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El encuentro VI


Relatos de Ciencia Ficción

25-06-2008 17:50
Por: manheor

Sexta y penúltima entrega de esta novela corta.


ovni, ufo, encuentros, marcianos, aliens, relato
Despertó lentamente, con el sonido de su voz rebotando en las cavernas de sus pensamientos -no lo hagas- y el sabor de sus labios impregnando su saliva. Se pasó la lengua por sus dientes y trató de reconocer su entorno. Sus ojos se encontraron con un espacio vacío que terminaba, a lo lejos, en una pared dorada que le devolvía su reflejo distorsionado. Volvía a estar calvo y desnudo y su piel irradiaba aquella leve aura azulada. Echando un rápido vistazo hacia arriba y hacia los lados se dio cuenta de que se encontraba en el centro de la sala en la que había despertado tras el “vuelo” desde el coche, flotando en posición fetal en la quietud del alargado cubículo. La sustancia pegajosa y orgánica que cubría de las paredes había desaparecido.

Desperezándose, estiró los brazos y las piernas, sintiendo de nuevo aquellos hilos invisibles que parecían sostenerlo en el aire. Llevándose las manos al cuello y relajando los músculos, comenzó a girar suavemente sobre sí mismo, sin moverse del sitio, observando cómo las paredes subían curvándose hacia dentro hasta alcanzar la bóveda que remataba la estancia, sin que el ojo pudiera adivinar una sola juntura entre el recubrimiento de aquel metal dorado tan similar al oro. Un pensamiento se definía, nítido, en el cerebro de Dean, como si, tras el despertar, su computadora orgánica hubiera arrancado un programa predefinido. “Tengo que salir de aquí.”

Un sonido nítido y melodioso, similar al de un dedo húmedo siguiendo el contorno de una copa, emergió de su pecho y reverberó contra las paredes de la estancia, deshaciéndose en una melodía de sonidos primarios que el oído inexperto de Dean supuso notas musicales. El aura que envolvía su cuerpo comenzó a brillar con más fuerza y a expandirse. Sorprendido por este cambio, pues a su alrededor parecía hincharse, lentamente, un balón de playa tejido con luz azul, Dean volvió sus ojos a las paredes que estaban respondiendo a su vez con un nuevo cambio.

Símbolos y relieves de un naranja brillante emergían por todo el contorno de la superficie dorada, refulgiendo como pequeños soles de formas extravagantes y aún así hermosas. Sólo había una pequeña zona que permanecía intacta de la súbita erupción de símbolos que, como una viruela resplandeciente, se extendía por la superficie metálica a una velocidad mareante. Sin que su mente articulara pensamiento alguno, la enorme esfera que envolvía a Dean se precipitó a toda velocidad hacia la zona aún libre de la pared. Dean sólo tuvo tiempo de mover ligeramente las manos antes de que el espacio visible a través de esa placenta luminosa se volviera completamente dorado.

La esfera osciló y descendió bruscamente, esquivando por milímetros la arcada de un gigantesco puente que unía las dos vertientes del conducto. Dean suspiró y se volvió para observar la bella estructura arqueada que fue disminuyendo hasta parecer un párpado dorado. Su escroto estaba tenso como los brazos de un boxeador antes de golpear y sus testículos se habían encogido hacia el interior de su cuerpo, como dos ratones amedrentados por los maullidos de un gato. “Menos mal que este trasto sabe lo que hace” pensó, “porque no me gustaría haber acabado como un mosquito en el parabrisas”.

Enjugándose el sudor de la frente, aunque sabía que el traje se encargaría de mantenerlo fresco, Dean repasó todas las veces en que aquella sensación de peligro le había erizado hasta el último vello del cuerpo. Tras cavilar unos instantes, mientras sus ojos se perdían, incapaces de aburrirse, en los cientos de terrazas, arcadas, balcones y molduras -todos ellos forjados con aquel metal dorado y ribeteados de símbolos naranjas resplandecientes- que salpicaban, inclinándose en cualquier dirección, las paredes del enorme túnel por el que se desplazaba, llegó a la conclusión de que el esfuerzo no merecía la pena. Eran incontables.

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Lo que sí recordaba con claridad era la primera vez. El pequeño rectángulo dorado precipitándose sobre la esfera, los símbolos rúnicos derramando su luz anaranjada por la estancia y sus propias manos intentando proteger su cuerpo en un gesto inútil. Pero, justo un instante antes del impacto, una fisura se abrió como un esfínter sobre la superficie lustrosa del metal. La esfera pasó limpiamente al otro lado por una obertura de su tamaño exacto. Dean pudo descansar sus músculos y mirar hacia atrás. La fisura se había sellado.

Siempre hacia delante. Aunque su extraordinario vehículo no había dejado de ascender y descender, de girar en complicadas trayectorias y de ejecutar los malabarismos y tirabuzones más fantásticos, para evitar los puentes, terrazas y palacios flotantes que tupían, nivel a nivel, el interior de la nave nodriza, su avance había seguido siempre una misma dirección. Y, esencialmente, se desplazaba por un conducto recto, sin ninguna voluta que doblara su trayectoria, una inmensa tubería habitada por una ciudad de ensueño.

Dean miró hacia arriba, abriendo mucho los ojos y sonriendo, mientras su rostro reflejaba un arco iris de matices derramados por una forma incorpórea y resplandeciente que se desplazaba, suavemente, sobre su esfera. Un rostro levemente humano de rasgos nebulosos emergió entre la bruma multicolor. Dos labios evanescentes, semejantes a cerros gemelos y ligeramente curvados, esbozaron una sonrisa. Dean la devolvió y agitó la mano, observando cómo la criatura se perdía a su derecha, descendiendo sobre el pavimento cristalino de una terraza arqueada. Su luz se difractó sobre la superficie en un estallido de colores vivos y primarios. Sacudiendo la cabeza, Dean dirigió su mirada a las esferas que parecían seguir su mismo camino.

Habían aparecido poco después de que Dean pudiera cerrar la boca ante el inagotable espectáculo arquitectónico que se desplegaba ante sus ojos, como un banquete de bodas para el espíritu que no tuviera final en sus exquisitos y cada vez más fantásticos platos. Emergían desde las superficies aparentemente sólidas de los más variopintos edificios, atravesando su resplandeciente hechura mediante a aquellas oberturas tan semejantes a esfínteres o membranas que habían salvado a Dean del aplastamiento. Eran indénticas a la suya, de un color azul desvaído que tendía al transparente y derramaban un fulgor que dejaba tras de sí una estela de textura y aspecto similares a la que un avión dibuja en un cielo límpido y sin fuertes vientos, estiletes luminosos que engalanaban la delicada belleza reinante del corazón de la nave alienígena. Dean no podía saber qué había en su interior, pues la envoltura se mostraba completamente opaca, pero lo adivinaba. Como diría Melanie, Sherlock seguía estando allí.

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Los racimos de arcadas, los espigados minaretes y los gruesos torreones, las terrazas de balaustres espiralados y demás alambicadas y hermosas creaciones que jalonaban el inmenso espacio fueron remitiendo en su número. El pasillo se fue despejando y Dean pudo vislumbrar a lo lejos una fina línea dorada flotando en medio de un inmenso espacio vacío. Parecía una alfombra mágica suspendida por hilos invisibles. Un leve estremecimiento ondulante dobló la envoltura de su transporte, como si una piedra hubiera quebrado la quietud cristalina de un estanque. La esfera estaba decelerando su velocidad suavemente.

Doblando el cuello hacia atrás, Dean observó cómo el mismo fenómeno se repetía por encima de él a distintos niveles, en aquellas bolas de luz que parecían pompas de jabón infantiles pintadas de azul cielo. Giró sobre sí mismo, con aquella gracilidad de movimientos que otorgaba la ausencia de gravedad, y se quedó mirando a los orbes que también seguían, bajo él, su mismo camino. No le sorprendió ver que se encontraban en la misma posición que antes, es decir, que habían bajado también su velocidad, adecuándola automáticamente a la de la propia esfera de Dean. Curioso por saber qué pasaría luego, volvió a contemplar la lámina dorada, que cada vez se hacía más y más grande, acercándose.

La meseta de oro bruñido le devolvía el reflejo de su esfera luminosa, un borrón distorsionado que iba agrandándose mientras descendía a su superficie. Dean recorrió la mirada por el espacio rectangular, contemplando a los cientos, tal vez miles de borrones gemelos que se iban dibujando sobre la superficie, guardando entre sí una simetría total en la ocupación del espacio. Dean pensó, aún maravillado, en la escena de la que acababa de ser testigo.

Dean y sus acompañantes se habían detenido, formando seis hileras que se extendían a lo largo de un lado de la plataforma y muy por encima de ella; desde donde Dean se encontraba, en el extremo izquierdo de la primera hilera, apenas aparentaba mayor tamaño que una tableta de chocolate envuelta en papel brillante. Entonces, sincronizadamente con su ordenada detención, un número similar -”El mismo”, sospechaba Dean- de esferas resplandecientes irrumpió de los corredores oeste, norte y este para confluir alrededor de aquella planicie áurea adoptando una disposición gemela al grupo de Dean. Las esferas se quedaron en suspenso por un instante, congeladas en su belleza geométrica.

 

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