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El encuentro: Epílogo


Relatos de Ciencia Ficción

08-07-2008 13:42
Por: manheor

Cierre de esta novela corta de ciencia ficción


ovni, ufo, encuentros, marcianos, aliens, relato
6: 45 de la madrugada, a media hora del amanecer...

Se despertó gritando.

—¡¡¡NO LO HAGAS!!!

Melanie se incorporó de un salto, desparramando el cobertor a su alrededor y mirando con ojos desorbitados las siluetas perfiladas en la penumbra de la estancia. Un suave resplandor verdoso teñía de un aura sobrenatural sus propias manos, la sábana de lino blanco que la cubría y un parte del linóleo del suelo, una isla verdosa perdida en un mar tenebroso. Se dejó caer sobre el colchón, llevándose las manos a las sienes, sintiendo que mil abejas habían confundido su cerebro con un panal. “¡¡NO LO HAGAS!!” el grito seguía resonando en sus pensamientos, como un eco atrapado en una caverna sin salida, pero no comprendía por qué esas tres palabras eran importantes ni qué significaban.

El olor agrio de su sudor la hizo torcer la nariz con disgusto. “Me siento como una sardina en aceite” pensó y sacudió la cabeza, refunfuñando aunque medio divertida. Volvió a concentrarse en el resplandor verdoso que quebraba, tenuemente, la oscuridad reinante. La luz venía de su izquierda. Se recostó sobre ese lado y se quedó embobada unos instantes, con dos puntitos luminosos resplandeciendo en sus retinas.

Una pantalla alargada y oscura mostraba unos gráficos oscilantes y diversos números en un verde luminoso. La mente de Melanie comenzó a aterrizar y a acomodarse en la realidad. Giró sus brazos y sí, allí estaban, los dos tubos de plástico enterrados en sus venas, como vampiros agusanados. También estaba allí la fina bata de interna, pegada incómodamente como una segunda piel, -”además, está tan húmeda que vas enseñando carne a cualquier buen doctor que se pase” pensó, mejorando aún más su buen humor y levantando una ceja en aquel gesto travieso que tanto adoraba su marido- y si se llevaba las manos a la cabeza se encontraría con su amiga la bola de bill...

Se quedó inmóvil por un instante, con los ojos intentando abandonar sus órbitas para ver la masa filamentosa en la que se enredaban sus dedos. “No puede ser”, pensó, sin dejar de palpar con los dedos aquel milagro imposible. “No puede...”

—¡Au! ¡Joder!

Y su voz sonó más fuerte que en muchos meses, como si su amiga la quimio -aquella vieja institutriz inflexible que le decía a sus células, no, os habéis portado mal, sentaos de rodillas cara a la pared con las obras completas de Tolstoi en cada mano- no la hubiera vapuleado hasta dejarla como un cascajo inútil. Se acercó la mano con la prueba del crimen. Sujeto entre sus dedos, levemente perfilados por la luz constante de la maquinaria que controlaba sus constantes vitales, pendía un largo cabello arrancado de raíz. “¡Y tan de raíz!” pensó, rascándose la coronilla en un gesto adquirido desde su calvicie y que ahora la hizo detenerse y estallar en una carcajada. “Ya no tienes a tu amigo Kojak en la azotea, señorita.” Sintiéndose contenta, agitó la cabeza hacia los lados, como si asistiera a un concierto punk. Su cabello se movió como una criatura viva, azotándole las mejillas como un látigo cariñoso.

Intentó reamueblar el piso y comprender, sin marearse, qué había sucedido, sorprendiéndose de aceptar como ciertas las verdades que descubrían sus sentidos. Tenía pelo, estaba despierta, se sentía llena de vitalidad y un vistazo a sus pechos, desvelándolos, por un instante, de su envoltura de lino turquesa, le confirmó que algo en su cuerpo había cambiado. Y muy deprisa. Sin quererlo, una sombra enturbió su felicidad como una nube enturbia la luz de un día de verano. Sí, su cuerpo había cambiado y eran las... 6:53 de la mañana. Apoyó el reloj digital sobre la mesilla al pie de la cama. ¿Pero de qué día? ¿De qué día? Lo último que recordaba era una conversación con Dean sobre un sueño muy raro, pero no recordaba ni los detalles de la conversación ni nada concreto sobre el sueño. Era como estar viendo una película con las gafas empañadas, no se podía seguir el...

Mami...

Dio un respingo y casi se cayó de la cama. Un pinchazo doloroso recorrió sus antebrazos cuando los tubos de la sonda se tensaron con brusquedad. Fastidiada, acariciándose la piel que empezaba a enrojecer, escuchó en silencio si el susurro que la había sobresaltado no había sido parte de su imaginación. Nada, no se escuchaba nada. Sólo el tilt-tilt-tilt de Mr. Cardíaco que confirmaba que: ¡Oh, sí, la lechuga seguía fresca! Pero nada de voces llamando a su.

¡Mamiiii...!

Esta vez el timbre de la voz fue más desesperado y la i se alargó en un chirrido similar al de las cigarras en plena noche. La pequeña Melanie, la Melanie desubicada en el ambiente campestre de los veranos, cuando tocaba visitar a los abuelos, siempre se agarraba las rodillas, apretando la espalda contra el cabezal de la cama, como un animal acorralado a punto de huir. La Melanie adulta repetía el gesto de forma mecánica. “Los viejos instintos de la jungla siguen ahí, Jane. Sólo esperaban al tigre.”

¡¡¡¡Mamiiii...!!!

Otra vez.

¡¡¡Mamiiii!!!

Y otra vez. Tras la puerta. Del exterior.

¡¡¡Mamiiiiiiiiii!!!

Y una más. Luego sobrevino el silencio. Melanie se quedó expectante, todavía con las rodillas encogidas y las piernas apretadas contra sus senos turgentes y tersos. Nada, ahora sí se había callado. O eso parecía.

Tomando una decisión, volteó su brazo derecho, clavando sus ojos en el tubo que se enterraba en su carne, como un cruce espantoso entre lombriz transparente y sanguijuela insaciable. Lo arrancó de un tirón, sin pensar en lo que hacía. Primero el derecho y luego el izquierdo, ¡Como las campeonas!, sin gritar. Una sangre roja y brillante salpicó la blancura del cobertor como manchas de tomate de un niño con sus primeros espaguetis, pero Melanie no se preocupó por ella. Toda su atención se desviaba a los sendos agujeros que su violenta acción habían dejado en sus brazos. Estaban empequeñeciendo.

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Sin que pudiera creerlo, aquellos pequeños ojos rojos y rezumantes de su savia se cerraron, como pequeños volcanes que hubieran decidido volver a su antiguo lecho en la cálida tierra. Melanie desenfundó la almohada de su cobertor y restañó la sangre que empapaba sus antebrazos, buscando las señales que justificaran tanto despilfarro de ketchup. Nada, no había nada. El labio le colgaba en una mueca cómica, como si hubiera vuelto a la escuela primaria y su profesor favorito, el alto y atractivo Edwin, con su rizada barbita de chivo y su incipiente calvicie llevada con inusual elegancia, le hubiera hecho una pregunta de historia o biología particularmente difícil. “Señorita Melanie, ¿me puede usted confirmar o desmentir si el cuerpo humano puede regenerar sus tejidos como si fuera el organismo de un reptil?” Melanie negó con la cabeza, sacudiéndola fuertemente y desparramando su espesa melena en todas direcciones. “Entonces” susurró la suave voz de su atractivo mentor, sin dejar traslucir en su tono el menor deje de ironía. “¿Qué le ha pasado a sus brazos?” Melanie frunció el ceño, volviendo a repasar el milagro. “Buena pregunta. Pero me temo, profesor, que no sé la respuesta.” En su imaginación, Edwin sonrió.

¡¡Mami...!!

Como si ese último grito infantil la hubiera despejado como un jarro de agua helada vertido en su espalda, Melanie se levantó, esquivó el pie metálico del soporte que sujetaba la bolsita de suero, y, de puntillas pero deprisa, se plantó frente a la puerta lacada de su habitación, firmemente cerrada. Apoyó la oreja contra la hoja. Silencio total; ni pasos resonantes perdiéndose por el pasillo, ni el runrún apresurado de las camillas, ni las toses, murmullos y quejas infantiles de la sala de espera, ni siquiera el zumbido de un insecto molesto, buscando una rendija entre los muros blancos que lo llevara a la felicidad de un cuerpo cálido al que incordiar. Nada de nada, tampoco una voz infantil llamando a su madre. Arriesgándose y aún sorprendiéndose de que su cerebro no empezara a hervir en su cabeza -a fin de cuentas “sólo” había despertado completamente recuperada en lo físico y en lo mental (y algo le decía que también en ese asunto de la gran C) y con una gran mata de pelo rojizo a la que había aprendido a olvidar- Melanie giró el picaporte y separó levemente la hoja de la jamba, dejando entrever una rendija de lo que aguardaba afuera.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Un placer doble
08-07-2008 13:46
El de ver terminada una saga larga en Ociojoven (cosa que no ocurre con frecuencia, y entono el mea culpa) y el de verla cerrarse tan bien.

Qué añadir a lo ya dicho: una buena historia desarrollada con un ritmo sostenido y en la que has dado rienda a todo tu preciosismo narrativo de un modo muy eficaz, con el pulso muy bien cogido. La narración en sí no es que sea especialmente novedosa (ovnis y su interacción con la humanidad), pero el tratamiento y algunos pasajes -como la panorámica de la civilización perdida- son magníficos.

Muy buen trabajo, compañero. Enhorabuena.

   RE: Un placer doble
08-07-2008 14:30
Pues el mío cuádruple, :-D . Ya sabes de quién es, en gran parte, la responsabilidad de la mejoría ;-) .




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