El encuentro II |
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27-05-2008 16:12
Por: manheor
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Segunda entrega de la historia.
Un relámpago rompió la amenazante uniformidad grisácea como un puñal de fuego azul. Dean se cubrió los ojos a destiempo e imágenes retinales danzaron en ecos arco iris ante sus ojos, mariposas de un cuento de hadas mientras el trueno retumbaba como el pedo de un elefante. El escozor de las rodillas remitía, como el mosquito zumbón que pica la oreja de un mutilado. Dean no había perdido una pierna, pero tenía frío, un “frío de muerto”, como decía su abuelo. Su abuelo que había luchado en Rusia y... Sacudió la cabeza, “¡estúpido, no te duermas!” Se levantó y comenzó a dar patadas al suelo como le había enseñado su abuelo. No era suficiente. Arrugó la nariz en un mohín y se decidió. Sus manos rodearon su cintura, levantaron el elástico del calzoncillo y se incrustaron entre sus nalgas, como salchichas delgadas asomando de un pan bollo. Había sido una buena idea, sonrió, allí por lo menos aún hacia calor.
Se había quedado en suspenso, con una pantalla blanca en los pensamientos. Sentado en su asiento, oscurecido por el orín, el escándalo de risas y gritos le llegaba amortiguado y confuso, la melodía discordante de una orquesta lunática. La única nota clara en aquel pandemónium de sonido era el “si” agudo de la risa de Anne. Michi Michelín se levantó con esfuerzo de su asiento, se crujió la espalda y se volvió hacia el escándalo con una expresión bobalicona en su cara porcina. Dean vio cómo lo buscaba con la mirada (era el tipo de escándalo que causaba el rarito de Damford, tan listo como imbécil) y cómo lo encontraba, un rayo de sol furtivo atrapando un destello en sus gafas de culo de vaso, dos lupas enormes en un rostro de acordeón.
Comenzó a caminar hacia él a grandes zancadas, deteniéndose de tanto en tanto a reprender a los chicos que lo señalaban desde el pasillo y obligándoles a sentarse. Dean no se movía. El tiempo tampoco. Dedicó otra breve mirada a Anne, tan breve como un siglo. Ya se había sentado y estaba más hermosa que nunca: sus coletas, filigrana de oro en lazos de seda rosada; sus ojos, topacios refulgentes, océanos desnudos; y sus labios, una media luna de cereza, una sonrisa imposiblemente dulce. La puerta de salida estaba justo dos asientos detrás de Dean y el cierre neumático llevaba estropeado desde tercer curso, pero no era un aspecto prioritario en el consejo escolar: “¿a qué niño se le ocurriría saltar en marcha de un autobús?”. Un vehículo lento detuvo la marcha del bus justo cuando faltaban seis filas para que Michelín alcanzara el asiento de Dean. El profesor se inclinó hacia delante, bamboleando su masa corporal como gelatina meneada por un ventilador. Dean se levantó, corrió por el pasillo, esquivó una zancadilla y, abriendo la puerta de un empellón, saltó sobre el asfalto. No dejó de correr hasta tropezarse con la gruesa raíz de un roble, varios siglos después.
Por fin llegó la noche. Y con la noche la oscuridad. Y con la oscuridad los susurros furtivos, los crujidos de hojarasca pisoteada por pezuñas bestiales, el frufrú de un matorral y el brillo de dos ojos en la penumbra, sólo el tiempo justo para preguntarse “¿Lo he imaginado? ¿Estaba realmente allí? Quiero irme a casa...”
Dean quería irse a casa, dios, casi podía sentir el calor de las pantunflas en los pies helados, su mullido y acolchado interior, una caverna reconfortante para sus cinco amigos resfriados. Pero para ir a casa, o a cualquier sitio, hay que saber cómo. El roble había quedado muy atrás, por segunda vez. Dean había perdido el último y tenue resplandor azulado, prefacio de la noche, en trazar un amplio círculo entre los zarzales y ortigas que cubrían el suelo embarrado. Tosió con fuerza y se miró las piernas. Sí, ortigas y zarzas, ortigas y zarzas. Sus pantorrillas eran un mapamundi de arañazos y ampollas. “Creo que eso de allí es Madagascar, joven Robinson”. Dean agitó la cabeza, risueño y miserablemente feliz por un instante. Una nueva rama se cruzó en su camino. El barro sabía verdaderamente mal.
Un nuevo relámpago iluminó la tracería de formas de la foresta, casi parecía la voz de un gigante borracho gritando a un posadero algo sordo de oído. “Eh, mequetrefe, ¿dónde está esa pinta de rubia?”. Aquella copa parecía bastante tupida. Dean se detuvo, al abrigo de las largas lágrimas verdosas de un sauce llorón, y valoró cuánto le quedaba de vida. Calculó que era más bien poco, si las cosas no mejoraban. Se frotó por enésima vez la nariz que no dejaba de gotear como un tejado en un diluvio. Al mirarse la mano no pudo evitar sentir una nausea. Una costra endurecida de barro y mocos, que relucían como babosas pálidas a la escasa luz de la media luna, le cubría por completo el dorso de la mano. Trató de restregarse la suciedad contra la pernera del pantalón, pero su pantalón era también un desastre. “Y pensar que había sido blanco...” Y, por alguna razón, aquello no hizo sonreír a Dean, no; un nudo pareció retorcer sus entrañas y, por primera vez, se sintió mayor y adulto, consciente de lo que estaba ocurriendo. Y tuvo miedo, sí, mucho miedo.
La lluvia cayó como suele caer en Boston; tal y como decían los hombres de fe: “Como si Dios hubiera juntado todos los cubos de la fregona en un solo barreño y decidiera, de pronto, que ya era hora de vaciarlo”. Dean había abandonado el terror racional, el pequeño ciempiés que vaga por las neuronas pisoteándolas lentamente, por la furiosa mantis que hunde sus pinzas hasta lo más profundo. Estaba al borde del paroxismo. La lluvia lo había aliviado de su suciedad... Durante los primeros seis minutos. Ahora era como estar ahogándose, ahogándose en un bosque. Había suficiente para volverse loco. Además, la luna se había ocultado detrás de las nubes y el bosque se hacía más y más espeso. Con las manos tendidas hacia delante y palpando con horror cada objeto que encontraba, Dean avanzó en silencio, tratando de no caer más de la cuenta y fijándose en si el terreno subía o bajaba; sólo le faltaba desnucarse por culpa de un mal paso. Un horrible chillido hendió los murmullos de la noche como un cuchillo de diamante. Y entonces hubo silencio.
Un mano invisible de dedos fríos reptaba por la espalda de Dean, apropiándose del calor de sus venas y recorriendo sus manos, sus brazos y su espalda hasta atravesar la carne y las costillas y estrujar su corazón. Un aura blanquecina disolvió las tinieblas. Dean se quedó quieto, tragando saliva. Algo no iba bien, algo no había ido bien todo el tiempo, ¿verdad? Qué era... Algo en cómo había vivido las últimas y terribles horas, algo en lo que estaba pasando o en lo que había pasado. Dean hundió sus pies en el barro, aferrándose a la realidad, renunciando a descubrir qué era ese resplandor creciente a su espalda, que iluminaba la hierba con un tono lechoso y pálido que la hacía parecer el cabello albo de un anciano. Un nuevo chillido perforó sus tímpanos como una aguja candente. Cerró los ojos y se mordió el labio inferior. El sabor de su sangre le inundó el paladar. “Daba igual, puedes seguir haciéndolo, bruja, puedes seguir haciéndolo”, pensó, mientras se mordía con tanta fuerza que las formas ocultas bajo sus párpados explotaron en un festín de fuegos artificiales. “Puedes seguir haciéndolo cuanto quieras. No pienso volverme, no pienso.” Pero sus pies no le obedecían, habían dejado de ser los amables amigos siameses “1, 2, 1, 2, siempre adelante, siempre adelante”. El conato de rebelión se tornó en motín. Su cintura y su cuello siguieron el camino de sus pies y Dean se encontró de cara al resplandor, aunque sus ojos aún estaban cerrados. Las tinieblas convocadas por su voluntad adquirieron una calidad distinta, como cuando se mira al sol y el negro chispeante se vuelve rojo volcánico. Lentamente, muy lentamente, dos resquicios luminosos penetraron en sus retinas, el resplandor furtivo de una puerta entreabierta. Y la puerta se abrió por completo. Y Dean pudo gritar.
Corría colina arriba y cada vez “eso” le ganaba más distancia. Era inevitable, le iba a alcanzar. Dean aceleró el paso, con sus nuevas piernas, más largas y musculosas, aunque perdían resistencia y ganaban flacidez con cada minuto. Dean ya estaba lejos de ser un niño; de hecho, ya estaba lejos de ser un joven. Esquivó una rama baja de abeto y sintió una punzada violenta en la espalda que le hizo chillar de dolor. Era el maldito lumbago, sin duda, aquel maldito lumbago que no dejaba de machacarlo. Tantas horas durmiendo en camas duras, cuando no era en sillones, esperando que Melanie fuera la de antes, que despertara y... Pero Melanie, o eso, había despertado y ahora lo seguía como un león sigue a la gacela. El pequeño repecho terminó y Dean comenzó a bajar por la empinada cuesta, apoyándose sobre la superficie resbaladiza de los pedrejones que asomaban entre la hierba como huesos de animales ya perdidos. “Pero eso no puede ser Melanie”, pensó mientras escuchaba ulular a un búho en la lejanía y sus cabellos parecían blanquear y caer a su paso; su lengua palpó un hueco vacío allí donde había estado una de sus muelas. “No, de ninguna manera. ¿Acaso no conocía a su mujer?” Pero el caso es que sí la conocía y la conoció cuando abrió los ojos hace más de cien años y mil robles.
La luz incendió sus retinas como un fuego de San Telmo y el joven Dean -en aquel instante aún era joven, un niño- intentó cerrar los ojos de nuevo. No le respondían. La blancura lechosa anuló las formas con un absolutismo que una noche sin luna habría envidiado. Era una ceguera luminosa, un universo blanco y monocromo. El resplandor fue remitiendo, paulatinamente, y Dean pudo entornar los párpados por fin, protegiendo sus ojos y su cerebro de aquella locura resplandeciente. Los árboles volvieron a su lugar, negros sobre el blanco como el negativo de una fotografía velada. Una forma que no era un matojo, ni un zarzal, ni un roble, ni tampoco un triste zorro, se recortó en el centro de la albura, a pocos pasos de donde Dean se encontrara. El aura pareció implosionar hacia la figura, como un Big Bang al revés. Un vórtice de luz se precipitaba hacia aquellos ¿brazos? ¿Piernas? Y, oh, ¿cabeza? ¿Podía ser eso una cabeza? Lo era.
Dean Damford niño contemplaba a su futuro, a un monstruo venido de su horrible futuro. Llevaba un vestido de novia. Y sí, entre sus uñas podridas y sus dedos descarnados sostenía un ramo de flores; eran violetas. Una larga cola, remendada y raída, seguía sus pasos como una serpiente ciega y sumisa. Los encajes, volantes y lazos lucían desgajados y sucios, tintos en barro, como si la prometida hubiera sido violada por una bestia salvaje. El anillo lucía en la mano izquierda un aro dorado ciñendo una falange huesuda, pelada de carne. Pero el horror estaba en su rostro. En su frente.
Sobre dos ojos hundidos y ojerosos algo combaba la frente hacia fuera, algo rezumante de pus y atravesado por gruesas venas, algo carnoso hinchado que se inflaba y desinflaba como un corazón monstruoso emergía de su cerebro. Dos mechones de pelo rojizo cayeron al barro como un manojo de algas podridas. La boca del espectro se curvó en una sonrisa sin labios: “Dean, ¿no quieres besar a la novia?”
Los muslos de Dean habían enflaquecido. Ahora sus piernas no eran más que palos de escoba cubiertos de una capa de flan carnoso. Las arrugas crecían en su rostro en docenas cada segundo. El corazón le martilleaba las cosquillas, como un condenado a muerte golpeando las rejas de su prisión. Intentó orientarse pero todo el bosque le parecía un cuadro repetido: robles, sauces y pinos; piedras y barro, voces y chirridos subiendo de la hierba y bajando de las ramas, y, en alguna parte, puede que al oeste, puede que al este, el susurro de un río. Una piedra resbaló bajo la suela despegada del zapato de Dean. El viejo Damford cayó, sin tiempo para cubrirse el rostro con las manos. Escuchó un tamborileo fúnebre al impactar y rodar sobre la hierba húmeda: crach, croch, crunch, crich. Sus huesos se habían partido en mil pedazos.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Muy buena, como la anterior |
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27-05-2008 16:17 |
Aunque en esta se acusa más el "voy a tomarme mi tiempo". Esto sólo podré juzgarlo cuando me lea la totalidad, pero he tenido la impresión de girar en vacío -y no sólo por las escenas- y no avanzar en la historia.
No tiene mucha importancia, porque la propia lectura acompaña, pero bueno.
Luego hay expresiones que no me gustan estéticamente, pero creo que encajan con el espíritu que le quieres dar al texto, así que no tengo queja
Buen trabajo, compañero.
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RE: Muy buena, como la anterior |
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27-05-2008 17:04 |
Esta es la parte que más dudo, sino en eleminar, sí en recortar, porque, aunque tiene su sentido, está demasiado del núcleo central de la historia que son Dean y Melanie.
Pero bueno, ya que es la parte que más dudas me genera y sigue resultando entretenida, pues me alegra saberlo.
A partir de ahora, cuesta abajo y sin frenos  .
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