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El encuentro IV


Relatos de Ciencia Ficción

11-06-2008 14:38
Por: manheor

Cuarta entrega de esta novela corta


cifi, abducción, marciano, ufo, ovni
La primera sensación fue el frío, el frío susurrando al oído con una voz incómoda; el frío encogiendo el escroto y el esfínter, estremeciendo la piel, piel rugosa de naranja, y reptando por la nariz y la boca, por cada poro, congelando el corazón con una caricia de hielo. La segunda sensación fue la oscuridad, una oscuridad sin matices, como una pared pintada de negro mate, una oscuridad sin referencias, sin manchas retinales que dibujaran formas difusas en torbellinos arco iris. Sólo el negro, sólo el vacío, nada más. La tercera fue la saliva, el gusto agrio y envejecido, lubricando la garganta como un aceite demasiado usado. Dean gritó en la oscuridad. No contestó nadie.

Estaba tendido de lado, cruzando los antebrazos sobre las rodillas. Eso lo sabía, sentía la curva de las rodillas contra los bíceps. Pero no sentía el suelo sobre el que se recostaba, y al girar, aún soñoliento, e intentar palparlo, sólo distinguió el vacío. Pero no se caía, algo lo sujetaba. “¿O no? ¿O sí me estoy moviendo?”, pensó. “¿Cómo saberlo...”

Intentó levantarse, lo cual no dejaba de ser extraño al no tener donde poner los pies, pero de una manera extraña -agitó ridículamente los brazos y las piernas sin parar de moverse, de flotar- consiguió estabilizarse en lo que debía ser la verticalidad, “si es que esa palabra tiene sentido en la situación que me encuentro”. Pero el problema principal seguía sin resolver, ¿cómo ver en la oscuridad? Agitando los brazos como un nadador del espacio profundo, pensó que la pregunta era bastante estúpida.

Su mente comenzó a reconstruir lentamente lo sucedido, como las piezas de un puzzle que habían perdido el dibujo de referencia. Recordaba dos sueños. No, no eran dos, al menos eran tres. O uno muy largo en el que se entremezclaban el día de la botella de pis y la noche bajo la lluvia de su infancia, la tarde de picnic con su mujer y sus flores favoritas, -”orquídeas”-, una Mel fantasmal envuelta en su vestido de novia y con un tumor, -”oh, señor”-, asomando como un hongo maligno de su frente y él mismo encerrado en su AUDI -”Sí, esa mierda europea, tío-abuelo-Dennis”-, esperando a que una luz se acercara... Pero lo que más recordaba era la voz de Mel, la Mel del hospital, con el cráneo pelado como un extra de la Lista de Schindler, sus palabras. No estaba seguro ni recordaba haberlas oído, pero sí de haberlas entendido: “No lo hagas” y luego “Te quiero”. Un nudo prieto y húmedo se enredó en sus cuerdas vocales, como la trampa de agua de una planta carnívora -”Mel y sus canales de naturaleza...”-, como el abrazo rudo de la soga antes del último salto. Y él le había dicho, o había pensado: “No podrás volver a tocarla, Sam. Es la última vez.”

Su mente apartó ese pensamiento y se concentró en el presente, sin dejar de sentir que una sonda había hurgado en los muebles del ático y que ahora el sofá estaba sobre el alféizar y la televisión colgaba de una alcayata. No podía seguir allí, flotando eterna... Algo interrumpió su movimiento, algo sólido, aunque esponjoso. Rápidamente se volteó y se impulsó braceando hacia atrás en un amplio arco. Sólo había sido un instante, pero aquello se movía, aquello era... “¿Orgánico?” pensó y visualizó uno de los escenarios más agobiantes de su película de monstruos favorita, aquella que una fan del original como Mel sólo podía repudiar con una mueca digna del mejor mordisco a la pulpa de un limón maduro, “Aliens”, la única peli que, para Dean, no cumplía el: “segundas partes...” Se imaginó aquel roce pegajoso, y cálido, como el roce de las paredes rezumantes y acanaladas de la colmena alien. Y abajo, en la oscuridad, aguardaba la reina... “Si tan sólo pudiera encender una lu...”

Un sonido magnético emergió de su pecho; de su pecho. Un símbolo de color naranja brillante flotó en el vacío, paralelo a su esternón y a tres centímetros de la piel, piel que comenzaba a destellar con un aura plateada. Los ojos no le dolían, acostumbrándose al súbito cambio de las tinieblas que lo habían envuelto por completo. Comenzó a escrutar el entorno con un pálpito tenebroso en la boca del abdomen. “Y Alicia preguntó: “Pero adónde me llevará esta madriguera, señor conejo” y el conejo respondió, con una sonrisa aviesa: “Bébete esta botella””. A la luz pálida y plateada, Dean pudo olvidarse de los aliens y sus colmenas. Aquello era una belleza indescriptible.

Lo primero que se le vino a la cabeza fue el interior de un macizo coralino, pero era un símil pálido e inexacto, porque no había tan sólo uno de sus aguzados bordes en aquellas paredes que lo cercaban y sí rebosaban de formas maravillosas y cambiantes, entrantes y salientes redondeados que se mezclaban como gotas de aceite en el agua, creando dibujos en relieve sobre la matriz oscura y viviente. Y reflejaban su luz y se la devolvía. Las formas devolvían su luz en un mil destellos arco iris, un morse maravilloso que parecía susurrar: “Dean tranquilo, estás entre amigos, relájate y disfruta”. Maravillado, se llevó la mano al mentón como el primer hombre que observó una lluvia de cometas.

Tuvo que frotarse con fruición la barbilla antes de percatarse de que algo fallaba. El salón del ático todavía no estaba recompuesto -los chicos seguían moviendo los muebles sin preocuparse por si rayaban el parqué- pero sí tenías claras unas cuántas cosas, sin importarle por qué ésas sí y otras no: Su nombre era Dean Archer, vivía en el 22 de la calle Riverdale, en Salt-Lake, a los siete años tuvo un sapo al que llamó “Tobey” y que murió bajo la rueda de un Buick después de saltar de su caja de zapatos y aquella tarde -”¿En serio había sido aquella tarde?”- recordaba haberse rascado la barba de seis días al ver su reflejo en la tienda de zapatos de su tía,dos manzanas al oeste del hospital. Pero allí estaba, Robinson, ni una pizca de arena en la playa; se la ha llevado el agua.

Ausente, dejo caer el brazo lánguidamente y comenzó a rascarse el hombro con la otra mano, mientras, frente a él, un cúmulo de redondeadas formas geométricas cambiaba su dibujo de una elipse a una especie de anémona radiada, repetida una y mil veces en esa franja de pared. “Un momento...” Alejó los ojos del caleidoscópico mosaico y los clavó en el codo que se estaba rascando. No podía creerlo. Saltó del codo al antebrazo, del antebrazo a la cintura y luego al otro antebrazo. Asustado, se pasó las manos por el cráneo; “¡Nada!” Se palpó los brazos y las piernas, el pecho y las axilas. Incluso, en la feliz desvergüenza de la soledad, se atrevió a deslizar una mano entre las nalgas y toquetear la rugosa piel del escroto, que se encogió a su contacto. Ni siquiera en el interior de su nariz o en sus cejas había algo que agarrar, entre el índice y el pulgar, aunque fuera dolorosamente. “Pelado como el culo de una mona”, habría dicho Mel. Pero, por algún motivo, no le hizo ninguna gracia.

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No sabía cuánto, pero había pasado tiempo. Al cabo de varios experimentos, había conseguido regular la intensidad lumínica con sólo pensar en ello. Su mente visualizaba la pequeña bolita de acero de su lámpara de cama que, en un giro, regulaba la intensidad del resplandor. Más, y su piel se encendía con ese resplandor pálido y azulado hasta alcanzar la luminosidad del foco de un estadio, pero sin dañar los ojos, que parecían polarizarse por su cuenta. Menos, y el aura remitía como una linterna a la que se le estuvieran agotando las pilas muy lentamente. Y también descubrió que funcionaba para moverse. Lo descubrió de forma muy brusca.

Se encontraba en lo que, según sus cálculos, era el centro de aquella estancia, semejante a un silo de un misil -era una angosta cavidad de una altura indeterminada, pero la sección decrecía y las paredes se curvaban paulatinamente según se iba ascendiendo-, flotando en silencio y haciendo uso de su nueva condición de bombilla humana. Había recorrido tres veces su perímetro y en dos ocasiones tocó la cúpula jugosa que remataba el suelo y el techo. “¿O era el techo y el suelo?” pensó, mientras se impulsaba al otro extremo de la estancia con un grácil movimiento de los antebrazos, “nadando a croll en el vacío, el mejor single alienígena desde el “La sonda enemát”...”

Parpadeó y dejó escapar un grito. Asustado, se encogió bruscamente sobre sí, saliendo disparado, como una bomba humana, hacia el interior de la cavidad. “Dios mío, qué había ocurrido. Estaba allí y de pronto estoy...” En lo que dura un pensamiento, el ramalazo eléctrico que recorre las sinapsis como un mensajero lumínico, Dean pasó de estar allí a estar aquí. Y el aquí eran seis milímetros desde su nariz hasta el ápice del ¿techo-suelo?

Consiguió calmarse cuando ya había recorrido ocho o nueve metros en su caída. La luz de su cuerpo brillaba con más intensidad, como si respondiera a su excitación resplandeciendo y había algo más... Inclinó la cabeza y contempló un nuevo símbolo flotante sobre el pecho. También era anaranjado, y resplandecía, pero su de diseño diferente al que había observado la primera vez que pensó en cómo iluminar la oscuridad; éste parecía una caracola de mar, o un vórtice semejante al de un agujero negro. La luz del símbolo menguo y, sin un sonido, se desvaneció. Dean detuvo su movimiento, pegando los brazos al suelo y entrelazando las piernas en una postura budista. ¿Cómo había ocurrido?

En un instante. Sólo había necesitado un instante, un pensamiento y... Porque, efectivamente, estaba pensando en volver a recorrer la estancia desde arriba, en busca de una sal... La consciencia le golpeó como un mazo sobre la carne cruda. “¡Claro, sólo bastaba con pensarlo!” pensó, extasiado, girando como una peonza en un vals imaginario alrededor de una farola, bajo la lluvia. “Tal vez funcione, tal vez si pienso en cómo salir, en una salida, simplemente...”

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Pero no funcionó. Pensó en la puerta de salida romboide de Star Wars -Trilogía antigua, no esa mierda que a Melanie le daba por ver día sí y día también porque “mira qué bonitos escenarios”. Por lo que a Dean respectaba, Mr. Lucas podía meterse sus escenarios por el...-; imaginó la pared que lo rodeaba hundiéndose y rasgándose en una boca sin dientes, con hilachas líquidas pendiendo bajo la recién nacida arcada; imaginó mil y una puertas de salida, de vaivén, giratorias, neumáticas, acorazadas... Hasta llegó a visualizar a un ratoncillo perseguido por un ratón a través de un laberinto plagado de trampas con muelle y queso. Pero el ratoncillo ignoraba el queso y, con el gato pisándole los talones (o la colita), se deslizaba por los estrechos pasillos plagados de paneles con relieves de amenazantes felinos, hasta que, finalmente, un óvalo de luz dorada se recortaba al doblar una esquina. Cuando Dean empezó a imaginar cómo una puerta de piedra maciza estaba a punto de atrapar el pequeño rabillo del ratoncillo, que evidentemente lo encogía al son de John Williams, se dio cuenta de que su cerebro estaba haciendo el equivalente a hurgarse la nariz y hacer pequeñas bolitas con el moco. Dean sonrió, a su pesar, y analizó la situación.

La teleportación había funcionado, sí, y con milimétrica exactitud. Dean sólo tenía que imaginar una distancia, para lo que visualizaba el lugar como si fuera el interior de un termómetro que midiera metros en vez de grados y asignaba un valor mental de altura al lugar de llegada. Si quería moverse también el interior del área de vacío, sólo tenía que agregar a lo anterior la imagen de una diana, a Dean siempre le habían gustado los dardos, con cada anillo concéntrico marcando la longitud de un radio desde el centro de la sala. Podía multiplicar la precisión del mallado de la longitud y la altura para desplazarse a cualquier punto. “El futuro ya está aquí” y antes de terminar el pensamiento se trasladó seis veces sin mover un solo músculo. “Dean, el mando a distancia humano”.

 

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