de resolución. Las labores de exterminio de la raza judía se verían incrementadas con nuevos envíos diarios desde los distintos campos de concentración y guetos que se encontraban desperdigados por todo el territorio bajo el dominio del tercer Reich. No recibieron aclaración alguna sobre la situación bélica del frente soviético o sobre la invasión americana iniciada en Normandía. Se les conminó al silencio absoluto, so pena de muerte, sobre las operaciones de “limpieza” exigidas para poner fin a la cuestión judía con la mayor premura y diligencia.
Hans Schelberg escuchaba las ordenes de sus superiores sin despegar los labios. Se había graduado con honores en la academia militar y ostentaba el rango de Obersturmführer, teniente del cuerpo de élite de la Schutz Staffel, una distinción sorprendente para alguien de tan escasa edad, pero su experiencia en acciones de guerra o en situaciones de riesgo real (fuera de los duros entrenamientos a los que eran sometidos antes de lograr su graduación) era nula. Hans no podía alejar el temor de no estar a la altura de las circunstancias, un nerviosismo que recorría, eléctrico, su cerebro. Debía serenarse, los ojos de Alemania y el futuro de la raza aria dependían de su habilidad para sobrellevar la situación con...
Las voces de las tropas bajo su mando lo sacaron bruscamente de sus cavilaciones. Su mirada se quedó clavada en el final de las vías del ferrocarril que se desdibujaban en el horizonte, atravesando la planicie cubierta de nieve que circundaba el perímetro del campo. Dos puntos luminosos comenzaron a dibujarse entre la oscuridad.
La puerta del baño golpeó los azulejos de la pared con violencia.
—¡Hans! ¿Qué haces así? —Su mujer lo observaba desde el umbral, con la mandíbula desencajada en un gesto de preocupación.
—Nada. Nada, tranquila: sólo estaba recordando... —Sonrió sin convicción—. No es nada cariño. No pasa nada. —Sus palabras no parecieron tranquilizarla—. Escucha me voy a levantar y a vestir enseguida. Tú, tú no te preocupes de...
El ruido de un automóvil llegó a sus oídos a través de la ventana del dormitorio que se encontraba abierta. Dos voces infantiles y alegres se escuchaban entre las riñas y advertencias de la voz de una mujer.
—Hanna ha llegado, y las mellizas. —La mirada de su mujer delataba que se sentía descolocada, sin saber muy bien cómo actuar— ¿Puedo...?
—Sí, Eva puedes bajar, no.... No te preocupes —Hans se pasó las manos entre los ojos, frotándose los párpados, tratando de recuperar la claridad. Su mujer lo miraba en silencio—. Enseguida estaré con vosotros.
—De acuerdo cariño, no tardes. Te esperamos abajo.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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bien |
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12-10-2007 11:30 |
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ME ha gustado la crítica que haces en el realto, porque por ser suave en ciertos aspectos no deja de tener profundidad. En cuanto a tu estilo de escritura que es una elección personal a al hora de desarrollar la historia, que guste o no ya es cuestión de cada uno.
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RE: bien |
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13-10-2007 13:52 |
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Me alegro de que te haya gustado Pedro, es un relato al que le tengo especial cariño.
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... |
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08-08-2007 16:43 |
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Quizá por la expectación que habías levantado me he quedado más frío de la cuenta, pero, más allá de correcto, no ha sido un relato que me haya tocado especialmente.
Es un tema muy manido, y el enfoque no es particularmente novedoso (si vamos más allá de la maquetación). Creo que a veces te recreas en exceso en aspectos gráficos irrelevantes. ¿Era necesaria una descripción tan minuciosa de la pátina de jabón? Si la hubieras puesto en contraposición a la pátina de grasa de prisioneros condesada por el gas ácido hubiera sido otra cosa, pero así ¿qué importancia tiene? ¿qué buscabas con ello?
En líneas generales es un relato bien llevado, a excepción de estos lastres de ritmo, pero creo que lo rematas mal. El epílogo es totalmente innecesario, desde mi punto de vista, y termina de destruir el clímax.
Me temo que, a pesar de todo, no es de tus mejores textos...
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RE: ... |
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08-08-2007 19:36 |
Bueno, pues, que se le va hacer, la verdad es que mi percepción sobre este texto es que se trata del mejor que he publicado en Ociojoven, tanto por el desarrollo de personajes, trama, escritura y emotividad es, personalmente, el que más me gusta.
Pero del autor claro, puede uno fiarse más bien poco  y si no te ha llegado emocionalmente la historia pues claro, el relato pierde toda su razón de ser.
Es interesante ver como funciona el tema de las percepciones, pues muchas veces me llevo sorpresas con texto que no aprecio en demasía en tanto en cuanto a vuestra reacción y con otros que me son mucho más queridos y a los que valoro muy por encima de los anteriores, veo que la reacción es opuesta. Se aprende mucho de estas cosas.
A ver si en próximas reentrés en mis palabras no te decepciono tanto como últimamente
PD: En todo caso veo que es un relato polémico, porque a Dartz y a COON, por ejemplo, les maravilló y sin embargo a vosotros dos os ha dejado algo fríos, a ver que opina el resto de la gente  , será interesante para mí recabar muchas apreciaciones es este caso particular y reflexionar sobre ellas.
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Buen relato |
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08-08-2007 17:44 |
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Vaya por delante que creo que es un buen relato. Pero yendo al comentario que te interesará del mismo, en mi opinión le pasa un poco lo mismo que a muchos otros tuyos. Las partes son mejores que el todo. Leídas por separado son muy buenas, e incluso en algunos momentos brillantes. Pero el conjunto resulta deslavazado, descompensado. No está claro por donde quieres llevarnos, adolece de una estructura consistente, de un argumento contundente que no se pierda en anécdotas.
En cuanto al final, yo habría hecho algo más intermedio, menos tópico, pero creo que te puede la belleza formal de tus construcciones, aunque no acaben de pegar bien con el resto. Por eso recurres mucho a la maquetación y a la forma, por encima de la sencillez de la historia. Creo que te gustaba el epilogo en sí mismo, esa imagen de una redacción dando la noticia, con su lenguaje ágil y artificioso, y no estabas dispuesto a renunciar a ello por un final más prosaico en forma pero profundo en contenido.
Como siempre te suelo comentar, creo que estas buscando y perfeccionando tu estilo personal y propio, y que no tiene miedo a ensayar e indagar por donde haga falta. Seguro que pronto encuentras el equilibrio entre tu imaginación desbordante y tu verbo deslumbrante. Que bonito me ha quedado.
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RE: Buen relato |
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08-08-2007 19:39 |
Ya lo habíamos comentado por mail y como le digo debajo a Akhul, veo que despierta reacciones distintas según la persona, al final haré balance de unas y otras y sopesaré los comentarios para extraer virtudes y, sobre todo, defectos a mejorar en aquellas percepciones que se vean generalizadas.
Es un placer escuchar vuestras críticas
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A mí... |
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08-08-2007 22:07 |
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A mí me parece un buen relato; y, aunque si bien -como ya te dije- el final también me dejó algo impactado (por romperme de repente con el clímax, aunque, curiosamente, intentes cerrar un círculo), debo decir que me gustó y que esa prosa preciosista a veces incluso me dejó sentado en el sillón mirando la hoja y diciendo: esto es bueno. ¿Largo? No lo sé. Lo que tenías que contar lo contaste, y a mí me gustó cómo lo hiciste.
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