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Capítulo tercero.

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Después de despedirse de Yeldo, Kiro caminó a través del bosque durante varios días. Siguió la ruta recomendada por el anciano hasta que llegó a un pequeño pueblo de leñadores. En principio no le fue fácil tratar con los habitantes del pueblo, ya que les despertaba cierto temor, pero con el paso de los días ganó su confianza y aceptación. Así fue como Kiro comenzó a trabajar como leñador a cambio de alojamiento y unas cuantas monedas.
Los leñadores eran hombres de apariencia tosca y vida sencilla. No poseían grandes riquezas, ni las buscaban. Vendían madera a comerciantes que iban periódicamente al pueblo, y no siempre el pago era hecho en kimeres. En ocasiones cambiaban la madera por sales, especias, objetos, herramientas etc.
Al principio, los leñadores hacían muchas preguntas a Kiro, las cuales él no sabía cómo responder; al cabo de un tiempo dejaron de interrogarle. Ellos le enseñaron varios trucos útiles para su nuevo trabajo, el cual desempeñaba con mucho talento, ganándose rápidamente el respeto y la admiración de sus compañeros. El único problema que tenía Kiro era que no se llevaba bien con los animales. Las mulas, caballos, cabras, perros y demás le temían; huían de su presencia. Los leñadores atribuían ese hecho a la extraña apariencia de Kiro y nunca le dieron mucha importancia. Pero un día este problema casi se cobra la vida de un leñador.
Kiro y sus compañeros de labor se encontraban talando árboles. El jefe del grupo acababa de llegar al área, y traía consigo varios garrafones de agua y algunas herramientas. Filco –así se llamaba el jefe- llamó a Kiro para que le ayudara a desmontar las cosas. El chico se acercó corriendo. Cuando estaba a pocos metros de Filco, quien estaba desatando los garrafones, la yegua se asustó y sin más emprendió la huida. La mano de Filco quedó enredada entre las cuerdas de los garrafones.
La yegua corría a través del bosque arrastrado el cuerpo del leñador. Era imposible que los demás leñadores le alcanzaran, pero no para Kiro, quien corría a toda velocidad detrás del animal. La yegua iba rumbo a un despeñadero; una caída en ese lugar era una muerte segura para Filco, quien intentaba por todo los medios detener al desbocado animal, sin lograr éxito alguno.
Kiro logró alcanzar a Filco, pero le era difícil liberarle la mano o detener la yegua. El despeñadero estaba a pocos metros. Fue inevitable: la yegua salto arrastrando consigo a Filco un instante antes de que éste pudiera liberar su mano.
Los leñadores vieron cómo la yegua y Filco se perdían a su vista al borde del precipicio; lo que nunca esperaron ver fue a Kiro saltando detrás de ellos sin vacilar por un momento. Obviamente, los leñadores supusieron lo peor. Todos llegaron al borde del despeñadero, y no podían dar crédito a sus ojos. Kiro estaba aferrado a una roca con su mano derecha, mientras que la izquierda sujetaba el talón de Filco, quien colgaba de cabeza en el vacío, asustado pero a salvo.
Esa noche hubo una gran celebración. Todos agradecían a Kiro haber salvado a Filco, aunque él decía que la culpa de aquello era suya.
-La culpa la tiene esa maldita yegua de los mil malditos abismos. Tú saltaste detrás de mí y me salvaste, eso es lo que cuenta. Ni mi padre haría algo así. Tú eres un héroe.
La celebración se extendió por toda la noche.
Kiro se sentía feliz al ser tratado con tanto aprecio. Incluso después que Filco –totalmente ebrio- le quitara la máscara para darle un beso. El tiempo pareció congelarse ante la imagen de aquel rostro. Hombre, mujeres y niños lo observaron y quedaron atónitos por un instante que pareció eterno.
Filco se encogió de hombros e hizo una extraña mueca, aunque no de desagrado; parecía más bien de decepción.
-Esperaba que fueses más feo que yo… y de verdad que lo eres.
Todos rieron a carcajadas. Filco le dio un beso en la mejilla a Kiro y lo apretó fuertemente entre sus ásperos brazos. A nadie pareció importarle la apariencia de aquel ser. Entonces, la felicidad de Kiro llegó hasta el cielo.

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Un mar azul se extendía hasta el horizonte lejano. El agua cambiaba su color azul por amarillo y se convertía ahora en las arenas de un desierto interminable. Del suelo surgieron árboles milenarios de un verde radiante y el suelo se cubrió de hierba. El viento sopló y cambió nuevamente la forma de todo, ahora los árboles eran seres de distintas razas que hablaban al mismo tiempo lenguas diferentes. Todos los seres se convirtieron en vapor y formaron una sola figura, un ser con una máscara dorada y una túnica negra. Ahora el suelo era un libro tan grande como el mar o el desierto, y las letras se convirtieron en puertas y senderos que iban a todas las direcciones tomando formas erráticas e imposibles. Una mujer está al final de uno de los caminos, su rostro está cubierto con vendas y está vestida con una túnica blanca. Tiene un cristal que brota de su frente. Todo desaparece, excepto la mujer y su mirada que irradia luz. Energía comienza a rodearla, halos de luz nacen de su cuerpo, formando una criatura de energía pura…
Un bullicio le despertó abruptamente. No era el típico ajetreo que hacían los leñadores cada madrugada para ordenar la leña o prepararse para la faena cotidiana. Alguien había llegado al pueblo y algunos leñadores lo rodeaban con hachas en mano, pues sabían que se trataba de unos de aquellos que perseguían a Kiro.
-Lárgate de aquí si no quieres que te despedacemos -vociferó uno de los leñadores, pero el sujeto no hacía ni decía nada; sólo los observaba.
Kiro lo reconoció al instante: Adirael. Ese nombre sonó como un lamento en la voz de Kiro. Resignado ante su destino, el chico caminó con paso lento y firme hacia el recién llegado.
-Apártense, ésta es mi batalla.
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