El Viaje de Arica a la Isla del Dragón (X) |
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09-01-2008 14:25
Por: jerjes
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Resumen de lo publicado: Arica y sus compañeros viajan a la Isla del Dragón para encontrar las armas de un héroe legendario. Allí se hacen con el dominio de una comarca, tras librarla del hechicero que la atormentaba y enfrentarse al príncipe Aleyd. Con ayuda de los lugareños intentan cruzar un río y continuar con su búsqueda, pero el rey de los eburones se lo impide.
De vuelta al valle, dos cosas pesaban en el ánimo de Arica, y así se lo hizo saber a sus amigos: haber desaprovechado el tiempo en una expedición inútil y perder las valiosas armas de Corvus y el grano comprado.
La tierra de sus aliados les recibió con las hayas ya rojizas y las primeras nieves en la ladera de las montañas. No tardaron en contarle a Berudnos el resultado de su viaje, incluyendo el encuentro con Aleyd. Pero el jefe no pensaba que fuera en vano; habían atraído al odioso príncipe fuera del valle, y se habían ganado el favor de las gentes de la vega, que compararían favorablemente a la generosa Pelirroja con el arrogante Hywell.
Pero para los argalianos eso no era suficiente. Ahora tenían a un nuevo y más formidable obstáculo en su camino hacia la tierra de los ugrios, y frente a él sus propias fuerzas no bastaban. Berudnos les sugirió que buscaran ayuda en los demás valles de la región o en el señor de Mikgar, el mayor enemigo de los eburones. El nombre de Arica se había extendido por toda la isla y seguro que encontraría a guerreros dispuestos a seguirla.
Con estas palabras, los extranjeros se animaron y decidieron preparar inmediatamente otra expedición. En esta ocasión viajarían la propia Arica, Fergus y Corvus, que conocía parcialmente la región del sur.
Evitaron el valle del Astfal, por ser tierra en la que Aleyd tenía muchos parientes, y remontaron el Lingol. Allí los lugareños les recibieron cordialmente en varias aldeas, pero no consiguieron convencer a ningún jefe. Las tierras de los eburones les parecían lejanas. Las promesas de botín, vagas. Los peligros, ciertos. Si Arica tuviera ya un ejército bajo su mando, si hubiera vencido en batalla a otros príncipes o tomado castillos, muchos se unirían a ella. Pero sólo tenía bajo su dominio un valle, de los más pobres de la isla.
Siguiendo las indicaciones de los nativos, abandonaron el valle a través de un paso en las montañas, que les llevaba directamente al Segbac. En esta comarca les acogieron con más interés, ofreciéndoles hospitalidad hasta que su jefe volviera de la montaña con el ganado.
Fergus aprovechó la ocasión para narrarles sus aventuras desde el ya lejano día en que abandonaron Argalia en el buque de Gundmundo, pero se cuidó de mencionar nada sobre el Yelmo de Oro. Su relato enalteció la figura de Arica ante los ojos de aquellos pastores, tanto que acabaron congratulándose de haber dado acogida a quien parecía protegida por los dioses.
Pasado un día llegó Edan, el jefe del valle, con sus ovejas y sus perros. Joven y robusto, destacaba por su cabellera larga y enmarañada, que a cualquier aldeano le hubiera dado un aspecto salvaje, pero que enmarcando sus facciones angulosas señalaba a un espíritu voluntarioso e indomable. “He ahí a un hombre que debemos apreciar como aliado, y temer como enemigo”, manifestó Corvus a sus dos amigos.
Al oír sobre aquellos extranjeros, Edan acudió a saludarlos y mandó que trajeran leche de oveja. “Sé bienvenido a este valle”, dijo, tomando a Corvus como el más importante de los tres. Le ofreció un cuenco para beber la leche, tomando él otro, pero el tullido se lo pasó a Arica. Aquello extrañó al jefe. No obstante, los dos bebieron.
–Venís de allende los mares y habéis causado un gran malestar entre los príncipes de estas montañas– dijo el joven, después de limpiarse la boca con la manga.
–No es nuestra intención quedarnos aquí, sino pasar al país de los eburones –replicó ella.
–Te expones a la muerte, mujer. Míranos a nosotros. Somos fuertes, diestros en la lanza y el venablo, inquebrantables ante los ataques del enemigo, e infatigables cuando se trata de perseguirlo. Por defender nuestro ganado nos enfrentamos a los lobos o a los osos, sin más ayuda que nuestro valor. Pero nada de eso bastó para evitar que los eburones nos expulsaran de nuestras tierras, en los tiempos del abuelo de mi abuelo.
–Únete a mí. Juntos les derrotaremos.
–Nada deseo más que llevar a mi pueblo a la ribera del Corney y tomar lo que era nuestro pero, ¿cómo seguir a una mujer? Yo necesito un príncipe que inspire valor, no burlas.
–Para eso te sirvo yo más que los nobles, que ya han sido burlados.
–Las mujeres sólo sirven para cuidar del ganado en el valle y para el lecho, y tú ya ni siquiera para esto.
Arica arrojó el cuenco a los pies de Edan, rompiéndolo en mil pedazos.
Al volver por el paso helado soportaron nieve y granizo, lo que terminó por apagar su entusiasmo. Corvus intentaba animarlos, asegurando que con paciencia y diplomacia harían entrar en razón a los caudillos de la región. Pero él mismo estaba desasosegado, pues un viaje en el que él podía haber sido útil había resultado un fracaso. A Arica más bien le irritaban sus necias palabras.
No había acabado su discurso cuando el caballo de Corvus resbaló sobre el hielo y dio con el jinete en el frío y duro suelo. El hombre no se hizo ningún daño de importancia, pero el animal se rompió una pata. El gardarita trató de hacerlo andar pero no hubo manera; sólo quedaba sacrificarlo. Arica se sentó en la nieve, y, roja de ira, empezó a jurar y a golpear con sus botas la tierra congelada.
–Ha sido mala suerte –la trató de calmar el manco–. La pérdida no es grave. Yo puedo llevar mi armadura y las provisiones.
–No es el caballo. No sólo el caballo. Es este lugar. Llevamos un año en esta maldita isla y estamos como al principio. Si no hubiéramos perdido el buque...
–Ahora ya es tarde para lamentarse –repuso Fergus–. Si no conseguimos más aliados será por la influencia de Aleyd. Vayamos a ver a ese príncipe del Oeste. Es nuestra única oportunidad.
Más serena, Arica se incorporó y ayudó a deshacer los bultos que transportaba el animal desgraciado. Luego Corvus le acortó el sufrimiento. Aunque penoso por las nevadas y el viento, el resto del viaje transcurrió sin más novedad. Poco tiempo descansaron, sin embargo, pues antes del deshielo se prepararon para partir de nuevo.
Berudnos les proveyó una vez más de todo lo necesario y añadió un caballo para cada uno. Arica reclamó a los doce hombres que le habían acompañado hasta entonces, y a sus argalianos, y expuso a los jefes sus planes: conseguir una alianza con Osian que conjurara de una vez por todas la amenaza de Aleyd. Pero para ello debían mostrarse ante el señor de Mikgar con la fuerza suficiente para que valorara su amistad. Un centenar de hombres bien armados serían imprescindibles. La familia Barbagris se quedaría en el valle para organizarlos y llevarlos a su encuentro pasado el deshielo. Los jefes aceptaron su propuesta y prometieron armarlos a su costa. Y ella prometió enviar su parte del botín, pues nada quería para sí salvo su lealtad.
La nueva expedición tomó un rumbo distinto a la anterior. Al salir del valle atravesaron el bosque de hayas, dejando atrás el gran río. En su interior estaban protegidos del viento helado que barría el resto de la llanura, pero la penumbra que reinaba allí excitaba su imaginación, y por doquier creían ver duendes que les seguían divertidos.
Freya tenía dificultades para conciliar el sueño durante las noches, y en la marcha andaba medio adormilada, dejando que su montura la llevara a su voluntad. Su estado preocupaba a sus compañeros, pero no conociendo un remedio para su mal, confiaban que, fuera de la influencia del bosque, se curaría solo. Arica le preguntó muchas veces si los espíritus de la floresta le decían algo, pero ella aseguraba que, lejos de excitar sus capacidades, aquel lugar las aletargaba. ¿Le ocurriría lo mismo en el Pozo de los Muertos? preguntaba ella a su vez. Y su madre no sabía qué contestarle.
Cuando emergieron del bosque ya había pasado lo más crudo del invierno. Con días más largos y un clima más benigno avanzaron rápidamente, hasta que llegaron a tierras roturadas. El paisaje se volvía más variado, pues los terrenos baldíos alternaban con pastizales y campos labrados, interrumpidos por granjas aisladas. De vez en cuando pasaban cerca de algún peñasco cubierto de brezo y malvavisco, pero aquella región era en su mayor parte una vasta llanura hasta donde alcanzaba la vista.
Gracias a los dioses, Freya se había recuperado e incluso estaba más parlanchina de lo habitual. Le preguntaba a Fergus por sus viajes a través de Hiperbórea y a Corvus por su tierra natal. Incluso en las paradas dejaba que los alcaudones se le acercaran y trataba de inducirles a que le contasen los secretos del país que atravesaban. Y según ella, le revelaron historias sobre una princesa que habitaba un gran castillo y un gran monstruo marino que esperaba oculto en el abismo para devorarla, tan pronto como ella deseara hacer un viaje en barco.
El último día del invierno divisaron una fortaleza sobre una loma. Acamparon en un prado, ahuyentado al ganado que allí pacía, y deliberaron sobre lo que hacer a continuación.
–Ese es el castillo –le susurró Freya a Fergus, pero éste no pudo evitar pensar que había perdido el juicio y no le contestó.
–Presentémonos ante la fortaleza –sugirió Corvus–. Sea de Osian o de otro príncipe le debemos respeto por atravesar sus tierras.
–¿Y si nos atacan o nos desarman? –inquirió Hakon.
–¿Qué clase de tropa seríamos si rehuyéramos una escaramuza en nuestro camino? En esta isla somos los mejores guerreros y vamos a ponernos al servicio del más poderoso de sus nobles.
Esa respuesta gustó a Arica, que enseguida pidió al gardarita que se acercara con unos cuantos hombres para anunciar su presencia. Una vez que hubieron partido con sus instrucciones, se interesó por los demás. Todos se encontraban animados y con las armas y las monturas en perfecto estado. No faltaba tampoco alimento.
Corvus y los otros hombres volvieron antes del mediodía, junto con soldados del castillo. Eran éstos altos y bien formados, de ojos vivaces en los que se adivinaba resolución y fiereza, pero comparados con los argalianos su armamento era pobre: lanzas y escudos y ninguna armadura metálica. La casualidad quiso que estuvieran al servicio de Osian. En realidad, allí mismo empezaban sus tierras, extendiéndose hasta el mar. Ellos protegían esta ruta, asegurándose que los mercaderes, sus mercancías y sus noticias iban y venían salvos. Por ellos habían conocido los hechos recientes en el valle del Liad, y no sólo se congratulaban de haber conocido a tan afamados guerreros, sino que inmediatamente se ofrecieron a escoltarlos hasta Mikgar.
Los hombres de Osian se mostraron serviciales durante el resto del viaje, asegurando que la población les proveyera de lo necesario y contestando a las preguntas que sobre el país y su señor hacía Fergus. El príncipe era, en efecto, descendiente de argalianos, y a su sangre debía su carácter resuelto y noble, pues era temido por sus enemigos y respetado por sus súbditos. Y era su conducta la que había salvado al país en numerosas ocasiones, ya que no le faltaban adversarios. Las tribus del norte se habían alzado contra él, ansiosas de sacudirse su dominio, y los eburones saqueaban el sur. Los terribles druidas dirigían a los primeros y el taimado rey Hywell a los segundos, pero Osian encontraría pronto el medio de derrotar a ambos.
Mucho sorprendió a los argalianos que hablaran de forma tan despectiva de los druidas, quienes en su tierra gozaban del máximo respeto, e incluso Arica se adiestró con ellos. Pero aquellos hombres los consideraban brujos que hacían pactos con demonios y merecían la muerte.
Tuvieron a Mikgar a la vista cuando el trigo ya empezaba a germinar en los campos. Estaba esta villa pegada al mar por su lado occidental, y enclaustrada entre colinas por las que discurría un alto muro que la rodeaba por la parte oriental, de forma que quedaba totalmente protegida desde tierra. Observando la ciudad desde un altozano, Arica contó no menos de veinte torres circulares que jalonaban la camisa de piedra, elevándose más de la altura de dos hombre sobre las almenas. Dentro del recinto se apiñaban las casas de tal manera que desde su punto de observación no distinguía las calles. Pero sí veía una pequeña playa adyacente a la muralla, y lo que parecían dos buques varados en ella, aparentemente sin aparejos.
En donde acababa la muralla norte empezaba una lengua de tierra, que se internaba en el mar un corto trecho hasta acabar en un islote, o eso intuían los argalianos, pues una gran construcción se alzaba sobre él ocupando toda su superficie. El edificio sepultaba con su masa la tierra hasta asimilar su naturaleza. Hacía de la roca en que se sustentaba continuación de los muros que lamían las espumosas aguas. Sólo sus líneas rectas y las finas columnas de humo que salían de su interior permitían identificarlo como obra del hombre, pues tal parecía haber emergido de las profundidades para guardar la entrada marítima de la ciudad.
–Hemos llegado a Mikgar –anunció uno de los hombres–. Esperad aquí hasta que demos aviso a nuestro señor.
–¿Qué es esa fortaleza? –inquirió Altan, señalando la mole negra.
–La casa de nuestro señor.
–Es el corazón del dragón –le dijo Arica, pasándole un brazo por los hombros.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Excelente. |
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18-01-2008 13:19 |
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Me ha gustado la historia y tu forma de narrar. Adecuado en todos los aspectos. Enhorabuena.
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RE: Excelente. |
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21-01-2008 19:23 |
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Me alegro de que te guste. Un saludete.
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Empezamos bien el año |
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09-01-2008 14:29 |
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Un grata sorpresa ver que continúa la saga de Arica, y sobre todo que lo hace tan bien. No tengo absolutamente nada que criticar: buen tempo -lo que es especialmente complicado en estos capítulos de transición-, buena caracterización del escenario -que ya es marca de la casa- y buen desarrollo de los personajes. El conjunto, excelente.
Sólo espero que no tardes tanto con el próximo capítulo. Bravo, compañero
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Hola |
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10-01-2008 11:18 |
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Gracias por leerlo y comentar. Tenía mis dudas de que siguiera interesando después de dos años. El retraso se debe en parte a que he estado metido en otro proyecto, y en parte a que quería avanzar en la novela antes de enviar nada más. Como tengo bastante escrito, la siguiente entrega no se hará esperar.
Un saludo y gracias de nuevo, y ya sabes que, si quieres, mete caña.
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RE: Hola |
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24-01-2008 13:12 |
Me alegra saber que tocará esperar menos. Es una de las sagas fantásticas que más me han gustado, y me penaría quedarme a mitad.
Y no te preocupes, que no me cortaré con las críticas cuando toquen
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